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miércoles, 3 de abril de 2019

Disfrute del Hotel Intercontinental

Palabra: intercontinental

La verdad es que pensaba que cuando Luis (@96_happyboy), a quien le dedico este relato, me propuso esta palabra me iba a costar un montón sacar algo de aquí, pero le quiero tanto que al final me ha salido una cosa, como mínimo, curiosa.

Todo viajero espacial con cierto bagaje debería conocer la jocosa historia del Hotel Intercontinental, así que, para que no vayas por el cosmos quedando de inculto, mi querido digiamigo, te la dejo plasmada en este holomensaje.

jueves, 28 de marzo de 2019

El mito de Armadillo

Palabra: armadillo

Esta historia se la dedico a @MiguelWrites, con mucha ilusión por ser el primero en proponerme un animalito bonito como palabra.

Mi queridísima abuela, que en paz descanse, provenía de un país diminuto en el centro de América Latina. Era una mujer educada en las tradiciones y la mitología de su tierra y, cuando era pequeño, solía contarme un cuento que me dejó una huella especial, por el tema que trata y por hablar de simpático animalillo al que siempre he tenido cariño. No se si podré contarla tan bien como mi abuela, pero voy a intentarlo.

martes, 19 de marzo de 2019

El culo de Santa Teresa

Palabra: culo

Le dedico este texto a Jorge (@SSnakeFHL) por ser mi inspiración para un relato tan diferente como este, muchas gracias <3


Se habla con frecuencia en el folklore español de los múltiples pedazos pellejosos que se le arrancaron al cadáver incorrupto de la santísima Teresa de Jesús. Su pie derecho y su bendito juanete viajó con el mismísimo Papa a Roma, su mano izquierda fue cercenada y trasladada a la capital de Portugal; y nuestro patrio Generalísimo el Chocolatero se hizo con la derecha para que adornara su mesita de noche. Igualmente, fueron sustraídos de su cuerpo, ya algo más corrupto, un ojo, la mandíbula, su brazo izquierdo y más dedos de los que suele tener una persona normal. Milagros de la divinidad.

Sin embargo, pese a las múltiples proezas sobrenaturales que se le atribuyen a estas reliquias, la historia parece haber olvidado de forma muy conveniente toda la historia relacionada con la reliquia más poderosa de todas: las nalgas de Santa Teresa. Puede parecer una locura, una broma o incluso una ridícula conspiración, pero el culo de Santa Teresa ha protagonizado multitud de desencuentros a lo largo de la historia de nuestro país y de la espiritualidad.

Solo nueve meses de su muerte, la pobre Santa Teresa fue perturbada de su descanso eterno por la apertura de su ataúd que llevó a cabo el ilustre Padre Gracián, tras la cual se descubrió que, aunque estaba más seca que una torta de maíz, su piel no se había descompuesto. Ante esta visión, francamente desagradable, el Padre Gracián hizo lo que cualquiera hubiera considerado lógico: arrancarle la mano izquierda. Ante la noticia de los infinitos sortilegios que otorgaba su presencia, tres años después, en 1585, una multitud de nobles acudió al traslado de su cuerpo para quedarse cada uno con una parte del coleccionable.

Una de estas nobles personalidades fue la del mismísimo Fernando de Silva, primo lejano del Duque de Alba de Tormes, que ante la perspectiva de que el resto de señores le estaban dejando sin las partes más glamurosas de la difunta, no dudó un instante en sacar su afilada navaja y cortarle ambas nalgas a la pobre mujer, sin saber que con ello se llevaba consigo la quizás era la reliquia más poderosa que se habría extraído nunca.

Algunos teólogos conocedores de esta historia han estudiado si los poderes de este sagrado pompis eran tan intensos debido a que el éxtasis de la sagrada mujer fue el producto de una divina estimulación anal. En cualquier caso, el pobre Fernando de Silva pronto descubriría que con esta reliquia era capaz de hazañas asombrosas. Gracias a su influencia logró arrebatarle su mansión al Duque de Maine jugando a la brisca, recibió una gran herencia debido a la muerte de su hermano y consiguió hacerse con la mano, esta vez metafórica, de la opulenta hija de un gran noble. Y eso fue solo el comienzo. No tardó en darse cuenta de que, cuando tenía el culo sobre sus manos, era capaz de presentir los sucesos próximos que le iban a ocurrir.

Fue de esta manera como se enteró de que su gran rival, el hidalgo Ernesto de Fabián, sospechaba hacía tiempo de los poderes sobrenaturales de esas corroídas posaderas que Fernando siempre llevaba encima y que había planeado matarle. Aunque pudo evitar ser asesinado por los enviados de su enemigo y la rencilla se saldó con una inesperada caída de caballo, muchos historiadores señalan este suceso como el comienzo de la cruzada secreta del culo.

Las noticias de estos eventos no tardaron en extenderse por la comunidad nobiliaria del país e incluso atravesó las fronteras, llegando a oídos del santo Papa Sixto V, famoso en toda la historia por ser el Papa con el nombre más contradictorio. Por otra parte, las extrañas nuevas también alcanzaron al ducado de Alba de Tormes, a quien había sido arrebatado el cuerpo en su última exhumación.

Por un lado, el Papa exigió a Fernando que cediera el culo al Vaticano para su adecuada conservación; por otro, el duque ordenó que se le fuera devuelto el cadáver de Santa Teresa con todas sus partes disponibles para reunirlas todas como una suerte de Exodia consagrado con el que a saber qué era lo que espera que sucediera.

La situación era la siguiente: el pobre Fernando y su culo robado se encontraban amenazados por un poderoso Vaticano de indudable influencia política y militar y el ejército de su ya no tan querido primo el Duque de Alba. Fernando, por supuesto, declinó ambas ofertas, por lo que los ejércitos de ambas fuerzas políticas se presentaron en su palacete el 15 de agosto de 1586.

Existe poca documentación recogida sobre lo que sucedió aquel día, seguramente porque fuera destruída por los implicados en el conflicto. Lo poco que perdura indica que la batalla entre ambos ejércitos fue cruda pero corta y de lo que sucedió cuando entraron en aquellos muros existen varias versiones. Unas dicen que los soldados encontraron las nalgas de Santa Teresa aleteando como una mariposa sobre el cuerpo en éxtasis de Fernando. Otras, que el pobre hombre fue encontrado comiendose ese culo incorrupto. En ambas versiones el final sí que está claro, Fernando fue asesinado y el culo de Santa Teresa se le arrebató de las manos.

Ante la terrible visión de lo que le había sucedido a Fernando, tanto el Papa como el Duque llegaron a la conclusión de que el trasero era demasiado poderoso para ser ostentado por un solo hombre, así que el 23 de agosto de ese mismo año fue devuelto al sepulcro de Santa Teresa, que fue sellado con nueve llaves que custodiaría el duque y cuya apertura sería penada con la excomunión del que lo hiciera.

Ese es, aparentemente el final de la leyenda del culo de Santa Teresa, aunque no son pocos los rumores que hablan del uso ilegítimo que ha seguido haciendo de él la casa de Alba a lo largo de los años para aumentar de forma desmedida su esperanza de vida y mantener su poder político y económico aún incluso cuando los títulos nobiliarios dejaron de tener a priori ningún valor e independientemente del régimen imperante en el momento, aunque no seré yo el que aquí hable de ello, porque eso es lo que son únicamente: rumores.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Por el amor de Dios


Allí, frente a aquella figura del Cristo Resucitado de la Parroquia de Santa Catalina, Nico tuvo claro que dedicaría su vida al santo oficio. Sólo tenía 13 años y había tenido que viajar, junto a su familia y su desgana, a Cádiz por una serie de razones a las que ni siquiera había prestado atención. Sin embargo, cuando ese día le levantaron de la cama temprano y en contra de su voluntad para hacer turismo, él no sabía hasta qué punto iba a cambiar su vida.
Esa imagen, con el Señor resucitado y vestido con un trapo que apenas le cubría, mientras le señalaba directamente a él con la mano, provocó en Nico una sensación que nunca antes había sentido.
Un intenso calor, que provenía de debajo de su estómago, recorría cada rincón de su cuerpo hasta llegar a su cabeza. Hacía que le sudaran las manos, y casi no podía pensar ni respirar. No sabía lo que le estaba pasando, pero tenía algo bien claro. Quería dedicarle su vida a ese hombre.

De esta manera, y pese a que su familia nunca había sido muy religiosa, se empeñó en internar en el seminario para jóvenes de San Cayetano, con el objetivo de poder continuar con sus estudios mientras se preparaba para pasar a formar parte del ministerio sacerdotal.

Aunque ingresó con facilidad, nunca llegó a tener una relación demasiado estrecha con ninguno de sus compañeros. Eran muy distintos a él, pese a ser todos tan arreglados y formales como esperaba. Le decepcionó no encontrar allí a nadie que afirmara sentirse como él al encontrarse ante el Señor. Porque, aunque aquella había sido la primera vez que le había sucedido, desde luego no había sido la última. Las representaciones de Jesucristo le siguieron poniendo nervioso, hasta el punto de resultarle difícil estar centrado en una tarea o en una clase cuando Él estaba presente. Esto, para los sacerdotes del seminario no resultaba ningún problema, por supuesto. Estaban encantados con Nico. Era, sin duda, el alumno que más devoción sentía por el Señor.

Y precisamente por su devoción y su tesón, a la dulce edad de veinte años, pasó de ser llamado Nico a don Nicolás, y a cambiar las camisas por el alzacuellos. Y cuando pensó que había logrado lo que el Señor esperaba de él… no sintió nada especial.

No entendía nada. Jesucristo seguía provocando esa profunda sensación en él. Aunque con los años había menguado, nunca había llegado a desaparecer del todo. Infinitas veces se acercó a Él para preguntarle sobre lo que debía hacer, pero en ninguna de ellas obtuvo más respuesta que esa sensación que tan bien conocía.
Buscó respuestas en todas partes. En los libros y en los sabios. Pese a que muchos afirmaban haber sentido la Gracia Divina, ninguno lo hacía como lo había hecho él. Abandonó su parroquia y se recluyó en un monasterio, en busca de respuestas a través de una vida de meditación. Tampoco las encontró. Ni siquiera cuando viajó a África con las misiones, para dedicarse a los más pobres.

Se sentía acabado. Sabía que Dios tenía un plan para él, y que le insistía cada día para que lo abrazara y se dedicara a él. Pero, ¿cómo lo iba a hacer, si ni siquiera sabía cuál era? ¿Estaba decepcionando a Dios? ¿Estaba echando su plan a perder?

Con el tiempo, frustrado y asumiendo que nunca sería capaz de completar la misión que le había encomendado el Señor, volvió a su parroquia, rendido y dispuesto a entregarse a una vida llena de preguntas que nunca serían respondidas.

Sin embargo, en la puerta de la Iglesia algo le dejó paralizado. Había un hombre, sentado junto a la puerta, pidiendo dinero y acariciando a un perro sucísimo que estaba acostado a su lado. Era un hombre joven, aunque con el rostro muy envejecido. Toda su cara estaba cubierta por una barba mal recortada de color castaño claro y una melena enmarañada le bajaba hasta los hombros, entre la que se asomaban algunas rastas. Y sus ojos claros se habían dado cuenta de que don Nicolás no podía dejar de mirarle.

No sabía lo que le estaba pasando. Era esa sensación otra vez. Esa que sentía cada vez que estaba a solas con el Señor. Pero era distinta. El calor, la respiración, su corazón. Todo había vuelto a ser tan intenso como aquella vez, cuando tenía trece años, cuando tenía delante a aquel Cristo Resucitado.

— ¿Pasa algo, padre? — preguntó el hombre con una voz no muy grave, pero bastante ronca.
— ¿Jesús? — fue lo único que se sintió capaz de decir don Nicolás.
— ¿Qué? Creo que se equivoca padre, yo me llamo Fran.

El hombre no pudo evitar reírse un poco mientras respondía, dejando escapar una sonrisa. Era la sonrisa más bonita que don Nicolás había visto nunca. Era una sonrisa que, si bien no mostraba los dientes más colocados del mundo, ni era especialmente simétrica, hizo sentir a don Nicolás cosas que jamás había sentido. Cosas que ni siquiera el Señor le había hecho sentir nunca. Aquella sonrisa se deslizó hasta lo más profundo de su alma y respondió más preguntas que cualquiera de los viajes que había hecho.

Y, en un instante, aquella sonrisa lo cambió absolutamente todo.