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martes, 6 de octubre de 2020

El Asesino de la Azada

     Las víctimas que el Asesino de la Azada dejaba a su paso siempre eran fáciles de identificar: todas sus lesiones, amputaciones y mutilaciones estaban causadas por una misma azada labriega sin apenas afilar. La Guardia Civil había descubierto muchas cosas sobre él a través de los cuerpos descuartizados que dejaba a su paso. Sabían que tenía que ser un hombre fuerte, para clavar con esa decisión la azada; y de unos ciento ochenta y cinco centímetros de altura, según el ángulo con que los cortes penetraban en las víctimas. Sabían que era de origen rural por los conocimientos que había demostrado tener sobre la maquinaria agrícola que utilizaba de imaginativas formas a la hora de perpetrar sus matanzas, y probablemente de Castilla la Mancha, a lo largo y ancho de la cual se distribuían todos los cadáveres que habían sido encontrados.

sábado, 11 de abril de 2020

Cuentos de Cuarentena 1 - Autobús

  Hoy, como todos los días a las ocho, hemos salido toda mi familia al balcón a aplaudir. Es una sensación, la de todos los días a las ocho, extraña. Se suele escuchar a mucha gente aplaudir, gritar, silbar e incluso tocar una trompeta, pero nunca, jamás, veo a nadie desde mi balcón. Sus aplausos resuenan a mi alrededor como espíritus invisibles y nostálgicos que, tras su rutinaria fanfarria, regresan al mundo de los muertos y dejan de existir. Yo vuelvo a entrar en mi casa y ese leve contacto con mis vecinos se va difuminando poco a poco hasta desaparecer del espejo de mi mente como un vapor onírico. Todos los días a las ocho.

Pero hoy no, hoy ha sido algo distinto. Una ridiculez, en realidad. Mientras resonaban esos duendes invisibles al compás de nuestras manos pasaba un autobús por la calle y ha empezado a hacer sonar el claxon. Eso ha parecido alegrar al público que aplaudía por las ventanas, que han proseguido con más fuerza que nunca, quizá alentados por ese leve cambio en su rutina habitual. Pero lo cierto es que, pese a que para mí también ha sido un cambio agradable, tampoco he visto al conductor.

No he visto al conductor. Y lo más probable es que estuviera ahí dentro, en su cabina, conduciendo y pitando. Pero no le he visto. Ni la cara, ni los ojos, ni las manos. Solo un monstruo gigante y azul gritando desbocado a través de la calle, perdido, asustado por las palmadas y los silbidos, huyendo a esconderse.

Es posible que el conductor del bus haya desaparecido también, al igual que todos mis vecinos. Que solo sea un espectro más, armando escándalo a las ocho en el mundo de los vivo. Que recorra en su fortaleza móvil la ciudad, recogiendo a los pocos pasajeros que quedan ya en las calles para hacerles también desaparecer, para convertirles en un eco sordo en forma de aplausos que reverberan impotentes todos los días a las ocho.

Puede que el conductor muriera en un accidente, hace pocos días, durante la cuarentena. Puede que hubiera una discusión en el bus, entre dos pasajeros o puede que simplemente no hubiera dormido bien esa noche. Y puede que desde entonces vague sin descanso repitiendo eternamente la tarea que nunca pudo acabar.

También podría ser algo más maligno, más terrible. Un monstruo que nos arrastra con sus gritos, que nos arranca el alma y los pensamientos, que se lleva nuestros aplausos para alimentarse con ellos un poco más. Un demonio que adopta formas cotidianas para separarnos absorber nuestra normalidad y dejarnos cada día más vacíos. Que recorre las calles como un leviatán, libre ahora que nadie puede frenarle.

Pero lo cierto es que he pensado cosas peores. Desde que he vuelto a sentarme en mi habitación no estoy seguro ni siquiera de haber visto el autobús, de haberlo escuchado. No estoy seguro de haber visto nunca ningún autobús, ni a ninguno de sus conductores. No estoy seguro de que mis pensamientos ni mis recuerdos sean reales. Y tampoco se si puedo culpar a ese mal azul que ha invadido mi mente y no sale de ella; o se trata de algo anterior. Alguien podría haber estado jugando con mis recuerdos, con mis ideas desde hace mucho tiempo. Quizás solo creo que estoy encerrado en mi casa por una pandemia cuando la realidad es que formo parte de un experimento desde hace años. Quizás ni siquiera haga tantos años, quizás nací cuando empezó la pandemia. Quizás nací ayer. Quizás acabo de nacer.

No sé quién soy, ni quién fui. No se si muero a cada segundo para volver a nacer en el siguiente o realmente solo llevo vivo un instante. A veces no puedo pensar o puede que esta sea la primera vez que lo hago. Quizás aún tengo que practicar. Quizás deje de existir antes de poder hacerlo. Quizás vuelva a nacer y tenga que empezar desde el principio.

O quizás solo fuera un autobús, conducido por una persona. Puede que mis vecinos salgan todos los días a las ocho a aplaudir. Y podría llevar vivo mucho tiempo y aún así seguir naciendo a cada segundo.

lunes, 22 de abril de 2019

Malos relatos

Palabra: responsabilidad

Este es, sin duda, el relato que más se me ha atascado de todos, hasta el punto que al final he tirado de una técnica creativa cutre que me enseñaron en un cursillo de la biblioteca. Este desastre se lo dedico a @AllNewXSase.

Hola, soy Dani, el autor. Se supone que tengo que escribir un relato basándome en la palabra responsabilidad. Llevo dos semanas intentándolo. Para dos caras de una hoja. Y nada. ES la palabra menos inspiradora a la que me he enfrentado jamás. O puede que, tras la frenética creatividad a la que me he obligado a abocarme en las últimas semanas, se me haya agotado la fuente de la ficción y ya no sea capaz de escribir nada más hasta que pase unos días recargando mis baterías cognitivas al Sol.

jueves, 28 de marzo de 2019

Ya está bien

Palabra: alambre

Esto no es exactamente un relato, sino una conversación que no me viene mal como ejercicio. Se la dedico a @assasinsxii porque me dio la palabra y me inspiró un momento interesante.

PADRE: Hijo mío, ven aquí un momento.

HIJO: ¿Qué pasa, papá?

PADRE: ¿Qué es esto?

HIJO: ¿Qué?

PADRE: ¿Que qué coño es esto?

HIJO: Eh, pues no s…

PADRE: Me cago en Dios, no me lo digas que ya lo se

HIJO: Pero pa…

PADRE: No, hijo, no. Ahora me vas a escuchar tú a mí. ¿Cuántos son ya? ¿Cuántos? Quince. Quince años llevo criándote. En esta casa, ¡mí casa!, entre estas paredes. Te he dormido, te he cambiado los pañales… Los putos pañales hijo, que nadie dice nada pero eso es totalmente asqueroso. Y darte de comer también. Eso también lo he hecho y también es repulsivo, que siempre acababas vomitando la puta papilla.

Y cuando fuiste creciendo, ¿qué? Yo te voy a hablar de cuando fuiste creciendo. La de heridas que te he curado, ¡y aquella vez que sacaste un cero y tuve que ir a hablar con tu profesora! Sabes que los putos colegios me dan ansiedad, hijo

HIJO: Tenía ocho años, papá

PADRE: ¡Tiníi ichi iñis pipí! Pues bien mayor que eras para soltar tacos como un camionero con ocho años. Pero qué lengua tenías, madre del amor hermoso, que tenía que habértela cortado antes de que cumplieras diez, hostia puta.

HIJO: Ya vas a sacar otra vez lo de la policía

PADRE: ¿Que si voy a sacar lo de…? Pues claro que voy a sacar lo de la policía, coño. Que me llamaron de una excursión, ¡una excursión que había pagado! Y me llaman y me dicen que tengo que ir a recoger a mi hijo, que se ha puesto a insultar a unos policías por la calle. Al despacho del director tuve que ir, hijo, ¡al despacho del putísimo director! Que llevaba yo sin pisar un despacho de director desde… ¡desde los diez años!

HIJO: ¡Pero papá, venga ya! Si ya no digo tacos, he mejorado mazo en eso.

PADRE: Ya se que no dices tacos, joder, pero me da igual, porque la murga de años que me diste con esa boquita no es ni medio normal.

HIJO: Y qu…

PADRE: Que te esperes, que aún no he acabado. Porque claro, dejas los tacos y empiezas con las novias, ¡y que pronto  empiezas con las novias! A los doce años tenías la primera y una semana te duró.

HIJO: Pero que tenía doce años, ¿qué quieres?

PADRE: ¡Ya sé que tenías doce años,si te lo acabo de decir! Pero luego cumpliste más, y después de esa chica llegó otra, eh, Claudia, sí. Y luego Teresa. ¡Y esas eran las que me caían bien! Porque las siguientes, hijo, que tontas eran las siguientes, que eran tontísimas y aún así yo me callé y estuve aguantándolas tanto o más que tú. Que esa es otra hijo, que ni a tí te gustaban esas chicas. ¡Ni esas ni ninguna! Que ya va siendo hora de que te des cuenta de que tú heterosexual no eres.

HIJO: ¡Papá!

PADRE: No, hijo, no, que lo sabemos ya todos menos tú, que tu eres gay, vamos, hasta Marisa, la vecina, me lo dijo el otro día. Que tuve que pararle los pies yo porque venía con mala inquina, pero vamos, que lo tenemos todos clarísimo menos tú, hijo, que pareces tonto.

HIJO: Joder, papá, ¿a qué viene todo esto?

PADRE: ¿Que a qué viene, hijo? O sea, que no lo sabes. No lo estás viendo, no me lo puedo creer. A lo que viene es a que he aguantado tus mierdas, tus tacos, tus profesores, tus claros errores románticos… y nunca te he dicho nada, nunca te he levantado la voz ni, por supuesto, la mano. Porque te quiero hijo, y te respeto. Pero hay cosas que ni un padre puede tolerar. ¡Y más cuando te lo he repetido docenas de veces! Y tú siempre igual, siempre con la misma mierda. Y me duele, joder.

HIJO: ¿Qué mierda papá? Joder, estoy a punto de llorar.

PADRE: Esto es lo peor, que ni siquiera que te des cuenta. Yo lo doy todo por tí y tú… tú ni siquiera puedes cerrar bien el bimbo.

HIJO: ¿Qué?

PADRE: Ni qué, ni nada. Lo sabes bien. Siempre dejo el alambre con el que viene la bolsa, joder, siempre dejo el puto alambre para que cierres el bimbo con el puto alambre. ¿Y qué veo? Que cada vez que te haces un maldito sandwich, llego a la cocina, ¿y cómo está cerrado el bimbo? ¿Con el alambre? No, claro que no. Tiene un puto nudo. Un puto nudo con el plástico de la bolsa. Y te parecerá normal. Que se seca el pan, hijo, ¡que se seca! Hay que cerrarlo bien, me cago en todo lo sagrado. ¡No es tan difícil! Hay que cerrarlo bien para que no se seque la puta rebanada de arriba, creo que ya te lo he dicho demasiadas veces

HIJO: Pero papá…

PADRE: ¡Ni pero, ni pera!

martes, 26 de marzo de 2019

Hermanas

Palabra: ventisca

Le dedico este relato al bueno de Mario (@MarioJPC) por esta palabra que, a priori, no sabía qué hacer con ella, pero que al final ha dado un resultado guay. Espero que te mole

Supongo que ahora me voy a justificar por lo que estoy a punto de hacer. Sí, supongo que sí. Esta es mi excusa. Mi confesión. Si alguien llegara a leerla, si acaso este texto llegara siquiera a existir, espero que se me pueda entender. Porque todo lo que hice, lo hice por amor.


Siempre tuve una excelente relación con mi hermana. Pese a que ella hubiera nacido en Finlandia y yo en Senegal, y a que no compartiéramos sangre ni padres biológicos. Su nombre era Païvi. El mío es Ngone. Pasamos toda nuestra vida juntas, fuimos al mismo instituto, nos enamoramos del mismo chico, el imbécil de Aleksi; nos enfadamos y nos volvimos a querer. Después Païvi se dio cuenta de que en realidad no le gustaban los chicos, así que no volvimos a tener ese problema. Nos separamos un poco en la Universidad, yo conocí a un tío, empezamos a salir, nos casamos, nos divorciamos y al final acabé en casa de mi hermana, llorando y hecha una mierda. Y justo entonces empezó la ventisca.


Era una gran tormenta de hielo que se cargó las comunicaciones y nos encerró en su casa. Vivía sola, así que en realidad nos lo tomamos como una oportunidad para pasar tiempo juntas y recuperar los años perdidos, al menos al principio. Nos contamos cada detalle de nuestras vidas, jugamos a juegos de mesa, lloramos y bebimos, y nos dijimos cuánto nos habíamos echado de menos. Y la ventisca no paró. Al tercer día empezamos a preocuparnos. Al quinto, nos pusimos a trabajar.


Ambas habíamos sido siempre unas mujeres muy inteligentes. En el instituto yo no sacaba muy buenas notas, pero luego pude sacarme sin problema la carrera de física, varios másters y cinco doctorados. Y mi hermana sí que sacaba buenas notas ya desde el instituto. Además de varias ingenierías, tenía un amplio taller en el sótano de su casa. COn algo podríamos trabajar.


Nuestro primer objetivo fue desarrollar una radio de mayor alcance para comunicarnos con alguien de fuera de la casa. Lo conseguimos con facilidad. La ventisca asolaba, por lo menos, todo el país, y había sumido la civilización en una crisis absoluta. Así que nuestro segundo paso estaba claro: frenarla.


Por desgracia no era tan fácil como cabría esperar. Construímos refuerzos para la casa y un sistema de calefacción alimentado por la energía eólica de la propia tormenta, pues el frío empezaba a resultar peligroso. Después tratamos de generar un sistema que hiciera entrar el agua en una fusión instantánea y no tardaron en conseguirlo, pero en un espacio muy reducido.


Después logramos, a través de la poca comida que nos quedaba, crear un clonador de tejidos que nos permitiera desarrollar, poco a poco, más comida para poder subsistir. Y esto solo durante el primer mes. Durante los siguientes nuestra producción tecnológica se volvió completamente loca. Generamos un comunicador que reactivara todas las comunicaciones de la Tierra con un nuevo tipo de onda, desarrollamos un tipo nuevo de reactor energético limpio y, lo más fuerte de todo, un prototipo de máquina del tiempo. Estábamos piradas y desesperadas, pero teníamos un plan. Ese puto plan.


De alguna forma, probablemente más mágica que científica, logramos que esa máquina funcionara. Tardamos algunos meses más, pero, joder, lo logramos. Y la íbamos a usar. Nuestro plan era ir al pasado y encontrar el epicentro de la ventisca antes de que sucediera, recabar información al respecto y volver al futuro para buscar una nueva solución.


Pero algo salió mal, ahora se bien el qué, pero en ese momento no tenía ni puta idea. Habíamos hecho cálculos sobre la localización a la que podíamos tener que acceder, pero claramente los hicimos mal. A pocos metros de nosotras escuchamos una gran explosión. Cuando miramos, solo pudimos ver, impasibles, una inmensa ola de hielo que se expandía en todas las direcciones. Corrimos a la máquina del tiempo. Yo la alcancé. Por un segundo. Por una mierda de segundo Païvi no lo hizo.


Lo único que llegó al presente fue un brazo helado que se desprendido del resto del cuerpo como un cristal. Lloré mucho por mi hermana. Muchísimo. Estuve apunto de dejarme morir de hambre ante la desesperación, de mandarlo todo a la mierda porque nada tenía sentido sin ella. Rompí muchos de nuestros inventos. Destrocé mi única comunicación con el exterior y también el generador de energía. Básicamente me suicidé a medio plazo. Y entonces me di cuenta de que tenía ese puñetero brazo.


Estaba cubierto del hielo primordial, si lo estudiaba podía darme las soluciones que estaba buscando. Y efectivamente lo hizo. Su composición química no se parecía en nada a la del hielo. No era más que un polvo generado por la transmutación de partículas orgánicas suspendidas en la atmósfera, y su reversión era ridículamente sencilla. Realizaban un proceso en cadena, como un contagio a nivel atómico. Hostia puta, cómo me sentí. Y no precisamente por haber solucionado el problema de la ventisca, sino por tener la oportunidad de salvara a Païvi.


Sin ninguna duda, volví al pasado de nuevo. Sabía dónde y cuándo empezaba la reacción en cadena exactamente. Llevaba mi catalizador y la máquina del tiempo, para escapar por si algo salía mal. Y estaba completamente dispuesta a cambiar las cosas. Pero pasó el tiempo y nada sucedía. Según mis cálculos apenas quedaban unos segundos para que empezase la reacción, pero allí no sucedía nada. En ese momento me di cuenta. El catalizador que llevaba en las manos podía revertir la reacción y volver a revertirla. Yo estaba allí y la tormenta no porque, después de todo ese tiempo, yo había causado realmente la ventisca. Tenía entre mis manos la herramienta para hacerlo, y si no la usaba, si no mataba a mi hermana, a saber qué consecuencias hubiera tenido para el tiempo.


Y puede que lo hiciera. Que apretara el botón, volviera al futuro, eliminara allí la tormenta. En ese caso el mundo habría cambiado. Sí, al principio para mal, pero todos los avances científicos que llevamos a cabo en la casa mi hermana y yo podrían haber servido para recuperar lo perdido y avanzar aún más. Escondería la máquina del tiempo, por supuesto, no me fiaría de nadie, por muy bien que fuera el mundo.


Porque lo cierto es que el mundo se dirigiría hacia una nueva etapa de iluminación y desarrollo. Un mundo mejor. Pero un mundo sin mi hermana.


Llegados a este punto, ya sabrás por qué escribo estas palabras. Lo siento mucho por las consecuencias que pueda tener para el tiempo y para la humanidad, pero mi hermana me importa más que todo eso. Así que he vuelto al pasado, dispuesta a frenarme a mí misma, pase lo que pase. Y que le jodan al tiempo.

lunes, 25 de marzo de 2019

La verdad

Palabra: dabuten

Le dedico este relato, con mi infinita admiración por la palabra que me propuso, a @mikulo23, una persona con un nombre tan bello como las palabras que va proponiendo, al parecer, por ahí.

Una vez, cuando viajé al siglo XXXII conocí a una mujer madura, de unos 176 años, que me resultó francamente fascinante. Su nombre era Laura Cruz y era arqueóloga. Por supuesto, con tal de no interferir en su trabajo, no se me ocurrió confesarle mi condición de viajero en el tiempo. Sin embargo, me mostré alegremente dispuesto a escuchar la historia que tenía que contarme.


El oficio de la arqueología en el futuro apenas se parece a lo que conocemos en nuestros días. Desde que los humanos tuvieron que huir de la Tierra por un inminente cataclismo ecológico, la búsqueda de resquicios del pasado cambió radicalmente, por supuesto. Las incursiones a la Tierra requieren de casi un centenar de permisos y los costes de investigación son francamente inasumibles por casi ningún planeta-estado. Y aún así, Laura y su equipo consiguieron la financiación necesaria para la incursión.


¿Y cómo lo hizo? Pues con la promesa, bastante parcial, de encontrar un tesoro tal como nadie jamás hubiera imaginado. Llevaba años investigando el siglo XX, concretamente los documentos que se preservaron de lo que ahora conocemos como España, y encontró, en los correspondientes al tramo final del siglo, un hueco irresoluble que se presentaba ante ella como un acertijo incomprensible. Una palabra imposible que bien podía ser parte de un ritual ancestral, o indicar la adoración a una terrible deidad. Y entre esas posibilidades se encontraba la que vendió como más posible: la existencia de riquezas o poder ilimitados tras esa sencilla palabra. Me explicó que la pronunciación de esa palabra debía de pronunciarse /da-bu-ten/.


Tuve que contener mi absoluta extrañeza ante tal situación. Aquella mujer, mucho más anciana y sabia de lo que yo podré ser jamás, me había puesto en una extrañísima encrucijada en la que yo sabía que la investigación de toda su vida se basaba en una ridiculez sin sentido. En un error de traducción. Tenía que hacerle saber, de alguna manera, que el objetivo de la mayor investigación arqueológica financiada jamás era casi una broma pesada. Y no sabía cómo hacerlo.


Mientras mis dudas me consumían, ella prosiguió con su historia. El  por el espacio viaje fue tenso y emocionante, y la estancia en el planeta bastante poco apacible. El aire de la Tierra se volverá completamente irrespirable en el futuro, así que en todo momento será necesario llevar máscaras de autorrespiración para poder sobrevivir en su suelo. Y aún, así, cuando Laura me lo contaba, había un brillo en sus ojos como en pocos he visto.


La búsqueda fue larga, pero finalmente les llevó a lo que Laura identificó como una gran biblioteca audiovisual con simbolismos sagrados. Tal biblioteca que, a mi parecer, no debía ser más que un Media Mark. En su interior, la mujer se encontró con una infinidad de reproductores de comunicación primitivos que hacía mucho que habían perdido su funcionalidad. Por suerte, los arqueólogos del futuro tienen un sencillo cachivache al que llaman temporalizador, que sume los objetos que alumbran en una burbuja temporal que les permite investigar con más facilidad la función que cumplían en la época en la que fueron creados.


Lo cierto es que esos artefactos no debían funcionar tan bien en la práctica, porque Laura me reveló que apenas logró sacar información de ninguno de los reproductores, apenas unas imágenes sueltas que, por supuesto, no incluían la palabra dabuten. La mayoría de ellas mostraban tan solo escenas apacibles, de campos o animales extintos. Algunos de ellos, pocos, mostraban pequeños extractos de obras de ficción narrativas o comerciales. Pero hubo uno que lo cambió todo.


Cuando me lo contó estuve apunto de echarme llorar. En uno de esos reproductores lograron aislar una pequeña secuencia, de apenas dos segundos. En ella Laura observó a un hombre grande, rubio, pronunciar unas palabras que lo cambiarían todo. Y esas palabras, queridos amigos y compañeros, fueron unas palabras tan importantes para ella como terribles para mí, y para cualquiera de vosotros en mi lugar. Porque lo que decía ese hombre sin cesar eran las palabras “rakuten es dabuten”.


Exactamente cómo podéis leer. Me encontraba frente a esa mujer y sentía la necesidad de romper todas las reglas que existen sobre los viajes en el tiempo para explicarle que aquello que la obsesionaba no significaba nada, pero lo cierto era que no tenía ni la menor idea de cómo explicar tal cosa.


Ella, por su parte, también parecía estar apunto de llorar. Pero no era por tristeza. Para ella, esas palabras ridículas simbolizaban algo diametralmente opuesto a lo que a mí me podían hacer sentir. Para Laura Cruz, que rakuten fuera dabuten no era más que la prueba de todo aquello que quedaba aún por investigar. Si aún no había sido capaz de encontrar el significado de dabuten, ahora sabía que también existía rakuten. ¿Y qué sería? ¿Acaso una deidad dual y terrible que se enfrentaba con dabuten? ¿Una tribu ancestral? ¿Quizás una nueva palabra del ritual? Fuera como fuera, me explicó  que aquellas palabras le enseñaron una cosa importantísima: que ella no quería terminar de investigar, que quería seguir toda su vida enlazando un misterio tras otro, porque esa era la única forma en que de verdad le gustaba vivir.


Ante tal situación, no tuve por menos, por supuesto, que tragarme todas mis palabras. ¿Qué derecho tenía yo, solo por haber accedido a una máquina del tiempo, de irrumpir en su mundo de una manera tal que acabara con todo aquello que la hace soñar y vivir? ¿Qué derecho tenía a romper las expectativas de todo un planeta que soñaba con un pasado mucho más mágico e ingenuo que el que realmente estamos viviendo? Efectivamente, no tenía ninguna, así que me callé y seguí hablando tranquilamente con Laura.


En la actualidad somos buenos amigos. Ella investigación y yo, por supuesto, nunca le conté, ni le contaré la verdad. Porque algunas verdades no son tan importantes.

El mercado de relatos

Palabra: Relato

El señor @PeterGR300025433 me propuso la palabra relato y me ha dado la oportunidad de escribir una historia muy meta y que me gusta un montón, así que se la dedico.

Mario Araya era la clase de hombre que le parecía guapísimo a tu abuela. Era alto, bien peinado, con buen porte y siempre perfectamente vestido y aseado. Era educado y amable, con una vida bastante acomodada gracias a su exitosa carrera como escritor. Había publicado decenas de novelas románticas de gran éxito entre adolescentes y jubilados, y una infinidad de antologías de historias cortas.

Sin embargo, hubo varias semanas semanas en las que su aspecto en absoluto podía asemejarse a lo aquí se acaba de describir. Durante ese tiempo, su vida se tornó en un cúmulo de desorden, barba mal recortada y un pijama que llevaba demasiado tiempo sin lavarse; todo por culpa de un relato. No se lo podía quitar de la cabeza, ni tampoco era capaz de plasmarlo en papel. Tras todo el tiempo que llevaba encerrado en su casa, tan solo había logrado crear a un personaje, introducirle y darle contexto.

Pero necesitaba algo más, un nudo, un conflicto en el que sumir a ese personaje para contar todo lo que tenía en la cabeza. Era completamente incapaz de hallarlo y eso le desesperaba. Y la única solución en la que era capaz de pensar era ridícula e imposible, pero acorde con su desesperación. La única solución que le quedaba era acudir al mercado de relatos.

Se trataba de una tienda pequeña en plena de la calle más estrecha de su ciudad. Tenía una puerta pequeña, para nada llamativa, en la que nadie era capaz de fijarse si no iba ya buscándola. No había dependiente, ni aparentemente la regentaba nadie; pero tampoco nadie se atrevía a robar o incumplir sus normas. Su ambiente oscuro, casi místico, persuadía de ello a cualquiera que tuviese la idea de hacerlo.

Mario, por suerte, iba preparado para enfrentarse al mercado de los relatos. El mecanismo era sencillo. Su interior era como una inmensa biblioteca, que desdencía en el suelo hasta lo más profundo de la ciudad. En cada estantería se acumulaban una infinidad de relatos, sin, aparentemente, ningún orden ni clasificación, pero a disposición de todo aquel que los necesite. Para acceder a ellos solo hay que seguir dos sencillas reglas. La primera dicta que para coger cualquiera de las historias allí presentes, hay que dejar otra a cambio. La segunda, que los relatos que salgan de allí no podrán ser leídos jamás por nadie más que la persona que los haya recogido. El escritor había llevado consigo una multitud de historias inéditas que estaba dispuesto a sacrificar a cambio de la inspiración que necesitaba. No quería robar los relatos ni las historias que contaban, no quería plagiarlos. Solo buscaba un conflicto que diera orden a todo lo que tenía en su cabeza.

Buscándolo, se adentro en la pequeña tienda y se sumergió en la oscuridad purpúrea de su interior. En el mercado de los relatos no solo habitan las historias, sino que él mismo ha sido fruto de multitud de leyendas. Cuentos y conspiraciones sobre personas que han entrado y jamás han podido salir. Es por ellas que nadie se atreve nunca a introducirse demasiado en la tienda y se quedan en los niveles superiores. Pero ninguno de los relatos de esos niveles parecía servirle a Mario para dar forma a su conflicto. Así que siguió bajando y bajando.

Al principio, todo se volvía más misterioso. Los relatos pasaban de ser historias de amor a ser historias de terror, pero eso era solo el principio. Después, las historias empezaban a ser más confusas. Los escritores parecían jugar al principio con la forma y las palabras, dándole un nuevo valor a la estructura. Estos juegos al principio eran sencillos, como repeticiones de palabras o deformaciones de los párrafos, más tarde algo más confusos, con textos escritos completamente al revés o de manera circular, y los que había al final eran completamente incomprensibles para Mario. Después de eso fue cuando empezó a ir mal.

Los relatos ya ni siquiera estaban plasmados en papel, sino que salían al principio como sonidos y después como formas. Caminaban por las salas y se deslizaban a través de los pisos, las historias se contaban así mismas, o se narraban unas a otras; rodeaban a Mario y le susurraban cosas. Se formaban y se deformaban a su alrededor. Algunas le pedían que se quedara, otras le suplicaban que se marchara. Y aún así, Mario siguió bajando.

Las salas parecían saltar y cambiar, convertirse ellas mismas en las historias, cambiar en función de los pensamientos de Mario, y entonces lo vio. Frente a él, allí estaba. Se había formado ante sus ojos, exactamente la historia que quería contar. Era perfecta, el conflicto que necesitaba. Y cuando la tenía entre sus manos, cuando estaba preparado para completar su historia, no pudo recogerla. Había llegado demasiado lejos, no podía irse sin seguir bajando.

Se había dado cuenta de que no era el conflicto lo que buscaba. No necesitaba una historia tan concreta y exacta para su personaje, cualquiera le valía para contar lo que quería. Lo que necesitaba era saber lo que quería de verdad su personaje. El conflicto detrás del conflicto, que le hiciera darse cuenta de que estaba equivocando sobre todo en lo que creía creer. La verdad que le haría cambiar.

Y en busca de eso, se adentró aún más en el mercado de los relatos. Pasó por salas imposibles, en las que las historias sucedían fuera del tiempo o dentro de su cabeza. Monstruos que se materializaban en formas que su cerebro que no era capaz de comprender, dimensiones que se formaban en torno a la tercera y creaban realidades alternativas, mundos que una mente humana no era capaz de procesar. Pero cuando Mario llegó al último piso, se dio cuenta de que su mente ya no era en absoluto humana.

En el piso más profundo del mercado de los relatos ya no había ninguna historia. Era una sala normal, circular, completamente vacía excepto por un elemento. Un espejo alto, justo en el centro, cuyo reflejo mostraba algo que Mario jamás había visto: a sí mismo. Pero no era el “sí mismo” que había conocido. Tras atravesar todas las salas, su cuerpo ya no era el mismo, ni tampoco su mente. Ambos estaban reflejados en ese espejo, que no mostraba una imagen sino un millar, una infinidad de historias que se habían formado y pegado a Mario durante su vida. Esa era justo la historia que quería contar. Y en cuanto se dió cuenta, concluyó.

Nadie volvería a ver a Mario. Una leyenda se formaría en torno al escritor. Pero, aquellos que se atrevieran a descender lo suficiente en el mercado de los relatos bajarían al menos un piso más que los que bajó Mario.

jueves, 21 de marzo de 2019

La rueda

Palabra: galleta

Le dedico este relato tan curioso a mi queridísimo Gullón (@gullon1995), la mejor galletita imparable que conozco

No se cuanto tiempo llevo encerrada en esta caja, a oscuras, hacinada junto a otras Marías, esperando impaciente la inevitable muerte que me espera. Me intento acordar de las palabras de la galleta Platón, pero su voz se desvanece en mi mente de harina y cereal.


Un temblor, es el final, todo se acaba. Veo la enorme mano de una niña entrar en la caja, me elige a mí. Me sujeta entre sus dedos y me mira con deseo. Y entonces, me resbalo. Caigo al suelo desde la altura, de tal manera que es mi parte estrecha la que aterriza y rueda sobre el suelo del salón.


Las pupilas de la niña se ensanchan y se tira hacia mí como un gato. Me persigue por la casa, a cuatro patas, amenazándome con sus uñas afiladas y sus orejas puntiagudas y en el último instante, logro deslizarme por una gatera demasiado pequeña para ella. Debe de ser para un gato de verdad.


Ruedo por el porche hasta la calle y giro a la derecha. Frente a mí, un hombre besa a otro, robándole el corazón y llevándoselo dentro de una bolsa. Yo paso entre sus piernas y sigo rodando cuesta abajo. Voy cogiendo velocidad y poco a poco voy alcanzando a una bicicleta que va creciendo según me acerco a ella. Cuando la sobrepaso, la bici sigue creciendo hasta que la pierdo de vista.


Caigo por unas escaleras, peldaño a peldaño. En el primero se ha tropezado un niño, en el segundo se ha sentado un anciano cansado, en el tercero ha meado un perro, y también en el cuarto. En el quinto una lagartija ha salido a tomar el sol, en su nave espacial, seguida de su ejército, están dispuestas a lo que haga falta por lograrlo. El sexto peldaño está triste porque una familia de chicles ha anidado en su espalda y el séptimo ha decidido irse al extranjero a aprender inglés, así que no está para frenarme cuando caigo y sigo cayendo y justo cuando temo que voy a chocar con el suelo y a partirme en cien pedazos, me recoge un pájaro al vuelo, con sus dos patitas.


Por un momento me siento aliviada, pero luego me doy cuenta de lo que suelen querer los pájaros de las galletas. Intento soltarme, pero realmente no tengo la capacidad de moverme, solo soy una galleta. Vuelo bajo ese pájaro durante horas. Salimos de la ciudad y avanzamos por el viento. Las nubes se quedan atrás y en pocos minutos alcanzamos el mar, pero seguimos volando. Y volamos durante horas hasta que conseguimos volver sobre tierra, volver a la ciudad, volver a la escalera.


Resulta que en el peldaño número nueve se encontraba su nido, en el que le esperaban cinco niños hambrientos y uno que, la verdad, ya había picado algo entre horas y no tenía mucha hambre. Ya está este sí que es mi final, no tengo ninguna duda. Sí tengo que decir unas últimas palabras que sean estas: tenedor, luna, rotulador, idiosincrasia. Estoy lista para irme.


Pero una vez más, no me voy. El pájaro me tira desde las alturas, pero ninguno de los niños logra cogerme. Caigo al suelo del nido y sigo rodando hasta las ramas, que me permiten deslizarme por el árbol. Hay un mono colgado de una rama y a un obrero desnudo intentando cogerlo. Todas las hojas se caen cuando llega el otoño. Y en invierno, llego al suelo.


Hace frío y hay nieve, me cuesta seguir girando, creo que caeré y me desharé entre el agua helada. Y es verdad que me caigo, pero a una alcantarilla. No es muy profunda y llego bien al fondo, sobre la espalda de un cocodrilo que nada a través del fango. Ruedo desde su mandíbula a su cola y sigo por el suelo, hasta que me cuelo por un pequeño orificio.


Es un hueco estrecho y largo, pero no me puedo parar. Avanzo y avanzo hasta que los muros se abren y aparezco en un pequeño prado apacible. Es un lugar agradable, placentero incluso. A mi alrededor hay otras galletas que yacen tranquilamente sobre la hierba, y entonces se que por fin he llegado a la legendaria Tierra de las Galletas. Quiero quedarme aquí, pero no puedo parar de rodar. Necesito dejar de rodar, por favor. Es lo único que deseo.


Junto a mí, de pronto, me doy cuenta de que rueda otra galleta. Es una galleta anciana y se presenta como la galleta Platón. Le pido que me diga como puedo dejar de rodar y me dice que es imposible. Nada para. Nada deja de rodar nunca. Me explica que una vez que sales de la caja ya nada tiene sentido y nada se termina, que todo sigue rodando, sin final. Es una historia triste, pero la única verdadera.


Un desnivel separa nuestros caminos y nos despedimos. Me siento extraña y triste. No me quiero ir. Pero se que es la hora cuando veo llegar hacia mi un nuevo muro, con una nueva hendidura. He estado aquí y eso lo cambia todo, no importa que me vaya. Pero me voy. Atravieso el muro y todo se vuelve a desvanecer.


Cuando salgo, estoy en un lugar que recuerdo de algo, o quizás no. Hay máquinas y personas que las manejan. Decenas de galletas circulan por una cinta mientras son fabricadas y acabo cayendo entre ellas. No quiero estar aquí. Pero justo en este momento he dejado de rodar, entre todas las galletas. La cinta me arrastra hacia un final oscuro. E inevitablemente, caigo al interior de una pequeña caja de cartón. Oscura. Hacinada. Y mientras pierdo todos mis recuerdos, solo trato de mantener en mi cabeza las palabras de la galleta Platón: todo sigue rodando, sin final.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Un error metolodológico

Palabra: sobaco
Este relato se lo dedico a Ici, pese a que me haya puesto una palabra tan jodida, te odio, pero te quiero

AGENTE XTRLA
INFORME DE MISIÓN
CÓDIGO: 014-M-12

Este mensaje es de vital importancia, sugiero a mis superiores que le den una prioridad absoluta y que presten atención a todos los documentos que con él adjunto.

Recientemente he viajado al planeta número 014 del cuadrante C, autodenominado Tierra, para recabar información acerca de un elemento único de alguna de sus especies autóctonas, como jamás habíamos visto en ningún otro planeta del Universo conocido por el Imperio.

Se trata de una característica fisiológica muy concreta consistente en un pequeño pliegue bajo las extremidades superiores de los indígenas, del que desconocíamos por completo su función. Al menos hasta ahora. Los habitantes de 014 se refieren a este pliegue como “axila” o “sobaco”.

Para mi investigación tuve que hacerme con varios sujetos de prueba que seleccioné mediante rigurosos métodos estadísticos, para más tarde diseccionarlos y estudiarlos uno a uno. Por desgracia, estas investigaciones no dieron ningún fruto.

Sin embargo, llegados a este punto, me topé con una problemática relacionada con el cuerpo de seguridad de los habitantes de 014, sorprendentemente bien organizados, aunque con armas bastante primitivas, basadas aún en proyectiles metálicos.

Trataron de abatirme pero, por supuesto, logré escapar. No sufrí daños, pero algo me quedó bien claro: los habitantes de 014 guardaban con celo el secreto de los sobacos y no me iban a dejar desentrañarlo fácilmente.

Por ello, tuve que trasladar mi laboratorio a una zona lejana de costa en la que poder seguir con mis investigaciones sin perturbación. No puedo continuar mi informe sin señalar una peculiaridad de esta zona. Todos los sujetos que aquí pude encontrar eran de una muestra de avanzada edad de la población. Mi hipótesis al respecto es que los brutales habitantes de 014 abandonan allí a aquellos miembros de sus comunidades que no les son de utilidad.

En este momento había descartado por completo la teoría fisiológica sobre los sobacos, así que experimente con una apuesta más energética. Para ello, irradié a mis nuevos sujetos con una multitud de ondas energéticas tales como la gamma, la K, la energía Crombart e incluso me atreví a someterles a la terrible energía de las manzanas. Nada de ello tuvo mayor efecto que el de provocar en ellos terribles mutaciones físicas. En un acto de piedad, otorgué la libertad a todos esos monstruos que había creado.

Estaba perdido, desolado incluso. El misterio de los sobacos permanecía oculto y ninguno de mis pasos parecía acercarme más a él. Los sobacos no muestran correlación con el estatus de sus poseedores, ni de su poder. Son independientes al sujeto y todos los habitantes de 014 son iguales en sus sobacos.

Y entonces me di cuenta de que me había estado equivocando de enfoque metodológico, al centrarme en el marco teórico y material del planeta. Había algo que no había tenido en cuenta, la magia. Tuve que hacer una profunda revisión bibliográfica sobre los textos de los Antiguos Unhut y el Tratado Mágico Intergaláctico. Necesité dieciséis nuevos sujetos para llevar a cabo el ritual, y cuando lo hice todo cobró sentido.

La magia del conjuro recorrió los pliegues subextremidales de todos los sujetos, como recorriendo una cadena en torno a la cual su poder se iba incrementando. Era una energía como nunca había visto, prácticamente destruyó mi laboratorio, y eso solo como resultado de un hechizo sencillo.
Los habitantes de 014 son seres altamente mágicos, con un poder mayor del que jamás podría haber imaginado, y todo él producido a través de sus axilas.

Mientras envío este informe estoy abandonando el planeta en mi nave, temeroso de las posibilidades que ante mi han sido mostradas.

No tengo ninguna duda, a la vista de los resultados mi recomendación es la invasión pronta y total del planeta. Los habitantes de 014 han demostrado ser criaturas brutales y amorales que, si bien se encuentran en un estado prematuro de desarrollo científico, no hay duda de que están investigando sobre la magia de los sobacos y no tardarán en descubrirla. Por todo ello, tenemos el deber político y moral de llevar a cabo un exterminio total de cualquier especie poseedora de una axila, antes de que el problema se vuelva incontrolable.

Espero que mis palabras no sean desoídas.

FIN DEL INFORME