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lunes, 20 de junio de 2022

Aquella dichosa máquina

Le dedico este relato al bueno de Hammer, que tiene el honor de revivir este blog después de dos años de inactividad con la palabra PRESTIDIGITACIÓN. Como verás en el relato, la he utilizado de forma muy flexible, pero debes saber que me ha inspirado una historia con la que estoy bastante contento.


TW: Suicidio

sábado, 11 de abril de 2020

Cuentos de Cuarentena 1 - Autobús

  Hoy, como todos los días a las ocho, hemos salido toda mi familia al balcón a aplaudir. Es una sensación, la de todos los días a las ocho, extraña. Se suele escuchar a mucha gente aplaudir, gritar, silbar e incluso tocar una trompeta, pero nunca, jamás, veo a nadie desde mi balcón. Sus aplausos resuenan a mi alrededor como espíritus invisibles y nostálgicos que, tras su rutinaria fanfarria, regresan al mundo de los muertos y dejan de existir. Yo vuelvo a entrar en mi casa y ese leve contacto con mis vecinos se va difuminando poco a poco hasta desaparecer del espejo de mi mente como un vapor onírico. Todos los días a las ocho.

Pero hoy no, hoy ha sido algo distinto. Una ridiculez, en realidad. Mientras resonaban esos duendes invisibles al compás de nuestras manos pasaba un autobús por la calle y ha empezado a hacer sonar el claxon. Eso ha parecido alegrar al público que aplaudía por las ventanas, que han proseguido con más fuerza que nunca, quizá alentados por ese leve cambio en su rutina habitual. Pero lo cierto es que, pese a que para mí también ha sido un cambio agradable, tampoco he visto al conductor.

No he visto al conductor. Y lo más probable es que estuviera ahí dentro, en su cabina, conduciendo y pitando. Pero no le he visto. Ni la cara, ni los ojos, ni las manos. Solo un monstruo gigante y azul gritando desbocado a través de la calle, perdido, asustado por las palmadas y los silbidos, huyendo a esconderse.

Es posible que el conductor del bus haya desaparecido también, al igual que todos mis vecinos. Que solo sea un espectro más, armando escándalo a las ocho en el mundo de los vivo. Que recorra en su fortaleza móvil la ciudad, recogiendo a los pocos pasajeros que quedan ya en las calles para hacerles también desaparecer, para convertirles en un eco sordo en forma de aplausos que reverberan impotentes todos los días a las ocho.

Puede que el conductor muriera en un accidente, hace pocos días, durante la cuarentena. Puede que hubiera una discusión en el bus, entre dos pasajeros o puede que simplemente no hubiera dormido bien esa noche. Y puede que desde entonces vague sin descanso repitiendo eternamente la tarea que nunca pudo acabar.

También podría ser algo más maligno, más terrible. Un monstruo que nos arrastra con sus gritos, que nos arranca el alma y los pensamientos, que se lleva nuestros aplausos para alimentarse con ellos un poco más. Un demonio que adopta formas cotidianas para separarnos absorber nuestra normalidad y dejarnos cada día más vacíos. Que recorre las calles como un leviatán, libre ahora que nadie puede frenarle.

Pero lo cierto es que he pensado cosas peores. Desde que he vuelto a sentarme en mi habitación no estoy seguro ni siquiera de haber visto el autobús, de haberlo escuchado. No estoy seguro de haber visto nunca ningún autobús, ni a ninguno de sus conductores. No estoy seguro de que mis pensamientos ni mis recuerdos sean reales. Y tampoco se si puedo culpar a ese mal azul que ha invadido mi mente y no sale de ella; o se trata de algo anterior. Alguien podría haber estado jugando con mis recuerdos, con mis ideas desde hace mucho tiempo. Quizás solo creo que estoy encerrado en mi casa por una pandemia cuando la realidad es que formo parte de un experimento desde hace años. Quizás ni siquiera haga tantos años, quizás nací cuando empezó la pandemia. Quizás nací ayer. Quizás acabo de nacer.

No sé quién soy, ni quién fui. No se si muero a cada segundo para volver a nacer en el siguiente o realmente solo llevo vivo un instante. A veces no puedo pensar o puede que esta sea la primera vez que lo hago. Quizás aún tengo que practicar. Quizás deje de existir antes de poder hacerlo. Quizás vuelva a nacer y tenga que empezar desde el principio.

O quizás solo fuera un autobús, conducido por una persona. Puede que mis vecinos salgan todos los días a las ocho a aplaudir. Y podría llevar vivo mucho tiempo y aún así seguir naciendo a cada segundo.

jueves, 16 de enero de 2020

El fantasma de la ducha

Creo firme y rotundamente que hay un fantasma viviendo en mi ducha. No tengo dudas, pese a la insistencia de mi familia en que lo que yo entiendo que son lamentos y sollozos, no se trata más que del siniestro eco del agua caliente recorriendo su camino hasta el grifo. Están equivocados, claro. Y no es sólo que mi investigación sobre la casa en la que ahora vivimos me haya llevado a concluir que el anterior residente murió en extrañas circunstancias en su interior. Tampoco tiene que ver con el resto de fenómenos paranormales que he registrado durante los meses que llevamos viviendo aquí, tales como desplazamientos insólitos, caídas inverosímiles y cierres de puertas sonoros. No, la razón inequívoca de la presencia de tal espectro en mi baño soy yo. No tengo dudas de su presencia en mi hogar, en mi baño, porque cada vez que entro a ducharme y escucho su lamento recorrer el metal de las cañerías, todo mi cuerpo se torna en tristeza y empiezo a llorar sin consuelo.


No es pena ni empatía lo que siento cuando el agua cae sobre mí. Es como si otra persona estuviera utilizando mi cuerpo, mis ojos para derramar unas lágrimas que no son suyas, arrebatándome mi propio derecho a estar triste. En ocasiones, es tan fuerte la desdicha que me consume que pierdo incluso la fuerza de mis piernas y no puedo sino acurrucarme en el suelo, esperando a que acabe el episodio sobrenatural que me rodea.


Cuando estos episodios acontecen, mi cuerpo se ve vaciado de energía durante el resto del día, como si la sombra fantasmagórica de esa etérea criatura se quedara conmigo, torturándome, despojándome por completo de toda fuerza, hasta para levantarme de la cama. Hay ocasiones en las que permanezco inmóvil, casi inconsciente, durante horas. El tiempo se desdibuja como una acuarela derramada sobre un lienzo, deforme e incomprensible, y ni siquiera lo veo pasar. 


Todo se distorsiona cuando me encuentro bajo su influjo. Esta esencia inhumana me roba el tiempo y la identidad. Olvido en muchas ocasiones quiénes son los que me rodean e incluso quién soy yo. Olvido el hambre y la sed y simplemente permanezco, como un cuerpo sin alma, como si el monstruo arrastrara mi propia sustancia a su mundo sin forma para quedarse con mi carne.


Con el tiempo, y solo cuando la criatura lo decide, consigo recuperar mi cuerpo, mi vida, mi mundo. Y sigo adelante. Suelen ser periodos prolongados, de días e incluso semanas. Al principio camino con miedo, prevenido de lo que me pueda pasar. Alguna vez he tratado incluso de evitar ducharme, pero es inútil. Pese a que es ahí donde el fastasma suele poseerme, no duda en ir a buscarme a otro lugar de la casa si es necesario. 


En los ratos buenos he tratado de pensar en varias posibilidades con las que deshacerme de este espíritu invasor. Algunas de las más cinematográficas -exorcismos, protecciones de sal, enfrentamientos psíquicos- no han sido más que meras fantasías de poder, fútiles, sí, pero de gran valor para poder evadirme y soñar con ser libre en algún momento. Porque todas las demás han resultado en un fracaso absoluto. Por supuesto, en internet no existe información veraz, ni mucho menos útil, sobre espíritus ni el más allá. Apenas he podido encontrar investigación al respecto, y las que hay parecen ser poco más que un cúmulo interminable de ideas infundadas en las que, si intentas tirar del hilo y llegar al fondo de su construcción, te toparas una y otra vez con una serie de ideas básicas que no parecen surgir de ningún lado. Y ni siquiera haciendo un salto de fe, esa información parece haberme servido para nada en absoluto.


Es por ello que he intentado comunicarme con la criatura de otras maneras.La meditación y la introspección parecen acercarme a ella de maneras extrañas, como si cuando la busco en mi interior me rehuyera, pero siempre a una distancia prudencial, sin perderme de vista, sin dejar de tener el control. Siempre con una mano sobre mi hombro. Esto no ha servido para que establezcamos una comunicación de ningún tipo, pero me ha servido para aprender más sobre la esencia que gobierna mi vida.


No lleva aquí tanto tiempo como he creído todo este tiempo. Es un ente sin hogar, como una hormiga reina al principio de la primavera, ha decidido anidar en mi interior y alimentarse de mi alma. Está enquistado en mi interior y por mucho que me he abierto no he conseguido extraerlo. Nunca puedo luchar durante los episodios, pero cuando están empezando… Lo he intentado todo, hasta casi mi propia autodestrucción. No quiero morir. Pero no se si quiero vivir con eso dentro. Cada vez peso menos. No quiero alimentarlo con mi comida, no quiero hacerlo más grande en mi interior. No quiero que su esencia irregular, duende sin forma, infecte a los que me rodean. Cada vez les veo menos, cada vez reconozco peor sus caras. El espacio entre los episodios se reduce cada vez que suceden y el mundo cada vez existe un poco menos. Me voy acordando cada vez de menos, y a su vez, voy recordando más. Siento como este ser emponzoña mi mente y se adueña de mis recuerdos, hilándolos a su imagen, a su carencia de forma y control, a su color translúcido. No sé muy bien qué es real y qué no. Y la mayoría de veces ni siquiera me importa.


Me olvido de quién soy y solo floto entre una niebla sin mundo, un mar de pensamientos vacíos, arrebatados e inservibles, sin tiempo ni espacio, ni sentidos. Dejo de existir, dejo de ser y abandono mi forma en pos de una entidad que ni siquiera comprendo. No quiere usar mi cuerpo ni mi mente, no quiere nada. No quiere. No siente. No existe. No es nada, y quiere convertirme en nada. 


Estoy en la ducha. El agua cae sobre mi cabeza, recorre mis hombros, mi espalda. La criatura ya no necesita el agua para entrar dentro de mí, pero aún así la siento en todos los rincones de mi piel, deslizándose por mis poros hacia mi interior. Su lamento resuena en mi interior con tanta fuerza que me abre la boca y me obliga a liberarlo. El eco de las cañerías se parece más al agua recorriendo su interior esta vez. ¿O acaso esta es la primera vez? No recuerdo muy bien si he estado antes en esta ducha. No se si mis recuerdos son reales o han sido creados por esa cosa que habita en mí. En las raíces que salen que atraviesan mi corazón y se nutren de mi sangre. No se si el agua está fría o caliente, no se de qué color son los azulejos que me rodean, ni si la ducha tiene mampara o cortina. Solo estoy yo, en el suelo de la ducha. No se si sigo en mi cuerpo o en el de otra persona. Huele a sangre y pis. Se que he llorado, que todo me duele. Pero hasta el dolor es mejor que no sentir nada.


Me arrastro hasta fuera de la ducha. Ni siquiera se por qué lo hago, como una marioneta que se ve abocada a actuar según los designios de unos hilos invisibles. Sé que hay gente fuera de la ducha. Me hablan, me tocan. Pero no los veo, ni los oigo, ni los siento. Son como fantasmas que habitan una dimensión distinta a la mía. Sombras de un mundo del que ya no formo parte. Todos salvo uno. Hay un cuerpo que reconozco con claridad. Y él también me reconoce a mí. Sé que le he odiado con todas mis fuerzas, que he deseado desde lo más profundo de mi ser su muerte, su destrucción y su inexistencia. Pero ya no siento nada de eso. En mi cabeza solo chocan débiles ecos de los sentimientos que una vez pude experimentar. Ya no hay sitio para ellos. Solo hay raíces.


Me mira y le miro. Me sujeta del pelo y me pone en pie. Mis piernas apenas me sostienen y mis ojos siguen sin ser capaces de verle. Pero mis manos si que funcionan. Se que he sujetado su cuello. Pero no se si lo estoy haciendo ahora o lo hice hace tiempo. Se que he dejado de odiarle, pero no recuerdo cuando. Porque ya no hay nada. Ya no veo a nadie. Ya no siento a nadie. Ya no me siento. Solo existe en el mundo un espejo, sucio y empañado. La puerta a un mundo sin forma y sin sentido. Un reflejo del mundo en el que una vez estuvo mi cuerpo. 


Hay agua cayendo y una forma que se tambalea frente al cristal. Una forma que me espera, paciente. Que lleva esperando desde que salí de la ducha. Si es que alguna vez lo hice.


Tengo fuerzas para algo más. Solo para algo más. Y ni siquiera lo pienso porque en mi cabeza ya no resuenan más que unas palabras que apenas comprendo, de una voz que jamás he escuchado; pero hago el mayor esfuerzo que he hecho nunca. Dirijo todas mis fuerzas, mis últimas ideas y pensamientos y llevo a cabo el acto más automático que puedo hacer: limpio el vapor que hay sobre el cristal.


Es solo un instante, la más mínima fracción de tiempo que se puede denominar como tal, la reducción mínima de toda idea de temporalidad se convierte para mí en una eternidad ante mis ojos, que me sujeta al mundo el tiempo para verlo. Para mirar lo que hay detrás del espejo, lo que hay detrás del deforme mundo de niebla en el que habito; para contemplar una última vez las formas que dan lugar a mi mundo de sombras. 


Y ahí, frente a mí, en el reflejo, veo por primera vez al verdadero fantasma.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Hambre

Dibujo

Cuando Razban era pequeño, allá por el año 1466, su madre le dejó una cosa bien clara: para sobrevivir en el mundo, tendría que hacerlo a costa de los demás. Al principio no lo entendía, pero la experiencia le ofreció múltiples oportunidades de comprobarlo. Y cuando, tras una turbulenta caída a una cueva, acabó convirtiéndose en un vampiro, las palabras de su madre se presentaron más reales que nunca.


El hambre que le recorrió el cuerpo desde aquel día le llevó a alimentarse sin remordimientos de todo aquel que se cruzaba en su camino. La sangre humana le proporcionaba un placer, una energía y una vitalidad como nada se lo había proporcionado en la vida.


Al principio no era tan fuerte, pero según pasaban los años el hambre se fue haciendo cada vez más intensa hasta el punto de volverse completamente insoportable. Necesitaba alimentarse cada poco tiempo y durante algunos años fue sencillo. Salir por las noches, cazar algún incauto, o varios si había suerte; y alimentarse de su sangre durante las siguientes semanas, o días. Lo cierto es que con el tiempo la sangre apenas le saciaba durante un día.


No le importaba mucho tener que matar. Hacía ya 400 años desde la muerte de su madre, pero recordaba bien sus enseñanzas. Necesitaba que otros murieran para seguir adelante, no había más remedio. No se trataba de un acto de odio o de sadismo, sino de supervivencia. Había aprendido a matar y devorar a toda clase de personas, en todo tipo de situaciones. Su posición en la alta aristocracia europea le facilitó en gran medida llevar a cabo una infinidad de asesinatos casi diarios, hasta que todo se vino abajo.


Razban nunca supo si todo había empezado antes de conocer a Ivantie, pero desde luego que ese joven lo cambió todo. Debió ser por el año 1982 cuando, creyéndose afortunado, Razban se lo encontró en un callejón oscuro a altas horas de la noche. Sabía que esa clase de personas era la que a menudo nadie echaba de menos.


Se transformó en un pequeño murciélago y voló cerca de una farola, hasta encontrar una sombra con la que fundirse y deslizarse tras ese hombre desarrapado que se recostaba casi inerte sobre la pared del callejon.


Ivantie apenas se dió cuenta de que la oscuridad se solidificaba a su alrededor, mostrando a un hombre alto y pálido, con unas orejas puntiagudas y un traje completamente negro. Apenas se dio cuenta de cómo aquel vampiro se arrrodilló junto a él y le olió el cuello despacio, apunto de chuparle el cuello para, finalmente, clavar sus dientes en él. Eso sí que lo notó. Respondió con un grito, casi tan fuerte como el de Razban. Aquella sangre no era normal, estaba contaminada con algo que quemó el interior de Razban, centímetro a centímetro.


— ¿Qué cojones? — gritó Ivantie, a duras penas.
— ¿Qué le, ¡ah!, qué le pasa a tu sangre? — el veneno le producía un dolor indescriptible, como nunca había sentido.
— ¿Eh? ¿De qué estás hablando? ¿Qué le pasa?
— ¡Quema! ¡Me quema por dentro!
— ¡Que te jodan! No haberme mordido, tronco…
— La… la necesito. Necesito sangre, por favor. ¡Por favor! ¡Quema!
— ¿Pero qué cojones te pasa tío? ¿Qué eres, un vampiro o algo así?


Razban no dio otra respuesta que un gruñido, enseñando los dientes.


— ¡Joder, sí que eres un vampiro, me cago en Dios!


El vampiro cayó al suelo, incapaz de moverse por el dolor de la sangre, casi patético. Y así, en el suelo, casi llorando, Ivantie pudo centrarse lo suficiente para sentir pena por él.


— Oh, no puede ser— se dijo a sí mismo— , no se por qué cojones estoy apunto de hacer esto.


Pero lo cierto es que sí que lo sabía. En esa mirada, dolorida y desesperada, Ivantie no solo veía a Razban, también se veía a sí mismo. Muchas veces el espejo le había devuelto esa mirada desquiciada ante la posibilidad de no encontrar un chute de heroína. Sabía lo que ese vampiro sentía y no podía negarse a ayudarle. Y lo cierto es que también le parecía muy guapo, no podía negarse a ayudarle. Así que lo cargó sobre su hombro y lo arrastró hasta un par de calles más abajo. Una vez allí, atravesaron una verja y se colaron en un edificio vacío.


— Aguanta un poco, tronco, te voy a echar una mano— le dijo mientras le apoyaba delicadamente en el suelo y entraba en una habitación contigua— . Me cuelo aquí para buscar algo con lo que chutarme cuando no tengo mi mierda, pero recuerdo haber visto que a veces guardan sangre para transfusiones por aquí, espera un minuto. ¡Sí! Justo aquí.


Ivantie volvió corriendo, con un par de bolsas para sangre que ofreció a un debilísimo Razban. El vampiro tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando consiguió oler la sangre, engulló ambas bolsas con tanta ansia que por momentos aparecían rasgos de murciélago en su rostro.


Sintió la sangre recorriendo su cuerpo, eliminando el veneno y llenándole de energía. El dolor desapareció en pocos segundos y en su lugar aparecieron las fuerzas necesarias para levantarse, de un vuelo y plantarse frente a Ivantie, que le miraba con una sonrisa nerviosa. Olía su sangre, olía deliciosa. Podría devorarle en un segundo y luego purgarse con esas bolsas de sangre, como siempre había hecho. Ese joven le había ayudado y no entendía por qué, aún resonaban, tras tantos años, las palabras de su madre en su cabeza.


Pero había algo en la mirada de ese hombre, algo que, sin entender cómo, le recordaba a él mismo, a cada día sin sangre; pero también a cada una de sus víctimas. Le había mostrado una nueva forma de alimentarse, una forma diferente de sobrevivir que ni siquiera se había planteado. Una forma de sobrevivir que lo cambiaba todo.


Y esa sonrisa nerviosa era tan bonita…

jueves, 25 de octubre de 2018

El armario de la calle Getaria


En algún piso de la calle Getaria, en San Sebastián, hay un edificio de cuatro plantas. En la primera planta hay un apartamento con tres habitaciones, y en una de ellas, escondido en un armario, habitaba un demonio. Y el día veinte de julio de este año yo compré ese apartamento.
No revelaré mi nombre, no deseo que se conozca mi identidad. Pero después de lo que he descubierto, creo que es de vital importancia compartir esta historia con quien sea que la lea. Si estás aquí leyendo esto, te imploro que te leas hasta el final. Es posible que mi vida dependa de ello. Claro que, para que lo entiendas, debo empezar desde el principio.
Tardé algún tiempo en darme cuenta. Soy una mujer adulta, no me sugestiono con facilidad. Por eso, cuando compré la casa atribuí el constante traqueteo de ese enorme armario de madera oscura a nada más que las vibraciones que con mis pasos producía en el suelo. Retumbaba y se tambaleaba cada vez que caminaba junto a él, era lo más lógico que podía imaginar. Pero me bastó con dudar una sola vez para darme cuenta de lo equivocada que estaba.
No sé qué pasó esa noche. Quizás había visto alguna película de terror, o puede que leyera algo en Internet. Estaba aterrorizada, y cuando volví a mi habitación el armario ya no parecía el mismo, era más grande y su madera más oscura, casi podía sentir como me acechaba, inmóvil desde la pared. Y, joder, desde luego su incesante golpeteo ya no me parecía en absoluto una inocente vibración, sino que me recordaba más al seco retumbar de los cascos de un caballo sobre la piedra.
No me sentía segura en esa habitación. Sabía que tenía que ser una tontería, pero no podía quitarme de la cabeza la idea de que un fantasma o un demonio hubiera poseído mi armario y estuviese tratando de escapar para hacer quién sabe qué con mi curpo. Así que me fui al salón para dormir tranquila. O para intentarlo.
El miedo me devoraba. Las sombras de mi casa se convertían a mi alrededor en un aquelarre de formas imposibles que amenazaban con deslizarse sobre mí en cuanto cerrase los ojos. La luz del detector de incendios teñía el pasillo de un azul onírico que se desbordaba hacia el resto de habitaciones y estaba completamente segura de que terminaría iluminando a alguna clase de criatura deseosa de alimentarse de mi alma.
Aún no se bien cómo, cerrando las puertas y los ojos, conseguí relajarme y, al cabo de las horas, dormirme, aunque no tardé mucho en despertar. Estaba helada de frío. Todas las ventanas y puertas de la casa estaban abiertas de par en par. No supe darle una explicación lógica, pero ante la luz del amanecer todo mi miedo se había convertido en una leve inseguridad que me empujaba a pensar que alguna explicación razonable debía haber. Al volver a mi habitación, el armario resultó ser del tamaño y color habituales y pude respirar con calma. Recuerdo perfectamente ese momento. La paz que sentí durante un instante. Lo recuerdo bien porque fue mi último instante de felicidad.
Empecé esa mañana a escuchar un levísimo pitido constante. No parecía provenir de ningún lugar concreto ni, en ocasiones, ser real. En ese momento no le di demasiada importancia porque resultó ser el menor de mis problemas. La luz del apartamento se fue varias veces durante el día y el coche no arrancaba. Llegué tarde al trabajo y, además, pasé una jornada horrible. Aun así, antes de que llegara la noche, seguía culpando a la falta de sueño de todos mis problemas.
Sin embargo, cuando regresé a mi casa, vi que todo volvía a estar abierto, ¿o se me había olvidado cerrarlo antes de salir? No estaba segura, pero cerré las puertas y las ventanas e intenté hacerme la cena. La quemé.
A esas horas el pitido ya no parecía tanto ese sonido agudo, sino un rumor como el de la lluvia, constante y lejano, pero lo suficientemente real como para volver a meterme el miedo en el cuerpo. Sin dudarlo, volví a dormir en el sofá, y cerré la puerta para evitar volverme loca pensando en lo que me acecharía desde el pasillo. Antes de volver a tumbarme, la puerta estaba abierta.
Noté perfectamente como se me erizaba el pelo de los brazos y un sudor frío brotaba de mi espalda mientras volvía a cerrar la puerta, despacio, y esta se abría a la misma velocidad.
Me quedé paralizada varios minutos. Eso no tenía sentido. Era una puerta. Estaría rota la bisagra. O algo así. La cerré una tercera vez y, para asegurarme de que no volvía abrirse, coloqué delante una silla, obstruyendo el picaporte. Eso pareció funcionar, al menos durante un rato.
No se cuándo me dormí, pero sí que sé que me desperté con un fuerte estruendo. Volvía a ser de día. La puerta estaba abierta y la silla tirada en el suelo. Esa vez, la luz del día no me resultó en absoluto tranquilizadora, sino que el color metálico del cielo solo me inspiró una fría sensación de desamparo y abandono.
Estaba alerta, en tensión constante. Algo me estaba pasando, pero no tenía nada claro el qué. Cuando me miré al espejo solo vi una imagen desoladora. En una noche parecía haber envejecido varios años, o haber sufrido una enfermedad grave. Mi pelo parecía más seco y mis ojos más hundidos. Debajo de ellos, unas enormes ojeras recorrían casi la totalidad de mi rostro.
A esas alturas el rumor se había mostrado definitivamente como un susurro que se intuía en la distancia, constante, indescifrable. No entendía frases ni palabras, pero no tenía ninguna duda de que eso era una voz, quizás varias. La mayoría de palabras fluían suavemente entre las paredes, provocándome un malestar constante, un nudo en el estómago, como si algo terrible estuviera a punto de pasar.
Me estaba volviendo loca, tenía que ser eso. La falta de sueño me estaba provocando alucinaciones de algún tipo que aún no entendía. Ni quería entenderlo. Solo quería irme de esa casa. Salir corriendo. Pero no lo hice. Tenía que descubrir algo para darle sentido a todo.
Busqué el número de teléfono del hombre que me había vendido la casa. La había conseguido tirada de precio, en pleno centro. ¿Acaso quien me la vendió ya sabía todo esto? ¿Acaso los anteriores inquilinos tuvieron que huir de su hogar tras descubrir que también era la residencia de algún espíritu maligno? Seguramente no. Y aún así necesitaba saber por qué. Sin embargo, nadie me cogió el teléfono por muchas veces que llamé.
Estuve a punto de rendirme. Necesitaba ayuda. Lo más probable era que se me estuviera yendo la cabeza. Pero aún había una última posibilidad. Recordaba algo de ese armario, de cuando llegué a la casa y estuve ordenando los muebles. Era una pequeña placa metálica en la parte trasera con algún tipo de información sobre el fabricante. Esa enorme mole de madera oscura fue el principio de todo, y en ella tenían que estar las respuestas.
Aún con cada rincón de mi cuerpo temblando, conseguí entrar en mi habitación y enfrentarme cara a cara con el armario, que aún se mantenía en su traqueteo impertérrito cada vez que me movía. Me agaché, con cuidado de no tocarlo en ningún momento, y me asomé a su parte posterior para encontrarme con esa placa niquelada que recordaba bien. Sobre ella había una inscripción que, pese a que me costó leerla, indicaba una dirección y un número de teléfono.
No tenía tiempo para estar intentando llamar. Fuera lo que fuera lo que viniera a por mí, avanzaba a pasos agigantados. Y la dirección indicaba que la carpintería se encontraba en la provincia, así que podía permitirme faltar al trabajo e ir.
Por la calle me sentía más segura, aunque no podía deshacerme de la extraña sensación de que alguien me observaba desde la esquina, y en varias ocasiones confundí ese murmullo de fondo, que cada vez era terriblemente más claro, con la voz de alguien que me hablaba por la calle.
Ese día si conseguí arrancar el coche, pero en todo momento sentía que había alguien en el asiento trasero. Cada vez que miraba por el espejo retrovisor esperaba encontrarme con la mirada de algún ser oscuro y demoníaco que me atacaría y me provocaría un accidente, pero lo cierto es que no pasó nada durante el viaje. Lo único que fui capaz de percibir fue ese susurro constante que invadía el coche, colándose por los conductos del aire acondicionado o las rendijas de las ventanillas.
Cuando llegué a mi destino estaba tan tensa que había clavado las uñas en el volante. A esas alturas, los susurros ya eran palabras claras y densas que se deslizaban entre los huecos de las baldosas del pavimento hasta mis pies, trepaban por mis piernas y se colaban por mi nariz y mis orejas, sin dejarme respirar ni oír.  Eran palabras sin sentido, sueltas, mezcladas, como si miles de voces hablaran a la vez sin parar a escucharse ni dejarse hablar.
Estaba mareada, creo que el joven que me atendió en el almacén se dio cuenta. Me preguntó si necesitaba sentarme o tomar agua. Creo. No era capaz de escucharle bien, ni de concentrarme, pero le dije que no. No tenía tiempo para eso. Fui directamente al grano. Le pregunté por el armario, grande y oscuro, con dos puertas. Difíciles de abrir, tenía un seguro extraño por dentro. El joven pareció reconocerlo al instante.
Me explicó que era uno de los últimos muebles que había fabricado su padre antes de morir. Le extrañó que lo hiciera tan grande y tenebroso, como si esperara que diera miedo. Al parecer nadie lo quería, estaba desesperado por venderlo y al final se lo colocó a un matrimonio casi a precio de coste. Ni siquiera ese joven entendía que era lo que esperaba su padre fabricando esa monstruosidad.
Le dije que, por alguna razón, el armario se tambaleaba cada vez que pasaba cerca de él y que estaba dispuesta a pagarle si venía a arreglarlo. Obviamente no le dije la verdad, no quería que me tomase por loca, cosa que seguramente no fuera demasiado falsa. Me dijo que si. Sentí tanta satisfacción que, por un momento, me dió la sensación de que las voces se acallaban.
Ese momento duró hasta que me volví a subir en el coche. Escuchaba las voces cada vez más cerca, más altas y claras. Las notaba en la parte de atrás del coche. Se dirigían claramente a mi, todas a la vez, pisandose unas a las otras, desesperadas. En esa ocasión no me atreví a mirar por el retrovisor. Estaba segura de que si lo hacía sí que encontraría a alguien esta vez.
No quería irme a mi casa. Allí todo parecía ser peor, como si fuera el origen y el núcleo de todo el mal. Al menos fuera no se movían las cosas, ni estaba ese armario. Aún era temprano, pero paré cerca de un bar de la zona y entré. No tengo ni idea de lo que fuera que pasó allí.
Tras atravesar la puerta del bar, no me encontraba sino en mi propio portal. Era de noche y no podía recordar qué había estado haciendo en ese tiempo. Me miré las manos, llenas de magulladuras, al igual que los brazos. Tenía sangre y no tenía ni idea de por qué. La luz amarilla del portal se desdibujaba y daba lugar a manchas sin forma que se apoderaban del entorno y me impedían mirar a mi alrededor. Todo era borroso y confuso. Dudaba incluso de que fuera realmente mi portal. Solo había una cosa capaz de guiarme y anclarme al mundo que me rodeaba: las voces.
Sonaban más altas que nunca. Casi me gritaban, furiosas, cansadas de que no las escuchara. Todas a la vez formaban un ruido terrible que también me aturdía los oídos. Pero podía sentir perfectamente de dónde venían. A dónde me llevaban. Podría decir que caminé, pero apenas me sentí flotar a través de esa nube de luz hasta la puerta de mi casa que, al contrario que el resto del universo, podía ver nítida y claramente.
Todas y cada una de las voces estaban allí dentro. Las escuchaba, sí, pero también las sentía en mi piel y en mi estómago. Como si cada parte de mi cuerpo luchara desesperadamente por escapar de allí lo más lejos posible y no volver nunca., aun sabiendo que no serviría de nada, que lo que fuera que me estuviera pasando me seguiría allá a donde fuera.
Y aún así no podía irme. No tenía a donde ir. Ni siquiera sabía si existía un a donde o si el resto del mundo también sería apenas una mancha intangible a mi alrededor. Así que, aunque apenas podía respirar, el corazón me dolía en el pecho y me temblaban las piernas, saqué mis llaves y abrí la puerta de mi casa. En ese mismo instante, como si alguien hubiera pulsado un interruptor, toda la luz fue engullida por una oscuridad densa y pesada que salía de mi casa, acompañada de todas las voces.
Estaba aterrorizada como nunca en mi vida. Sentía cada paso que daba como si un camión colgara de cada uno de mis pies, mientras con las manos trataba tímidamente de buscar algo en la terrible oscuridad que me rodeaba.
No me hizo falta encontrar nada, la luz de mi casa se encendió sola. Y se volvió a apagar y a encender, sin parar, cada pocos segundos. Los suficientes para percatarme de que mi casa estaba repleta de cuerpos inmóviles que realizaban de forma automática alguna acción inverosímil. Unos encendían y apagaban las luces, otros abrían y cerraban los grifos. Ponían la tele, abrían las puertas y las ventanas. No tenían boca, pero las voces salían de ellos. No tenían orejas pero parecían poder escucharme. Y no tenían ojos, y aún así clavaban en mí la mirada de sus cuencas vacías.
No se movían, no parecían querer hacerme daño. Y aunque seguía sin poder respirar, me armé de valor para caminar entre ellos y enfrentarme, de una vez por todas, a la criatura que me había estado manipulando, trastocando mi existencia. Era la hora de abrir el armario.
Cada uno de los cuerpos caminó tras de mí cuando se percataron de que me dirigía, despacio, hasta mi habitación. Me seguían a mi ritmo, con pasos cortos y lentos. Si yo paraba, ellos paraban, aunque en ningún momento guardaron silencio. Sus voces me seguían, con todo tipo de advertencias, deseos o miedos, completamente ajenos a mí, pero que se clavaban en mis pensamientos, como si hubieran estado ahí toda la vida.
El armario seguía igual de enorme y oscuro que siempre, al igual que su eterna vibración. Nada parecía haber cambiado en él. Pero yo estaba segura de que ese era el principio y el fin de todos mis problemas. No sabía qué era lo que me iba a encontrar, pero tenía claro que lo iba a cambiar todo.
Demasiadas voces. Demasiados estímulos. Las luces encendiéndose y apagándose. Apenas podía sentir nada ya, salvo miedo. Muchísimo miedo. Y aún así, sin pensarlo mucho, abrí el armario de un tirón para no encontrar allí nada en absoluto.
Nada. Ni monstruos, ni fantasmas, ni nada. Solo estaban mis camisetas y vestidos, colgados de perchas. Y nada más. Estaba desesperada. Busqué entre la ropa y los cajones, pero tampoco había nada. No podía ser. No tenía sentido. Sentí que me faltaba el aire. No tenía sentido, joder. Esa tenía que haber sido la solución, la catarsis de todos mis problemas, para bien o para mal. Y ahí no había nada. Empecé a agobiarme. Casi sin ver los cuerpos, corrí al baño a por agua y me la eché en la cara.
La mirada que me devolvió el espejo fue definitiva. Apenas me reconocía yo misma. Estaba demacrada y deshecha. Tenía heridas, los pómulos marcados, estaba pálida, el pelo se me caía en mechones y gran parte de mi cara eran unas enormes ojeras. Hasta mis ojos parecían más oscuros y apagados. No sabía quién era la mujer de ese espejo. Pero no tenía duda de que era yo. Y eso fue demasiado para mí.
Lo siguiente que recuerdo es el timbre de mi casa, despertándome. Estaba en mi cama, no sé cómo había llegado ahí. Me dolía la boca y sentía un dolor intenso en las heridas, pero los cuerpos de mi casa parecían haber desaparecido. Las voces, sin embargo, seguían ahí, con sus respiraciones, sus reflejos…
Me levanté casi de un saltó cuando recordé que quien llamaba seguramente fuera el carpintero, y fue corriendo como a la puerta. Era él, aunque no puso muy buena cara cuando me vio. Supuse que estaría aún más demacrada, pero no tenía tiempo de pensar en ello. Ni siquiera le ofrecí un café, ni nada, y le llevé directamente a mi habitación, donde le demostré cómo bastaba con caminar cerca del armario para que este empezara a tambalearse.
Había llegado un punto en el que ese mero traqueteo ya me ponía los pelos de punta, pero a ese joven no parecía provocarle otro sentimiento que el de la curiosidad. No parecía escuchar ni sentir nada. No parecía en absoluto incómodo, salvo, quizás, por mi presencia. Y, sin dudarlo, se agachó junto al armario y abrió su caja de herramientas. ¿Cómo podía no notar nada? La oscuridad, el mal, la muerte…
Nada de eso. Aunque yo me puse muy nerviosa cuando reptó bajo el armario, él lo hizo con la naturalidad con la que debía hacerlo todos los días. El armario no paró de trastabillar en ningún momento, pero ni le devoró, ni le aplastó. Solo esperó con terrible paciencia hasta que el hombre salió, aún más extrañado que antes.
Por un momento tuve esperanza. Con ese gesto tenía que haber descubierto algo extraño e inusual. Como una semilla infernal enquistada en la madera o una criatura de oscuridad oculta en su sombra. Pero no era nada de eso. Y para mí fue mucho peor.
Con una ridícula tranquilidad me explicó que había encontrado un extraño mecanismo en una de las patas del armario. Se trataba de un artefacto electrónico con un sensor que detectaba las vibraciones del ambiente y las replicaba, haciendo vibrar el armario.
Supongo que, ante mi expresión de incredulidad, ese chico se vio en la obligación de explicarse mejor. Me dijo muchas cosas, pero yo no entendía nada. Algo sobre que su padre había perdido la cabeza antes de morir, que escuchaba voces, como las que me estaban impidiendo atenderle. De pronto las escuchaba mucho más alto, como si tratasen de impedir que escuchara lo que decía el carpintero.
Creo que se ofreció a arreglarlo, o algo así. No lo se. Notaba mi pulso acelerarse y un calor intenso se apoderaba de mí. ¿Qué era lo que estaba intentado decir? ¿Que me estaba volviendo tan loca como su padre? ¿Que todo lo que me sucedía se debía aun ridículo mecanismo escondido bajo la pata de un puto armario? Ni de coña.
En ese momento sentía que cada palabra que pronunciaba ese chico, al que apenas podía entender, me enfurecía más y más. Ese armario estaba maldito. No tenía ninguna duda. ¿Por qué él no lo veía?
Caminaba de un lado a otro, nerviosa. Creo que estaba asustando a ese chico, que trató de irse. Se lo impedí. Le ordené que lo arreglara. Quizás demasiado alto. En ese momento le odiaba con todo mi ser. Quería hacerle daño. Aunque ni siquiera sabía si esos sentimientos eran realmente míos, o de esas voces que se colaban con violencia en mis oídos, sin dejarme escuchar nada; pero también en mis ojos, en mis ojos, en mi boca, en mi cerebro.
No sé qué pasó después. Estaba mareada. Me caí al suelo y, al igual que en la noche anterior, el espacio pareció deformarse en mi camino.  Estaba recostada sobre la puerta, exhausta y aún más dolorida. Apenas me podía mover. Un rastro de sangre recorría toda la casa hasta llegar a mí. Unos metros a mi derecha, un cuchillo. ¿Todo esto me lo había hecho yo misma? Un  jadeo procedente de la habitación me hizo cambiar de opinión.
No pude saber si se trataba de las voces hasta que conseguí llegar arrastrándome a la habitación. La verdad era mucho peor. Allí, en el suelo, yacía el apenas reconocible cuerpo del carpintero. Estaba deformado y lleno de cortes. Completamente cubierto de sangre. Podía escuchar una chirriante respiración acompañando sus movimientos agónicos. Y a su alrededor, decenas de cuerpos inmóviles que ignoraban impasibles la escena. Todos menos uno, el de un anciano enjuto que observaba de cerca el cuerpo de ese chico. No se movió ni un milímetro a mi llegada.
Casi me da un vuelco al corazón cuando la mano de ese chico me sujetó el hombro y clavó sus ojos, sumergidos en sangre, en los mios. Ni siquiera parecía entender lo que estaba sucediendo. Ni siquiera yo lo entendía. No sabía cuándo había empezado a llorar pero fui consciente en ese momento. Yo había hecho eso. O alguien me había hecho hacerlo. Destrozar a un hombre joven, quizás con familia. ¿Cuántos años tendría? ¿Veinticuatro? Ya no importaba. Apenas era un trozo de carne que esperaba la muerte sumido en una terrible agonía.
Estaba claro que no era un accidente que siguiera vivo. Fuera lo que fuera, la criatura que había hecho esto quería que yo terminara el trabajo. Consciente, sin artimañas. Quería hacerme matar. Quería que lo sintiera. Y no podía negarme.
Pensé en llamar a la policía. Pero no quería terminar en la cárcel. Y el futuro de ese carpintero no iba a cambiar. Yo le había puesto en esa circunstancia y yo debía acabar con ella. Me lo estaba pidiendo con esa mirada. Era una última súplica de auxilio. Y tampoco podía negársela a él.
Caminé de nuevo hasta el salón. No dejé de llorar ni un instante. Y aún así me sorprendí a mi misma por la sangre fría que estaba siendo capaz de demostrar. Cogí el cuchillo y volví como pude hasta la habitación. Me arrodillé frente al cuerpo del chico, sin saber lo que iba a hacer. Incluso esperé algunos segundos, por si acaso dejaba de respirar por él mismo. No quería hacerlo. Tenía miedo. Me temblaba el pulso. Y aún así, cerrando los ojos, bajé el cuchillo y se lo clavé en la nuca al carpintero. Inmediatamente después me tiré al suelo a vomitar.
Noté a mi lado como aquel chico aún tardaba algunos segundos en terminar de agonizar, pero ya me daba igual. Solo vomitaba y lloraba. Estaba destrozada. Mi vida se había acabado para siempre. No podía terminar con esto. No sabía en qué me había convertido. Y todo era culpa de ese armario.
Sin dejar de llorar, me levanté, furiosa, y le clavé el cuchillo varias veces a la madera, que ni siquiera se inmutó. Ni siquiera ese temblor. Ese infinito traqueteo que me había atormentado sin descanso los últimos días. Ni siquiera eso me iba a dar, la esperanza de que, después de todo, realmente una criatura mística estuviera moviendo los hilos de mi vida. Necesitaba que temblara, solo una vez más, para confirmarme que no se trataba de ningún absurdo mecanismo lo que había cambiado mi vida hasta lo más profundo de mi ser. Para confirmarme que yo no era una asesina.

No pasó nada en absoluto. Pese a mis gritos y mis golpes, ese enorme armario negro no se movió ni siquiera durante un instante. Y sin embargo, ahí seguía las voces, todas ellas hablándome a la vez. Estaba cabreada. Tiré el armario al suelo de un empujón y lo golpeé hasta desmontar sus paredes. Sentí como se me rompían los nudillos golpeando la madera, pero me daba igual. Quería destrozarlo, acabar con él. Aún sabiendo que nada de lo que me sucedía tenía que ver realmente con él.
Y entonces lo vi. Había un cuerpo más en la habitación. No tenía rostro como los demás, pero podía reconocerlo perfectamente. Era el joven carpintero. Ahí de pie, mirándome, impasible. Acababa de matarle. Su cadáver seguía en el suelo. Pero su cuerpo estaba allí, de pie, mirándome, como todos los demás. ¿Acaso era eso lo que pasaba? Algo se estaba apoderando de mí para engrosar su harén de cuerpos y voces exánimes con algún fin que no soy capaz de comprender. Pero no se lo iba a permitir. No. Ni una vez más. Cogí otra vez el cuchillo y me fui al baño. Iba a ser duro, pero mucho menos que lo que ya había hecho. A cada paso que daba, las voces volvían a sonar más altas y los cuerpos me seguían.
No dudé y me apoyé el cuchillo en el cuello. No iba a pensar en la posibilidad de sobrevivir, ni se me pasaba por la cabeza la ide de que mi vida iba a ser esa, prefería morir. Pero las voces gritaban cada vez más. Otra vez empezó a pasar. Los cuerpos me tocaban y atravesaban mi piel. No tenía tiempo. Tenía que hacerlo antes de perder el control. No lo logré.
Un instante después sentí un golpe fuertísimo. Me desperté sin respiración, tendida en la carretera. Alguien me había atropellado. Una mujer, algo más mayor que yo. Estaba blanca, casi descompuesta. Le faltaba un ojo. Y aún así la reconocí al instante. Era la mujer que me vendió la casa. Ella también pareció reconocerme a mí. Y, sin dudarlo ni un momento, me subió a su coche.
No paraba de pedirme perdón. Demasiadas veces. Muchas más de las que esperaría de alguien que solo me hubiera atropellado, ¿por qué cojones no estaba llamando a una ambulancia? ¿A dónde me llevaba?. Quizás fui algo ruda cuando le pedí que me contara lo que pasaba, pero necesitaba respuestas. Cuanto antes.
Aún tardó un rato en dejar de disculparse. Estaba asustada. Pero no tanto como yo. Creo que eso fue lo que le hizo empezar a hablar. Y lo primero que me preguntó fue que si había notado algo raro con el armario. Tuve ganas de golpearla, pero solo me eché a llorar otra vez. Entendió eso como un sí. Me preguntó que si había escuchado voces o había visto cosas. Claro que sí. Me preguntó si había perdido la memoria o si tenía lagunas. Y me preguntó si había matado a alguien.
Le pedí por favor que dejara de hacerme preguntas y que me dijera qué coño estaba pasando. Tras unos segundos de duda, empezó a hablar. Y habló justo de lo que necesitaba oír. Me habló de un demonio, llamado Labasú. Me explicó que un medium le había hablado de él. Era un ladrón de almas, un coleccionista sin demasiado poder que se valía de los humanos para incrementar su colección. Aún no se por qué, pero me creí esa historia.
Era un demonio débil que se basaba en el engaño para apoderarse del cuerpo de los humanos. Solo necesitaba una cosa: duda. Bastava con un momento de duda, con que alguien creyese durante un instante en su existencia para apoderarse de su vida. Y solo había una forma de librarse de él.
Me explicó que ese demonio debió llegar de alguna manera a poseer a un anciano carpintero que, en busca de recuperar su vida, fabricó un enorme armario de manera oscura y lo vendió a precio de ganga. Una apuesta arriesgada que no aseguraba nada, pero él no sabía hacer otra cosa. Y aún así logró su objetivo. Hubo una persona, durante un instante, se asustó del recurrente temblor del armario y eso bastó para que la poseyera.  Y cuando Labasú se apoderó de esa persona, el anciano por fin pudo tener paz. Tardé unos segundos en darme cuenta de que esa persona no era yo, sino ella. Y tardé algunos más en entender lo que significaba todo lo que esa mujer me estaba contando.
Cuando aparcó el coche y salimos, me explicó que había empezado como yo. Voces, susurros, cuerpos. Hasta había perdido un ojo en una de esas lagunas. Por suerte ella vivía con su marido, que tardó un tiempo en creerla. Aunque realmente nunca hizo falta. Bastó con que dudara una vez y ella se libró de la maldición. Inmediatamente después trataron de vender la casa. Empecé a encontrarme mal.
Las voces me habían dado una tregua, pero según subíamos unas escaleras, volví a sentirlas cerca, adueñándose de mis pensamientos, pero dejándome escuchar.
Al parecer habían tardado en vender la casa más tiempo del que deberían. Cuando entré en la casa entendí por qué. Allí estaba ese hombre, me acordaba bien de él. Estaba sentado en una silla de ruedas, con la mirada perdida. Se había resistido demasiado al demonio. Y aún así se levantaba de la silla cuando las voces le poseían. Por suerte, llegué yo.
Por suerte. Esa mujer usó exactamente esas palabras. ¿Por suerte para quién? ¿Para mí? ¿Para el carpintero? No, desde luego que no. ¿Para ellos, quizás? Tampoco estoy tan segura. Si fuera así no me hubiera llevado a su casa. No hubiera permitido estar encerrados con la mujer a la que habían jodido la vida. No, más bien creo que esa mujer había decidido contármelo todo como algún tipo de penitencia, como un castigo a sí misma y a su marido. Un castigo que merecían. Y les dí.
No he perdido la memoria esta vez. Creo que las voces pueden haberse apoderado de mí por completo. Durante un rato al menos, el suficiente para matarles. Ahora ya no estoy enfadada pero tampoco arrepentida.
Supongo, llegados a este punto, que ya entenderás por qué escribo esta carta. He cogido el ordenador de esta casa porque no tengo tiempo que perder. Subiré este texto a Internet y espero que te llegue antes de que sea tarde para mi. Sabrás si lo ha sido, supongo. Si cuando empieces a ver los cuerpos, te topas con el de una mujer alta, con el pelo corto; sabrás que ha sido demasiado tarde. Es probable que eso es lo que pase, pero aún así tengo que intentar, y lo siento.
Lo siento mucho, muchísimo. Siento todo esto, todo lo que te va a pasar ahora. Será rápido y terrible, pero no tengo otra opción. Se que no es compensación suficiente, pero espero haberte dado las herramientas suficientes para librarte de él.
Se que esto que cuento es una historia increíble y sin sentido. Se que seguramente sea un entretenimiento más, una historia de terror más en internet,  de la que te olvides en poco tiempo. No tienes por qué creerla, ni siquiera tienes por qué creer que yo sea más que un personaje. Solo necesito que dudes. Un solo instante de duda. Por favor.