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martes, 6 de octubre de 2020

El Asesino de la Azada

     Las víctimas que el Asesino de la Azada dejaba a su paso siempre eran fáciles de identificar: todas sus lesiones, amputaciones y mutilaciones estaban causadas por una misma azada labriega sin apenas afilar. La Guardia Civil había descubierto muchas cosas sobre él a través de los cuerpos descuartizados que dejaba a su paso. Sabían que tenía que ser un hombre fuerte, para clavar con esa decisión la azada; y de unos ciento ochenta y cinco centímetros de altura, según el ángulo con que los cortes penetraban en las víctimas. Sabían que era de origen rural por los conocimientos que había demostrado tener sobre la maquinaria agrícola que utilizaba de imaginativas formas a la hora de perpetrar sus matanzas, y probablemente de Castilla la Mancha, a lo largo y ancho de la cual se distribuían todos los cadáveres que habían sido encontrados.

lunes, 22 de abril de 2019

Malos relatos

Palabra: responsabilidad

Este es, sin duda, el relato que más se me ha atascado de todos, hasta el punto que al final he tirado de una técnica creativa cutre que me enseñaron en un cursillo de la biblioteca. Este desastre se lo dedico a @AllNewXSase.

Hola, soy Dani, el autor. Se supone que tengo que escribir un relato basándome en la palabra responsabilidad. Llevo dos semanas intentándolo. Para dos caras de una hoja. Y nada. ES la palabra menos inspiradora a la que me he enfrentado jamás. O puede que, tras la frenética creatividad a la que me he obligado a abocarme en las últimas semanas, se me haya agotado la fuente de la ficción y ya no sea capaz de escribir nada más hasta que pase unos días recargando mis baterías cognitivas al Sol.

jueves, 4 de abril de 2019

Diario de la agente Winston (Prueba número 42-C)

Palabra: detrodoxina

Una persona a la que no conozco de nada (@pitrisslibre) me propuso una palabra completamente inventada y la verdad es que me ha costado un poco sacar una historia, pero al final he sacado algo decente. Te lo dedico a ti, desconocido.

¡Por cierto! Esta historia comparte universo con esta otra

Diario de la agente Winston. 23 de Octubre de 2123.
Ante la perspectiva en la que me ha puesto lo que he visto hasta ahora, he llegado a la conclusión que lo mejor será llevar un diario que me permita registrar todos mis pensamientos relacionados con el caso con me ocupa.

Por llevar un orden, me parece relevante explicar lo sucedido hasta el momento. En la ciudad de Nueva Gópolis están a la orden del día los villanos maníacos con trajes llamativos y con planes ridículos para atracar un banco, secuestrar al alcalde o hacer explotar la Luna. Pero esto es completamente distinto. Todos esos personajes en mallas, tanto villanos como héroes, no son más que ególatras que requieren atención, emocional y sanitaria. Pero esto es muy distinto. Este asesino es diferente.

jueves, 21 de marzo de 2019

Una afrenta imperdonable

Palabra: nefelibata

Le dedico este relato a la inigualable ANITA CAPRESSE (@caprifoi), pese a que me dio una palabra rara solo para liármela.


Estaba harta. Marisa no aguantaba más. Después de tantos años de tensión y discusiones con su vecina Lola, no había tenido por menos que estallar cuando, al final, habían empezado las descalificaciones.


Se había ido a su casa corriendo, dando un fuerte un portazo que casi hizo que su marido se cayera del sillón. Tenía los puños y la mandíbula apretados, y le dio un golpe a la puerta con el talón. No podía creer que le hubiera dicho algo así.


Y bien, ¿qué terrible ofensa había profesado Lola hacia su persona para causar tal ira en la pobre y cansada Marisa?, supongo que os preguntaréis. Pero ese era precisamente el principal problema, que Marisa no se acordaba.


Cuando le había confesado a su marido que Lola la había llamado nifilabuta o nafiriflauta, el confuso hombre no había tenido por menos que responderle que estaba casi seguro de que esas palabras no existían. De hecho, al buscarlos en el diccionario, Marisa pudo observar con estupor que, efectivamente, no estaban recogidas en ninguna página.


Eso fue la gota que colmó el vaso. Lola no solo la había llamado nafirapotas o nisiriloide, sino que , además, la había tomado por tonta. ¿Acaso se creía esa mujer que por usar palabras complicadas de señorito terrateniente era más lista que ella? Marisa estaba casi segura de que sí. Y no iba a permitirlo. No iba a dejar que la llamara naomiguats o silifante y que luego pudiera irse de rositas tan fácilmente. Tenía que enseñarle quién mandaba en esa comunidad de vecinos.


Sabía que tenía eso de su nieto en el armario. Se lo había comprado por su cumpleaños hacía ya tres años, pero nunca lo había usado, así que esperaba que no le importara que lo cogiera ella. Tardó un buen rato en encontrarlo, no recordaba dónde lo habían guardado, y tampoco podía preguntarle a su marido porque no sabía pronunciar bien bate de béisbol.


Lo había visto en las películas, ese artefacto resultaba muy útil para dar un par de lecciones. Aunque no bastaba tan solo con la violencia, tenía que mandar un mensaje, así que Marisa cogió también un rotulador indeleble y escribió en la madera del bate las palabras porposantro y batrisnocia.


Su marido estaba viendo la tele, así que le dijo que se iba a comprar el pan y salió de su casa sin poder quitarse de la cabeza la palabra binbiznaga o garmasaco. También se acordaba de todas esas goteras que había tenido que arreglar. O de furibrarte,o trampisnato. De aquella vez que le prestó la batidora y no se la devolvió. O de mostrachone, o cabanaute. De cuando regañó a su nieto por correr por las escaleras. O de zapatana, o chispiesa.


Llamó al timbre en cuanto alcanzó el piso, sin mayor meditación. Tras la puerta, apareció la ridícula y sonriente cara de Lola, con su clásica felicidad fingida. Ella sí que era una navaluenga o milaberia.


Sin mediar palabra, Marisa le estampó el bate en la cara, partiéndole la nariz y varios dientes. La mujer apenas alcanzó a gritar cuando Marisa le propinó un segundo golpe.


— ¿Por qué? — alcanzó a decir Lola, indefensa, tras el golpe
— Lo sabes bien, arpía, ¿o te crees que iba a dejar que me llamaras numbata o lipliriloca? ¿Que no iba a hacer nada al respecto?
— ¿Qué? Pero Marisa, querida, estas muy equivocada, yo solo te dije que eres muy nefelibata…

— ¡Otra vez! ¡No me lo puedo creer! ¡No pienso aguantar esto más! ¡Tú sí que eres una maldita nefelibata! — gritó Marisa antes de asestarle un último golpe.

lunes, 15 de octubre de 2018

El plan de doña Concha

Doña Concha había encontrado en las bodas dos partes bien diferenciadas: la del arroz y la de la espada. La de las semillas que se plantan con la esperanza que hayan crecido tras el paso del tiempo. Los discursos, la solemnidad y los llantos. Y la del corte con lo anterior, como si todo el mundo fuera una tarta de cinco pisos. Doña Concha no terminaba de comprender por qué esa era la parte de las risas, el alcohol y la celebración, mucho menos en la boda de su hija.

Siempre había sido una mujer amable, cariñosa y cercana. Todo el que la conocía estaba de acuerdo. Ya solo su aspecto físico hacía que la gente se sintiera cómoda con ella. Era una mujer bajita, pero con el cuerpo ancho, de las de rulos, bata y pantuflas; con una sonrisa perenne en su rostro, hasta para las personas que más detestaba, como era el caso de David, el novio de su hija.

Sabía que no era bueno para ella desde que lo conoció. No sabía por qué, pero no se fiaba de él. Quizás fuera algo en su rostro o en su impecable forma de vestir, no lo sabía. Pero supuso que su hija se daría cuenta y acabaría haciendo lo más lógico: abandonarlo y quedarse con ella. Pero no fue así, aún con sus múltiples intentos de sabotear esa relación. Así que a la pobre doña Concha solo le quedaba una posibilidad: asesinar a ese imbécil insustancial.

De esta manera, mientras fingía rezar en uno de los bancos de una pequeña capilla donde se estaba casando su hija, repasaba los distintos pasos que había meditado para llevar a cabo el asesinato. Era su última oportunidad, al día siguiente irían al juzgado a registrarse como matrimonio. Y claro, no iba a matar al marido de su hija. Menudo lío de papeleo para su pequeña.

Su plan había comenzado varios días atrás, pero su ejecución definitiva empezaría justo en ese momento, en la parte del arroz. Había cocinado lo que denominó “torta de matrimonio”. Se había inventado una historia para su hija en la que explicaba que la parte de tirar el arroz a los novios antiguamente consistía en entregarles una torta de arroz que debían compartir, y había anunciado con gran efusividad la preparación de la misma. Lo que no le había contado a nadie era que una mitad estaba edulcorada con un ingrediente especial, que, tras algunas horas, provocaría en el petimetre de David un profundísimo dolor estomacal que le impediría mantenerse alejado a más de un par de metros de cualquier baño.

Estaba tan impaciente por ejecutar su plan que sentía que le temblaban las piernas de la emoción. Cuando el cura terminó su discurso e hicieron todo lo de los anillos y los besos, la mujer pudo notar que su corazón estaba a punto de estallar. Y cuando consiguió que el majadero de David se comiera su mitad de la torta de arroz casi se echa a reír delante de todos. Tuvo que contenerse. Era esencial para la siguiente fase de su plan. En la parte de la espada. Si no había calculado mal el tiempo, su ingrediente secreto haría efecto algo después de la cena.

Se mostró cariñosa e incluso fingió que lloraba un poco cuando vio a su hija de la mano del que ya no sería su futuro esposo. Se hizo fotos con todos e interpretó su papel de suegra sarcástica pero cariñosa y se sentó junto a su hija en la mesa del banquete. También se levantó cuando alguien exclamó “¡que vivan las madres!” y aplaudió, esta vez sin ningún fingimiento, cuando trajeron la tarta y la espada con la que debía ser cortada.

Los novios cortaron la tarta entre los dos, como es tradición, con torpeza y risas. Después repartieron parte de la tarta por toda la mesa y dejaron cerca el resto, junto con la espada. Doña Concha se sentía pletórica, todo estaba saliendo según lo planeado. Casi se le saltan las lágrimas cuando el inmundo David comentó disimuladamente a su hija que se iba al baño.

No le siguió inmediatamente, dejó pasar algunos minutos que se le hicieron eternos. Estaba impaciente por clavar la espada en el pecho de ese inútil. Así que, quizás un poco antes de lo planeado, se levantó ella también de la mesa, bromeando sobre la incontinencia a las personas que tenía alrededor.

Con una pasmosa naturalidad, cogió la espada de la repisa en la que se encontraba y la guardó en un hueco de su faja que había cosido especialmente para ese momento. Caminó todo lo despacio que pudo hasta el baño y, cuando se aseguró de que nadie miraba, se coló en el de hombres. Una vez dentro, fue abriendo todas las puertas hasta que una no se abrió.

"¡Ocupado!" dijo la patética voz de David que, como única respuesta recibió un golpe tremendo en la puerta que hizo estallar el pestillo. Doña Concha era algo mayor, pero estaba en forma y había practicado.

Sin dudarlo ni un instante, trató de ensartar la espalda en ese ridículo hombre de pantalones bajados, cuyo rostro mostraba un total y absoluto desconcierto. Sin embargo, el corazón de doña Concha se desplomó cuando la espada, en vez de atravesar el pecho del majadero David, solo le propinó un golpe. No estaba afilada. El despreciable joven trató de escapar, pero doña Concha no pensaba permitirlo. Había otras formas de utilizar esa herramienta.

Aún arriesgándose a perder a perder valor poético, le golpeó varias veces en la cabeza hasta que se quedó inmóvil en el suelo. Fue un asesinato mucho más escandaloso de lo esperado, que atrajo a varias personas hasta el baño. Aún así, doña Concha trató de deleitarse con la imagen de ese patético cadáver con los pantalones bajados, pero por alguna razón no le resultó en absoluto satisfactorio. Al contrario, mientras la sangre brotaba de la cabeza del que ya nunca sería su yerno, solo pudo sentir una profunda congoja y un nudo en el estómago.