lunes, 25 de marzo de 2019

La verdad

Palabra: dabuten

Le dedico este relato, con mi infinita admiración por la palabra que me propuso, a @mikulo23, una persona con un nombre tan bello como las palabras que va proponiendo, al parecer, por ahí.

Una vez, cuando viajé al siglo XXXII conocí a una mujer madura, de unos 176 años, que me resultó francamente fascinante. Su nombre era Laura Cruz y era arqueóloga. Por supuesto, con tal de no interferir en su trabajo, no se me ocurrió confesarle mi condición de viajero en el tiempo. Sin embargo, me mostré alegremente dispuesto a escuchar la historia que tenía que contarme.


El oficio de la arqueología en el futuro apenas se parece a lo que conocemos en nuestros días. Desde que los humanos tuvieron que huir de la Tierra por un inminente cataclismo ecológico, la búsqueda de resquicios del pasado cambió radicalmente, por supuesto. Las incursiones a la Tierra requieren de casi un centenar de permisos y los costes de investigación son francamente inasumibles por casi ningún planeta-estado. Y aún así, Laura y su equipo consiguieron la financiación necesaria para la incursión.


¿Y cómo lo hizo? Pues con la promesa, bastante parcial, de encontrar un tesoro tal como nadie jamás hubiera imaginado. Llevaba años investigando el siglo XX, concretamente los documentos que se preservaron de lo que ahora conocemos como España, y encontró, en los correspondientes al tramo final del siglo, un hueco irresoluble que se presentaba ante ella como un acertijo incomprensible. Una palabra imposible que bien podía ser parte de un ritual ancestral, o indicar la adoración a una terrible deidad. Y entre esas posibilidades se encontraba la que vendió como más posible: la existencia de riquezas o poder ilimitados tras esa sencilla palabra. Me explicó que la pronunciación de esa palabra debía de pronunciarse /da-bu-ten/.


Tuve que contener mi absoluta extrañeza ante tal situación. Aquella mujer, mucho más anciana y sabia de lo que yo podré ser jamás, me había puesto en una extrañísima encrucijada en la que yo sabía que la investigación de toda su vida se basaba en una ridiculez sin sentido. En un error de traducción. Tenía que hacerle saber, de alguna manera, que el objetivo de la mayor investigación arqueológica financiada jamás era casi una broma pesada. Y no sabía cómo hacerlo.


Mientras mis dudas me consumían, ella prosiguió con su historia. El  por el espacio viaje fue tenso y emocionante, y la estancia en el planeta bastante poco apacible. El aire de la Tierra se volverá completamente irrespirable en el futuro, así que en todo momento será necesario llevar máscaras de autorrespiración para poder sobrevivir en su suelo. Y aún, así, cuando Laura me lo contaba, había un brillo en sus ojos como en pocos he visto.


La búsqueda fue larga, pero finalmente les llevó a lo que Laura identificó como una gran biblioteca audiovisual con simbolismos sagrados. Tal biblioteca que, a mi parecer, no debía ser más que un Media Mark. En su interior, la mujer se encontró con una infinidad de reproductores de comunicación primitivos que hacía mucho que habían perdido su funcionalidad. Por suerte, los arqueólogos del futuro tienen un sencillo cachivache al que llaman temporalizador, que sume los objetos que alumbran en una burbuja temporal que les permite investigar con más facilidad la función que cumplían en la época en la que fueron creados.


Lo cierto es que esos artefactos no debían funcionar tan bien en la práctica, porque Laura me reveló que apenas logró sacar información de ninguno de los reproductores, apenas unas imágenes sueltas que, por supuesto, no incluían la palabra dabuten. La mayoría de ellas mostraban tan solo escenas apacibles, de campos o animales extintos. Algunos de ellos, pocos, mostraban pequeños extractos de obras de ficción narrativas o comerciales. Pero hubo uno que lo cambió todo.


Cuando me lo contó estuve apunto de echarme llorar. En uno de esos reproductores lograron aislar una pequeña secuencia, de apenas dos segundos. En ella Laura observó a un hombre grande, rubio, pronunciar unas palabras que lo cambiarían todo. Y esas palabras, queridos amigos y compañeros, fueron unas palabras tan importantes para ella como terribles para mí, y para cualquiera de vosotros en mi lugar. Porque lo que decía ese hombre sin cesar eran las palabras “rakuten es dabuten”.


Exactamente cómo podéis leer. Me encontraba frente a esa mujer y sentía la necesidad de romper todas las reglas que existen sobre los viajes en el tiempo para explicarle que aquello que la obsesionaba no significaba nada, pero lo cierto era que no tenía ni la menor idea de cómo explicar tal cosa.


Ella, por su parte, también parecía estar apunto de llorar. Pero no era por tristeza. Para ella, esas palabras ridículas simbolizaban algo diametralmente opuesto a lo que a mí me podían hacer sentir. Para Laura Cruz, que rakuten fuera dabuten no era más que la prueba de todo aquello que quedaba aún por investigar. Si aún no había sido capaz de encontrar el significado de dabuten, ahora sabía que también existía rakuten. ¿Y qué sería? ¿Acaso una deidad dual y terrible que se enfrentaba con dabuten? ¿Una tribu ancestral? ¿Quizás una nueva palabra del ritual? Fuera como fuera, me explicó  que aquellas palabras le enseñaron una cosa importantísima: que ella no quería terminar de investigar, que quería seguir toda su vida enlazando un misterio tras otro, porque esa era la única forma en que de verdad le gustaba vivir.


Ante tal situación, no tuve por menos, por supuesto, que tragarme todas mis palabras. ¿Qué derecho tenía yo, solo por haber accedido a una máquina del tiempo, de irrumpir en su mundo de una manera tal que acabara con todo aquello que la hace soñar y vivir? ¿Qué derecho tenía a romper las expectativas de todo un planeta que soñaba con un pasado mucho más mágico e ingenuo que el que realmente estamos viviendo? Efectivamente, no tenía ninguna, así que me callé y seguí hablando tranquilamente con Laura.


En la actualidad somos buenos amigos. Ella investigación y yo, por supuesto, nunca le conté, ni le contaré la verdad. Porque algunas verdades no son tan importantes.

El mercado de relatos

Palabra: Relato

El señor @PeterGR300025433 me propuso la palabra relato y me ha dado la oportunidad de escribir una historia muy meta y que me gusta un montón, así que se la dedico.

Mario Araya era la clase de hombre que le parecía guapísimo a tu abuela. Era alto, bien peinado, con buen porte y siempre perfectamente vestido y aseado. Era educado y amable, con una vida bastante acomodada gracias a su exitosa carrera como escritor. Había publicado decenas de novelas románticas de gran éxito entre adolescentes y jubilados, y una infinidad de antologías de historias cortas.

Sin embargo, hubo varias semanas semanas en las que su aspecto en absoluto podía asemejarse a lo aquí se acaba de describir. Durante ese tiempo, su vida se tornó en un cúmulo de desorden, barba mal recortada y un pijama que llevaba demasiado tiempo sin lavarse; todo por culpa de un relato. No se lo podía quitar de la cabeza, ni tampoco era capaz de plasmarlo en papel. Tras todo el tiempo que llevaba encerrado en su casa, tan solo había logrado crear a un personaje, introducirle y darle contexto.

Pero necesitaba algo más, un nudo, un conflicto en el que sumir a ese personaje para contar todo lo que tenía en la cabeza. Era completamente incapaz de hallarlo y eso le desesperaba. Y la única solución en la que era capaz de pensar era ridícula e imposible, pero acorde con su desesperación. La única solución que le quedaba era acudir al mercado de relatos.

Se trataba de una tienda pequeña en plena de la calle más estrecha de su ciudad. Tenía una puerta pequeña, para nada llamativa, en la que nadie era capaz de fijarse si no iba ya buscándola. No había dependiente, ni aparentemente la regentaba nadie; pero tampoco nadie se atrevía a robar o incumplir sus normas. Su ambiente oscuro, casi místico, persuadía de ello a cualquiera que tuviese la idea de hacerlo.

Mario, por suerte, iba preparado para enfrentarse al mercado de los relatos. El mecanismo era sencillo. Su interior era como una inmensa biblioteca, que desdencía en el suelo hasta lo más profundo de la ciudad. En cada estantería se acumulaban una infinidad de relatos, sin, aparentemente, ningún orden ni clasificación, pero a disposición de todo aquel que los necesite. Para acceder a ellos solo hay que seguir dos sencillas reglas. La primera dicta que para coger cualquiera de las historias allí presentes, hay que dejar otra a cambio. La segunda, que los relatos que salgan de allí no podrán ser leídos jamás por nadie más que la persona que los haya recogido. El escritor había llevado consigo una multitud de historias inéditas que estaba dispuesto a sacrificar a cambio de la inspiración que necesitaba. No quería robar los relatos ni las historias que contaban, no quería plagiarlos. Solo buscaba un conflicto que diera orden a todo lo que tenía en su cabeza.

Buscándolo, se adentro en la pequeña tienda y se sumergió en la oscuridad purpúrea de su interior. En el mercado de los relatos no solo habitan las historias, sino que él mismo ha sido fruto de multitud de leyendas. Cuentos y conspiraciones sobre personas que han entrado y jamás han podido salir. Es por ellas que nadie se atreve nunca a introducirse demasiado en la tienda y se quedan en los niveles superiores. Pero ninguno de los relatos de esos niveles parecía servirle a Mario para dar forma a su conflicto. Así que siguió bajando y bajando.

Al principio, todo se volvía más misterioso. Los relatos pasaban de ser historias de amor a ser historias de terror, pero eso era solo el principio. Después, las historias empezaban a ser más confusas. Los escritores parecían jugar al principio con la forma y las palabras, dándole un nuevo valor a la estructura. Estos juegos al principio eran sencillos, como repeticiones de palabras o deformaciones de los párrafos, más tarde algo más confusos, con textos escritos completamente al revés o de manera circular, y los que había al final eran completamente incomprensibles para Mario. Después de eso fue cuando empezó a ir mal.

Los relatos ya ni siquiera estaban plasmados en papel, sino que salían al principio como sonidos y después como formas. Caminaban por las salas y se deslizaban a través de los pisos, las historias se contaban así mismas, o se narraban unas a otras; rodeaban a Mario y le susurraban cosas. Se formaban y se deformaban a su alrededor. Algunas le pedían que se quedara, otras le suplicaban que se marchara. Y aún así, Mario siguió bajando.

Las salas parecían saltar y cambiar, convertirse ellas mismas en las historias, cambiar en función de los pensamientos de Mario, y entonces lo vio. Frente a él, allí estaba. Se había formado ante sus ojos, exactamente la historia que quería contar. Era perfecta, el conflicto que necesitaba. Y cuando la tenía entre sus manos, cuando estaba preparado para completar su historia, no pudo recogerla. Había llegado demasiado lejos, no podía irse sin seguir bajando.

Se había dado cuenta de que no era el conflicto lo que buscaba. No necesitaba una historia tan concreta y exacta para su personaje, cualquiera le valía para contar lo que quería. Lo que necesitaba era saber lo que quería de verdad su personaje. El conflicto detrás del conflicto, que le hiciera darse cuenta de que estaba equivocando sobre todo en lo que creía creer. La verdad que le haría cambiar.

Y en busca de eso, se adentró aún más en el mercado de los relatos. Pasó por salas imposibles, en las que las historias sucedían fuera del tiempo o dentro de su cabeza. Monstruos que se materializaban en formas que su cerebro que no era capaz de comprender, dimensiones que se formaban en torno a la tercera y creaban realidades alternativas, mundos que una mente humana no era capaz de procesar. Pero cuando Mario llegó al último piso, se dio cuenta de que su mente ya no era en absoluto humana.

En el piso más profundo del mercado de los relatos ya no había ninguna historia. Era una sala normal, circular, completamente vacía excepto por un elemento. Un espejo alto, justo en el centro, cuyo reflejo mostraba algo que Mario jamás había visto: a sí mismo. Pero no era el “sí mismo” que había conocido. Tras atravesar todas las salas, su cuerpo ya no era el mismo, ni tampoco su mente. Ambos estaban reflejados en ese espejo, que no mostraba una imagen sino un millar, una infinidad de historias que se habían formado y pegado a Mario durante su vida. Esa era justo la historia que quería contar. Y en cuanto se dió cuenta, concluyó.

Nadie volvería a ver a Mario. Una leyenda se formaría en torno al escritor. Pero, aquellos que se atrevieran a descender lo suficiente en el mercado de los relatos bajarían al menos un piso más que los que bajó Mario.

jueves, 21 de marzo de 2019

Una afrenta imperdonable

Palabra: nefelibata

Le dedico este relato a la inigualable ANITA CAPRESSE (@caprifoi), pese a que me dio una palabra rara solo para liármela.


Estaba harta. Marisa no aguantaba más. Después de tantos años de tensión y discusiones con su vecina Lola, no había tenido por menos que estallar cuando, al final, habían empezado las descalificaciones.


Se había ido a su casa corriendo, dando un fuerte un portazo que casi hizo que su marido se cayera del sillón. Tenía los puños y la mandíbula apretados, y le dio un golpe a la puerta con el talón. No podía creer que le hubiera dicho algo así.


Y bien, ¿qué terrible ofensa había profesado Lola hacia su persona para causar tal ira en la pobre y cansada Marisa?, supongo que os preguntaréis. Pero ese era precisamente el principal problema, que Marisa no se acordaba.


Cuando le había confesado a su marido que Lola la había llamado nifilabuta o nafiriflauta, el confuso hombre no había tenido por menos que responderle que estaba casi seguro de que esas palabras no existían. De hecho, al buscarlos en el diccionario, Marisa pudo observar con estupor que, efectivamente, no estaban recogidas en ninguna página.


Eso fue la gota que colmó el vaso. Lola no solo la había llamado nafirapotas o nisiriloide, sino que , además, la había tomado por tonta. ¿Acaso se creía esa mujer que por usar palabras complicadas de señorito terrateniente era más lista que ella? Marisa estaba casi segura de que sí. Y no iba a permitirlo. No iba a dejar que la llamara naomiguats o silifante y que luego pudiera irse de rositas tan fácilmente. Tenía que enseñarle quién mandaba en esa comunidad de vecinos.


Sabía que tenía eso de su nieto en el armario. Se lo había comprado por su cumpleaños hacía ya tres años, pero nunca lo había usado, así que esperaba que no le importara que lo cogiera ella. Tardó un buen rato en encontrarlo, no recordaba dónde lo habían guardado, y tampoco podía preguntarle a su marido porque no sabía pronunciar bien bate de béisbol.


Lo había visto en las películas, ese artefacto resultaba muy útil para dar un par de lecciones. Aunque no bastaba tan solo con la violencia, tenía que mandar un mensaje, así que Marisa cogió también un rotulador indeleble y escribió en la madera del bate las palabras porposantro y batrisnocia.


Su marido estaba viendo la tele, así que le dijo que se iba a comprar el pan y salió de su casa sin poder quitarse de la cabeza la palabra binbiznaga o garmasaco. También se acordaba de todas esas goteras que había tenido que arreglar. O de furibrarte,o trampisnato. De aquella vez que le prestó la batidora y no se la devolvió. O de mostrachone, o cabanaute. De cuando regañó a su nieto por correr por las escaleras. O de zapatana, o chispiesa.


Llamó al timbre en cuanto alcanzó el piso, sin mayor meditación. Tras la puerta, apareció la ridícula y sonriente cara de Lola, con su clásica felicidad fingida. Ella sí que era una navaluenga o milaberia.


Sin mediar palabra, Marisa le estampó el bate en la cara, partiéndole la nariz y varios dientes. La mujer apenas alcanzó a gritar cuando Marisa le propinó un segundo golpe.


— ¿Por qué? — alcanzó a decir Lola, indefensa, tras el golpe
— Lo sabes bien, arpía, ¿o te crees que iba a dejar que me llamaras numbata o lipliriloca? ¿Que no iba a hacer nada al respecto?
— ¿Qué? Pero Marisa, querida, estas muy equivocada, yo solo te dije que eres muy nefelibata…

— ¡Otra vez! ¡No me lo puedo creer! ¡No pienso aguantar esto más! ¡Tú sí que eres una maldita nefelibata! — gritó Marisa antes de asestarle un último golpe.

La rueda

Palabra: galleta

Le dedico este relato tan curioso a mi queridísimo Gullón (@gullon1995), la mejor galletita imparable que conozco

No se cuanto tiempo llevo encerrada en esta caja, a oscuras, hacinada junto a otras Marías, esperando impaciente la inevitable muerte que me espera. Me intento acordar de las palabras de la galleta Platón, pero su voz se desvanece en mi mente de harina y cereal.


Un temblor, es el final, todo se acaba. Veo la enorme mano de una niña entrar en la caja, me elige a mí. Me sujeta entre sus dedos y me mira con deseo. Y entonces, me resbalo. Caigo al suelo desde la altura, de tal manera que es mi parte estrecha la que aterriza y rueda sobre el suelo del salón.


Las pupilas de la niña se ensanchan y se tira hacia mí como un gato. Me persigue por la casa, a cuatro patas, amenazándome con sus uñas afiladas y sus orejas puntiagudas y en el último instante, logro deslizarme por una gatera demasiado pequeña para ella. Debe de ser para un gato de verdad.


Ruedo por el porche hasta la calle y giro a la derecha. Frente a mí, un hombre besa a otro, robándole el corazón y llevándoselo dentro de una bolsa. Yo paso entre sus piernas y sigo rodando cuesta abajo. Voy cogiendo velocidad y poco a poco voy alcanzando a una bicicleta que va creciendo según me acerco a ella. Cuando la sobrepaso, la bici sigue creciendo hasta que la pierdo de vista.


Caigo por unas escaleras, peldaño a peldaño. En el primero se ha tropezado un niño, en el segundo se ha sentado un anciano cansado, en el tercero ha meado un perro, y también en el cuarto. En el quinto una lagartija ha salido a tomar el sol, en su nave espacial, seguida de su ejército, están dispuestas a lo que haga falta por lograrlo. El sexto peldaño está triste porque una familia de chicles ha anidado en su espalda y el séptimo ha decidido irse al extranjero a aprender inglés, así que no está para frenarme cuando caigo y sigo cayendo y justo cuando temo que voy a chocar con el suelo y a partirme en cien pedazos, me recoge un pájaro al vuelo, con sus dos patitas.


Por un momento me siento aliviada, pero luego me doy cuenta de lo que suelen querer los pájaros de las galletas. Intento soltarme, pero realmente no tengo la capacidad de moverme, solo soy una galleta. Vuelo bajo ese pájaro durante horas. Salimos de la ciudad y avanzamos por el viento. Las nubes se quedan atrás y en pocos minutos alcanzamos el mar, pero seguimos volando. Y volamos durante horas hasta que conseguimos volver sobre tierra, volver a la ciudad, volver a la escalera.


Resulta que en el peldaño número nueve se encontraba su nido, en el que le esperaban cinco niños hambrientos y uno que, la verdad, ya había picado algo entre horas y no tenía mucha hambre. Ya está este sí que es mi final, no tengo ninguna duda. Sí tengo que decir unas últimas palabras que sean estas: tenedor, luna, rotulador, idiosincrasia. Estoy lista para irme.


Pero una vez más, no me voy. El pájaro me tira desde las alturas, pero ninguno de los niños logra cogerme. Caigo al suelo del nido y sigo rodando hasta las ramas, que me permiten deslizarme por el árbol. Hay un mono colgado de una rama y a un obrero desnudo intentando cogerlo. Todas las hojas se caen cuando llega el otoño. Y en invierno, llego al suelo.


Hace frío y hay nieve, me cuesta seguir girando, creo que caeré y me desharé entre el agua helada. Y es verdad que me caigo, pero a una alcantarilla. No es muy profunda y llego bien al fondo, sobre la espalda de un cocodrilo que nada a través del fango. Ruedo desde su mandíbula a su cola y sigo por el suelo, hasta que me cuelo por un pequeño orificio.


Es un hueco estrecho y largo, pero no me puedo parar. Avanzo y avanzo hasta que los muros se abren y aparezco en un pequeño prado apacible. Es un lugar agradable, placentero incluso. A mi alrededor hay otras galletas que yacen tranquilamente sobre la hierba, y entonces se que por fin he llegado a la legendaria Tierra de las Galletas. Quiero quedarme aquí, pero no puedo parar de rodar. Necesito dejar de rodar, por favor. Es lo único que deseo.


Junto a mí, de pronto, me doy cuenta de que rueda otra galleta. Es una galleta anciana y se presenta como la galleta Platón. Le pido que me diga como puedo dejar de rodar y me dice que es imposible. Nada para. Nada deja de rodar nunca. Me explica que una vez que sales de la caja ya nada tiene sentido y nada se termina, que todo sigue rodando, sin final. Es una historia triste, pero la única verdadera.


Un desnivel separa nuestros caminos y nos despedimos. Me siento extraña y triste. No me quiero ir. Pero se que es la hora cuando veo llegar hacia mi un nuevo muro, con una nueva hendidura. He estado aquí y eso lo cambia todo, no importa que me vaya. Pero me voy. Atravieso el muro y todo se vuelve a desvanecer.


Cuando salgo, estoy en un lugar que recuerdo de algo, o quizás no. Hay máquinas y personas que las manejan. Decenas de galletas circulan por una cinta mientras son fabricadas y acabo cayendo entre ellas. No quiero estar aquí. Pero justo en este momento he dejado de rodar, entre todas las galletas. La cinta me arrastra hacia un final oscuro. E inevitablemente, caigo al interior de una pequeña caja de cartón. Oscura. Hacinada. Y mientras pierdo todos mis recuerdos, solo trato de mantener en mi cabeza las palabras de la galleta Platón: todo sigue rodando, sin final.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Un error metolodológico

Palabra: sobaco
Este relato se lo dedico a Ici, pese a que me haya puesto una palabra tan jodida, te odio, pero te quiero

AGENTE XTRLA
INFORME DE MISIÓN
CÓDIGO: 014-M-12

Este mensaje es de vital importancia, sugiero a mis superiores que le den una prioridad absoluta y que presten atención a todos los documentos que con él adjunto.

Recientemente he viajado al planeta número 014 del cuadrante C, autodenominado Tierra, para recabar información acerca de un elemento único de alguna de sus especies autóctonas, como jamás habíamos visto en ningún otro planeta del Universo conocido por el Imperio.

Se trata de una característica fisiológica muy concreta consistente en un pequeño pliegue bajo las extremidades superiores de los indígenas, del que desconocíamos por completo su función. Al menos hasta ahora. Los habitantes de 014 se refieren a este pliegue como “axila” o “sobaco”.

Para mi investigación tuve que hacerme con varios sujetos de prueba que seleccioné mediante rigurosos métodos estadísticos, para más tarde diseccionarlos y estudiarlos uno a uno. Por desgracia, estas investigaciones no dieron ningún fruto.

Sin embargo, llegados a este punto, me topé con una problemática relacionada con el cuerpo de seguridad de los habitantes de 014, sorprendentemente bien organizados, aunque con armas bastante primitivas, basadas aún en proyectiles metálicos.

Trataron de abatirme pero, por supuesto, logré escapar. No sufrí daños, pero algo me quedó bien claro: los habitantes de 014 guardaban con celo el secreto de los sobacos y no me iban a dejar desentrañarlo fácilmente.

Por ello, tuve que trasladar mi laboratorio a una zona lejana de costa en la que poder seguir con mis investigaciones sin perturbación. No puedo continuar mi informe sin señalar una peculiaridad de esta zona. Todos los sujetos que aquí pude encontrar eran de una muestra de avanzada edad de la población. Mi hipótesis al respecto es que los brutales habitantes de 014 abandonan allí a aquellos miembros de sus comunidades que no les son de utilidad.

En este momento había descartado por completo la teoría fisiológica sobre los sobacos, así que experimente con una apuesta más energética. Para ello, irradié a mis nuevos sujetos con una multitud de ondas energéticas tales como la gamma, la K, la energía Crombart e incluso me atreví a someterles a la terrible energía de las manzanas. Nada de ello tuvo mayor efecto que el de provocar en ellos terribles mutaciones físicas. En un acto de piedad, otorgué la libertad a todos esos monstruos que había creado.

Estaba perdido, desolado incluso. El misterio de los sobacos permanecía oculto y ninguno de mis pasos parecía acercarme más a él. Los sobacos no muestran correlación con el estatus de sus poseedores, ni de su poder. Son independientes al sujeto y todos los habitantes de 014 son iguales en sus sobacos.

Y entonces me di cuenta de que me había estado equivocando de enfoque metodológico, al centrarme en el marco teórico y material del planeta. Había algo que no había tenido en cuenta, la magia. Tuve que hacer una profunda revisión bibliográfica sobre los textos de los Antiguos Unhut y el Tratado Mágico Intergaláctico. Necesité dieciséis nuevos sujetos para llevar a cabo el ritual, y cuando lo hice todo cobró sentido.

La magia del conjuro recorrió los pliegues subextremidales de todos los sujetos, como recorriendo una cadena en torno a la cual su poder se iba incrementando. Era una energía como nunca había visto, prácticamente destruyó mi laboratorio, y eso solo como resultado de un hechizo sencillo.
Los habitantes de 014 son seres altamente mágicos, con un poder mayor del que jamás podría haber imaginado, y todo él producido a través de sus axilas.

Mientras envío este informe estoy abandonando el planeta en mi nave, temeroso de las posibilidades que ante mi han sido mostradas.

No tengo ninguna duda, a la vista de los resultados mi recomendación es la invasión pronta y total del planeta. Los habitantes de 014 han demostrado ser criaturas brutales y amorales que, si bien se encuentran en un estado prematuro de desarrollo científico, no hay duda de que están investigando sobre la magia de los sobacos y no tardarán en descubrirla. Por todo ello, tenemos el deber político y moral de llevar a cabo un exterminio total de cualquier especie poseedora de una axila, antes de que el problema se vuelva incontrolable.

Espero que mis palabras no sean desoídas.

FIN DEL INFORME

martes, 19 de marzo de 2019

El helado del mundo

Palabra: helado

Muchísimas gracias a Amber (@frostybeach__) por proponerme hacer un relato con la palabra helado porque estoy fascinado con la historia que he creado a partir de ahí

Anastasia D. Bridge era heladera. Siempre, desde que era pequeña, había sido una apasionada del helado en todas sus formas y versiones. No era como el resto de niños, que simplemente disfrutan del sabor y la frescura de los helados. No, Anastasia sentía una atracción sin igual hacia esos dulces fríos que traía siempre la furgoneta.


Desde los ocho años ya empezó a experimentar en su casa con la fabricación de helados: primero con yogures y cucharas, después con frutas y más tarde con multitud de sabores y colorantes. Admiraba todos los helados. Los conos y su barquillo relleno de chocolate por la punta, las tarrinas y sus infinitas bolas de colores, el yogurt helado, los sorbetes, los granizados… pero sin duda, no prefería nada a la simpleza de los polos con un sencillo palo de madera. Era todo lo que necesitaba para ser feliz.


Por todo este cúmulo de placeres no fue para nadie extraño que ella se acabara haciendo con su propia furgoneta y fuera repartiendo helados por los pueblos del estado. Gracias al mimo y a la investigación que dedicaba a los helados, su marca se convirtió en un gran sello de calidad, y con el tiempo el negocio prosperó. A la furgoneta inicial se añadieron otras cuantas y, más tarde, algunas filiales físicas. Los helados Anastasia salieron del estado y recorrieron todo el país, y no tardaron mucho en extenderse al resto del mundo.


Por supuesto, la mujer ganó muchísimo dinero, pero los negocios le obligaron a alejarse de los helados y de su furgoneta y sumirse en un mundo de finanzas y acciones que de ninguna manera era para ella. Al dejar atrás su furgoneta, pese a la satisfacción de que sus helados se estuvieran probando en todo el mundo, Anastasia fue apagándose poco a poco hasta convertirse en una persona gris de traje y pelo cano.


Pocas veces tenía ya en esa época tiempo para desarrollar nuevos helados, pero cuando se le ocurría una fórmula, pasaba semanas encerrada hasta lograr el equilibrio perfecto. Esos momentos eran los únicos que la hacían sentir satisfecha. Pero con el tiempo, hasta eso se apagó. El negocio convertía los helados en rutina. Para ella, que siempre habían sido aventura y emoción, en ese momento se convertían en un paso burocrático más del terrible entramado capitalismo que la rodeaba. Hasta que un día se marchó.


Nadie supo a dónde había ido, no avisó a su hermana ni a sus compañeros de trabajo, no creía que tuvieran que saberlo. Pero estaba decidida, iba a crear su último helado, e iba a ser el mejor helado del mundo. Para ello, decidió marcharse al único lugar en el que podría aprender del hielo más que en ningún otro sitio: el Polo Norte.


Las primeras incursiones fueron poco satisfactorias. El hielo de ese lugar era resistente y fascinante, pero no le indicaba a Anastasia nada nuevo. Por ello, cada día se adentraba más y más en el desierto helado, acompañada únicamente de su tienda de campaña, su bloc de notas y sus palitos de madera.


Sin embargo, un día ocurrió lo peor. Tras una ruptura en el hielo y un derrumbamiento, Anastasia quedó atrapada en una sima helada, sin posibilidad de escapar. Tenía las piernas hundidas en el hielo, quizás rotas y, poco a poco, sentía como el frío la sacaba de su cuerpo. Lo cierto era que no estaba tan preocupada por su continuidad como por la inevitable verdad de que no había conseguido hacer aquel polo superior. Y entonces se dio cuenta de su error. Lo había tenido delante de sus ojos todo ese tiempo y no lo había visto. El mejor helado del mundo ya estaba hecho, solo faltaba la presentación. Así, con este pensamiento en la cabeza y su último aliento sacó uno de sus palos de madera y lo clavó en el suelo. Cuando Anastasia murió supo que por fin lo había logrado.


Lo que nunca llegó a saber es que, además de crear el mejor helado del mundo, su historia daría lugar a una revolución ecologista como jamás se había visto. Cuando la noticia salió a la luz, millonarios de todo el mundo quisieron probar el último gran experimento de la gran Anastasia, que su empresa no había dudado en monetizar, pero que se dieron de bruces con la terrible verdad que llevaba años tras ellos: el mejor helado del mundo se estaba derritiendo por el cambio climático.


No existe en el mundo energía más poderosa que la de un rico que quiere sentirse superior a los demás, así que, con el fin de preservar el mayor tiempo posible el helado de Anastasia, los criterios de producción del mundo entero sufrieron un cambio radical, las fábricas redujeron su emisiones gaseosas en porcentajes históricos, y los fabricantes buscaron modelos más ecológicos de producción, infinitamente menos contaminantes. Los estudiosos del tema calcularon que, con ese movimiento, el cambio climático se había demorado algunos cientos de años más.


Por estas razones, al Polo Norte se le cambió el nombre a Polo Norte, cambio que, por desgracia, no puede entenderse al traducirse al español, pero que sin duda su nuevo significado está referido al tipo de helado preferido de Anastasia, y todo el mundo se referiría a él desde ese momento como el helado del mundo.

El culo de Santa Teresa

Palabra: culo

Le dedico este texto a Jorge (@SSnakeFHL) por ser mi inspiración para un relato tan diferente como este, muchas gracias <3


Se habla con frecuencia en el folklore español de los múltiples pedazos pellejosos que se le arrancaron al cadáver incorrupto de la santísima Teresa de Jesús. Su pie derecho y su bendito juanete viajó con el mismísimo Papa a Roma, su mano izquierda fue cercenada y trasladada a la capital de Portugal; y nuestro patrio Generalísimo el Chocolatero se hizo con la derecha para que adornara su mesita de noche. Igualmente, fueron sustraídos de su cuerpo, ya algo más corrupto, un ojo, la mandíbula, su brazo izquierdo y más dedos de los que suele tener una persona normal. Milagros de la divinidad.

Sin embargo, pese a las múltiples proezas sobrenaturales que se le atribuyen a estas reliquias, la historia parece haber olvidado de forma muy conveniente toda la historia relacionada con la reliquia más poderosa de todas: las nalgas de Santa Teresa. Puede parecer una locura, una broma o incluso una ridícula conspiración, pero el culo de Santa Teresa ha protagonizado multitud de desencuentros a lo largo de la historia de nuestro país y de la espiritualidad.

Solo nueve meses de su muerte, la pobre Santa Teresa fue perturbada de su descanso eterno por la apertura de su ataúd que llevó a cabo el ilustre Padre Gracián, tras la cual se descubrió que, aunque estaba más seca que una torta de maíz, su piel no se había descompuesto. Ante esta visión, francamente desagradable, el Padre Gracián hizo lo que cualquiera hubiera considerado lógico: arrancarle la mano izquierda. Ante la noticia de los infinitos sortilegios que otorgaba su presencia, tres años después, en 1585, una multitud de nobles acudió al traslado de su cuerpo para quedarse cada uno con una parte del coleccionable.

Una de estas nobles personalidades fue la del mismísimo Fernando de Silva, primo lejano del Duque de Alba de Tormes, que ante la perspectiva de que el resto de señores le estaban dejando sin las partes más glamurosas de la difunta, no dudó un instante en sacar su afilada navaja y cortarle ambas nalgas a la pobre mujer, sin saber que con ello se llevaba consigo la quizás era la reliquia más poderosa que se habría extraído nunca.

Algunos teólogos conocedores de esta historia han estudiado si los poderes de este sagrado pompis eran tan intensos debido a que el éxtasis de la sagrada mujer fue el producto de una divina estimulación anal. En cualquier caso, el pobre Fernando de Silva pronto descubriría que con esta reliquia era capaz de hazañas asombrosas. Gracias a su influencia logró arrebatarle su mansión al Duque de Maine jugando a la brisca, recibió una gran herencia debido a la muerte de su hermano y consiguió hacerse con la mano, esta vez metafórica, de la opulenta hija de un gran noble. Y eso fue solo el comienzo. No tardó en darse cuenta de que, cuando tenía el culo sobre sus manos, era capaz de presentir los sucesos próximos que le iban a ocurrir.

Fue de esta manera como se enteró de que su gran rival, el hidalgo Ernesto de Fabián, sospechaba hacía tiempo de los poderes sobrenaturales de esas corroídas posaderas que Fernando siempre llevaba encima y que había planeado matarle. Aunque pudo evitar ser asesinado por los enviados de su enemigo y la rencilla se saldó con una inesperada caída de caballo, muchos historiadores señalan este suceso como el comienzo de la cruzada secreta del culo.

Las noticias de estos eventos no tardaron en extenderse por la comunidad nobiliaria del país e incluso atravesó las fronteras, llegando a oídos del santo Papa Sixto V, famoso en toda la historia por ser el Papa con el nombre más contradictorio. Por otra parte, las extrañas nuevas también alcanzaron al ducado de Alba de Tormes, a quien había sido arrebatado el cuerpo en su última exhumación.

Por un lado, el Papa exigió a Fernando que cediera el culo al Vaticano para su adecuada conservación; por otro, el duque ordenó que se le fuera devuelto el cadáver de Santa Teresa con todas sus partes disponibles para reunirlas todas como una suerte de Exodia consagrado con el que a saber qué era lo que espera que sucediera.

La situación era la siguiente: el pobre Fernando y su culo robado se encontraban amenazados por un poderoso Vaticano de indudable influencia política y militar y el ejército de su ya no tan querido primo el Duque de Alba. Fernando, por supuesto, declinó ambas ofertas, por lo que los ejércitos de ambas fuerzas políticas se presentaron en su palacete el 15 de agosto de 1586.

Existe poca documentación recogida sobre lo que sucedió aquel día, seguramente porque fuera destruída por los implicados en el conflicto. Lo poco que perdura indica que la batalla entre ambos ejércitos fue cruda pero corta y de lo que sucedió cuando entraron en aquellos muros existen varias versiones. Unas dicen que los soldados encontraron las nalgas de Santa Teresa aleteando como una mariposa sobre el cuerpo en éxtasis de Fernando. Otras, que el pobre hombre fue encontrado comiendose ese culo incorrupto. En ambas versiones el final sí que está claro, Fernando fue asesinado y el culo de Santa Teresa se le arrebató de las manos.

Ante la terrible visión de lo que le había sucedido a Fernando, tanto el Papa como el Duque llegaron a la conclusión de que el trasero era demasiado poderoso para ser ostentado por un solo hombre, así que el 23 de agosto de ese mismo año fue devuelto al sepulcro de Santa Teresa, que fue sellado con nueve llaves que custodiaría el duque y cuya apertura sería penada con la excomunión del que lo hiciera.

Ese es, aparentemente el final de la leyenda del culo de Santa Teresa, aunque no son pocos los rumores que hablan del uso ilegítimo que ha seguido haciendo de él la casa de Alba a lo largo de los años para aumentar de forma desmedida su esperanza de vida y mantener su poder político y económico aún incluso cuando los títulos nobiliarios dejaron de tener a priori ningún valor e independientemente del régimen imperante en el momento, aunque no seré yo el que aquí hable de ello, porque eso es lo que son únicamente: rumores.