martes, 2 de abril de 2019

Vida y tragedia de la señorita Fang

Palabra: sombrero

Estaba deseando escribir este relato. Desde que mi amiga Nicté (@sad_knees) me propuso la palabra sombrero, sabía más o menos lo que quería escribir, y lo cierto es que, aunque al final no estoy tan contento con el resultado de la historia, le he cogido muchísimo cariño a la señorita Fang, y no descarto reutilizarla o reimaginarla en alguna ocasión. Se lo dedico a Nicté, por supuesto, y le doy todas las gracias por la palabra.

La señorita Fang era bien reconocida en todo Londres por su inmensa colección de sombreros y gorros. Tenía chisteras, pamelas, fedoras, porkpies, canotiers, bombines y una infinidad más, de todos los tamaños, tejidos y colores. Y es que la señorita Fang era muy meticulosa con el uso de sus sombreros. Tenía uno para cada circunstancia, un clôche azulado y con la cinta amarilla para ir a la oficina, un bombín blanco para las cenas elegantes, una chistera negra y alta para ir al teatro, o una simple boina para ir a jugar a críquet. Usaba uno para cada circunstancia y no había dos circunstancias que requiriesen el mismo sombrero. Aquellos sombreros no solo eran los más adecuados para cada situación, sino que le indicaban cómo actuar en cada momento.

lunes, 1 de abril de 2019

Encurtidos

Palabra: pepinillo

Mi amigo Juanqui (@Juanquitaro) tiene el privilegio de haberme dado la palabra que más se me ha atravesado hasta el momento. Al final he creado una historia predeciblemente lynchesca que, si bien no me encanta, ha sido interesante de escribir. Y se la dedico, claro

Una intensísima lluvia obligó a Álvaro a salirse de la carretera en busca de un punto en el que poder parar el coche y esperar a que escampara. Sin embargo, tras varias horas encerrado en el coche no pudo observar que la tormenta tuviera ni la más mínima intención de amainar. Si algo notaba era que, al contrario, se volvía cada vez más densa.

jueves, 28 de marzo de 2019

El mito de Armadillo

Palabra: armadillo

Esta historia se la dedico a @MiguelWrites, con mucha ilusión por ser el primero en proponerme un animalito bonito como palabra.

Mi queridísima abuela, que en paz descanse, provenía de un país diminuto en el centro de América Latina. Era una mujer educada en las tradiciones y la mitología de su tierra y, cuando era pequeño, solía contarme un cuento que me dejó una huella especial, por el tema que trata y por hablar de simpático animalillo al que siempre he tenido cariño. No se si podré contarla tan bien como mi abuela, pero voy a intentarlo.

Tungsteno y Wolframio

Palabra: Tungsteno

Este relato se lo dedico a @videoborjius por darme esta palabra que pensaba que se me iba a atragantar, pero que al final me ha servido para escribir una bizarrada cuqui que ni tan mal

No había nadie más temido es toda la ciudad de Nueva Gópolis. El doctor Tungsteno era un genio científico que había decidido entregar por completo su increíble don a fines perversos. No tenía complejas motivaciones ni un pasado traumático, pero sus únicos intereses eran el mal y la dominación de los débiles. Por suerte para los ciudadanos de Nueva Gópolis, la ciudad estaba protegida. Una infinidad de superhéroes, siempre dispuestos a enfrentar los malvados planes de Tungsteno.

Ya está bien

Palabra: alambre

Esto no es exactamente un relato, sino una conversación que no me viene mal como ejercicio. Se la dedico a @assasinsxii porque me dio la palabra y me inspiró un momento interesante.

PADRE: Hijo mío, ven aquí un momento.

HIJO: ¿Qué pasa, papá?

PADRE: ¿Qué es esto?

HIJO: ¿Qué?

PADRE: ¿Que qué coño es esto?

HIJO: Eh, pues no s…

PADRE: Me cago en Dios, no me lo digas que ya lo se

HIJO: Pero pa…

PADRE: No, hijo, no. Ahora me vas a escuchar tú a mí. ¿Cuántos son ya? ¿Cuántos? Quince. Quince años llevo criándote. En esta casa, ¡mí casa!, entre estas paredes. Te he dormido, te he cambiado los pañales… Los putos pañales hijo, que nadie dice nada pero eso es totalmente asqueroso. Y darte de comer también. Eso también lo he hecho y también es repulsivo, que siempre acababas vomitando la puta papilla.

Y cuando fuiste creciendo, ¿qué? Yo te voy a hablar de cuando fuiste creciendo. La de heridas que te he curado, ¡y aquella vez que sacaste un cero y tuve que ir a hablar con tu profesora! Sabes que los putos colegios me dan ansiedad, hijo

HIJO: Tenía ocho años, papá

PADRE: ¡Tiníi ichi iñis pipí! Pues bien mayor que eras para soltar tacos como un camionero con ocho años. Pero qué lengua tenías, madre del amor hermoso, que tenía que habértela cortado antes de que cumplieras diez, hostia puta.

HIJO: Ya vas a sacar otra vez lo de la policía

PADRE: ¿Que si voy a sacar lo de…? Pues claro que voy a sacar lo de la policía, coño. Que me llamaron de una excursión, ¡una excursión que había pagado! Y me llaman y me dicen que tengo que ir a recoger a mi hijo, que se ha puesto a insultar a unos policías por la calle. Al despacho del director tuve que ir, hijo, ¡al despacho del putísimo director! Que llevaba yo sin pisar un despacho de director desde… ¡desde los diez años!

HIJO: ¡Pero papá, venga ya! Si ya no digo tacos, he mejorado mazo en eso.

PADRE: Ya se que no dices tacos, joder, pero me da igual, porque la murga de años que me diste con esa boquita no es ni medio normal.

HIJO: Y qu…

PADRE: Que te esperes, que aún no he acabado. Porque claro, dejas los tacos y empiezas con las novias, ¡y que pronto  empiezas con las novias! A los doce años tenías la primera y una semana te duró.

HIJO: Pero que tenía doce años, ¿qué quieres?

PADRE: ¡Ya sé que tenías doce años,si te lo acabo de decir! Pero luego cumpliste más, y después de esa chica llegó otra, eh, Claudia, sí. Y luego Teresa. ¡Y esas eran las que me caían bien! Porque las siguientes, hijo, que tontas eran las siguientes, que eran tontísimas y aún así yo me callé y estuve aguantándolas tanto o más que tú. Que esa es otra hijo, que ni a tí te gustaban esas chicas. ¡Ni esas ni ninguna! Que ya va siendo hora de que te des cuenta de que tú heterosexual no eres.

HIJO: ¡Papá!

PADRE: No, hijo, no, que lo sabemos ya todos menos tú, que tu eres gay, vamos, hasta Marisa, la vecina, me lo dijo el otro día. Que tuve que pararle los pies yo porque venía con mala inquina, pero vamos, que lo tenemos todos clarísimo menos tú, hijo, que pareces tonto.

HIJO: Joder, papá, ¿a qué viene todo esto?

PADRE: ¿Que a qué viene, hijo? O sea, que no lo sabes. No lo estás viendo, no me lo puedo creer. A lo que viene es a que he aguantado tus mierdas, tus tacos, tus profesores, tus claros errores románticos… y nunca te he dicho nada, nunca te he levantado la voz ni, por supuesto, la mano. Porque te quiero hijo, y te respeto. Pero hay cosas que ni un padre puede tolerar. ¡Y más cuando te lo he repetido docenas de veces! Y tú siempre igual, siempre con la misma mierda. Y me duele, joder.

HIJO: ¿Qué mierda papá? Joder, estoy a punto de llorar.

PADRE: Esto es lo peor, que ni siquiera que te des cuenta. Yo lo doy todo por tí y tú… tú ni siquiera puedes cerrar bien el bimbo.

HIJO: ¿Qué?

PADRE: Ni qué, ni nada. Lo sabes bien. Siempre dejo el alambre con el que viene la bolsa, joder, siempre dejo el puto alambre para que cierres el bimbo con el puto alambre. ¿Y qué veo? Que cada vez que te haces un maldito sandwich, llego a la cocina, ¿y cómo está cerrado el bimbo? ¿Con el alambre? No, claro que no. Tiene un puto nudo. Un puto nudo con el plástico de la bolsa. Y te parecerá normal. Que se seca el pan, hijo, ¡que se seca! Hay que cerrarlo bien, me cago en todo lo sagrado. ¡No es tan difícil! Hay que cerrarlo bien para que no se seque la puta rebanada de arriba, creo que ya te lo he dicho demasiadas veces

HIJO: Pero papá…

PADRE: ¡Ni pero, ni pera!

miércoles, 27 de marzo de 2019

La muerte de Felicity Withner

Palabra: pólvora

Fue @Mecha_2ri el que me propuso la palabra pólvora, y la verdad es que este es el primer relato con el que no estoy muy contento. Aún así, se lo agradezco un montón y se lo dedico, por supuesto

Las anaranjadas luces del día se derretían lentamente tras las colinas dando lugar a una noche profunda y terrible. Los pocos rayos de sol que aún lograban escapar de su aciago final se deslizaban como serpientes entre la arena del desierto, atravesando algunos arbustos hasta llegar a las viejas vías de un ferrocarril, que se encontraban en un estado francamente terrible.

Junto a las vías había un camino paralelo formado por las herraduras de un caballo que había viajado muchas millas para llegar hasta allí. Sobre ese caballo cabalgaba un hombre de gran hechura y un largo sombrero en su cabeza. Masticaba pensativo una brizna de hierba que había encontrado mientras su caballo caminaba despacio hasta el punto en el que había quedado para hacer la transacción.

Normalmente este sería un intercambio normal y corriente. Él necesitaba pólvora, su vendedor, reses; pero desde luego que Felicity Withner no era un hombre normal y corriente. Si hubiera otra posibilidad, a Joan Blur jamás se le habría pactar como un hombre como él. Pero era la única persona con el dinero suficiente en el país como para suministrarle la cantidad de pólvora que necesitaba. Pero la leyenda que le rodeaba le mostraba como un individuo completamente inestable.

Las historias que se contaban de Felicity le mostraban como un bromista a niveles de divinidad nórdica. Se decía que había hecho llenar una taberna de caballos con ropajes y vestidos solo para hacer creer a un alguacil que se había vuelto loco. Se contaba de él que había hecho tapar con una sábana todo un pueblo para que creyesen que nunca más iba a amanecer. Joan sabía que se la iba a jugar pero quería estar preparado.

Cabalgó junto a las vías hasta una montaña y atravesó una estrecha cueva artificial que había creado con explosivos hacía años para guardar el extraperlo y el contrabando. Allí había ordenado a sus hombres que llevaran las reses para el pago y allí estaban, encerradas en un cercado de madera. Por precaución, también había ordenado que esos hombres se quedaran por allí protegiendo la mercancía. No estaba nada seguro de lo que iba a pasar. Y su miedo no era infundado.

Un terrible estruendo anunció la llegada de su vendedor. Toda la cueva retumbó y no solo por el sonido del tren que Felicity había hecho fletar. De alguna manera, había conseguido que al menos un centenar de ancianos violinistas tocaran unas notas terribles mientras atados a la parte superior del tren. Y en lo más alto de la locomotora, llegaba él. Brillante, inconfundible.

Felicity era un hombre anciano. Había vivido una larga y próspera vida de engaños y artimañas de la que había salido ileso gracias a la ingente cantidad de dinero que había heredado de su padre. Como de costumbre, portaba un enorme sombrero rojo y una chaqueta a la que había hecho bordar varias piezas de oro. Quizás fue el peso de ambos el que hizo que acabara desarrollando una marcada chepa, en la que la gente apenas se percataba al estar fijándose en su cano e ingrávido bigote.

El tren frenó de la forma más aparatosa posible demasiado cerca de la cueva, en cuyo interior las reses empezaron a inquietarse. Felicity lanzó un tiro con su revólver al cielo y bajó torpemente por las escaleras. Tres hombres y un mono dispusieron ante él una alfombra y, con un paso poco solemne, caminó hasta estar frente a Joan. Después, dos de los tres hombres le trajeron un taburete para que ambos hombres estuvieran a la misma altura.

— ¿De verdad era necesaria tanta parafernalia Felicity? Estoy intentando que esto sea discreto.
— La discreción no significa nada cuando alcanzas cierta cantidad de dinero. Y por la cantidad de pólvora que te traigo confío en que pronto habrás adquirido esa cantidad. Espero que entonces me entiendas.
— Sí, lo que tú digas. ¿Podemos hacer ya el intercambio?
— Por supuesto, ¡por supuesto! ¿Pero qué te parece si dedicamos unos momentos a comprobar que nuestras mercancías son las adecuadas?
— Claro, está bien.

Felicity se dirigió junto a sus tres hombres, y su mono, al interior de la cueva. Joan hizo lo propio hacia el tren. Indicó a sus hombres que se acercaran primero y abrieran las compuertas. Felicity parecía tranquilo, pero seguía sin fiarse de él. Temía que en el interior de ese vagón hubiera unos explosivos a punto de estallar o un enorme puño de madera que le diera un puñetazo. No pasó ninguna de esas cosas. Y aún así sus hombres se quedaron paralizados ante lo que estaban viendo, incapaces de explicarle nada a su jefe. Joan tuvo que armarse de valor y acercarse él mismo al vagón para descubrir que estaba completamente cargado sí, pero no de pólvora, sino de polvorones.

Un disparo en la distancia le extrajo de su estado de estupor, teniendo solo unos segundos para ver cómo cientos de reses salían corriendo asustadas de la cueva, en estampida. Y solo en una de ellas, Felicity, sus tres hombres y su mono.

— ¿Polvorones, Felicity? ¿Qué sentido tiene esta broma? — gritó Joan, que se había subido a lo alto del tren.
— ¿Polvorones? ¡Sí! En los tres primeros vagones— desde su res, Felicity logró sujetarse a la escalera de la locomotora y ascender a la altura de Joan, mientras una riada de animales rodeaban por completo el tren— . ¡Por favor, revisa los demás! He estado meses recogiendo polvo de las estanterías para llenar otros tres, ¡y eso es solo el principio! Te va a encan…

Un ruido seco interrumpió las últimas palabras de Felicity Withner, que cayó a plomo bajo los cascos de las reses. Nadie se la jugaba a Joan Blur, por mucho dinero que tuviera. Nadie.

Tras la estampida, Joan pudo bajar del tren y dedicarse a revisar todos los vagones del tren. De tres en tres, se encontró con vagones llenos de polución, ladrillos para construir un polvorín, e incluso algunos llenos de gente desnuda a la que Felicity había obligado a tener sexo por su último chiste. Y tras todas las bromas, llegó la pólvora. La suficiente, incluso más. Felicity nunca le había llegado a engañar. Y técnicamente las reses ya eran suyas para liberarlas si quería. Por un instante, Joan se sintió mal por su impulsividad, pero al siguiente se dio cuenta de algo. Y simplemente sonrió.

martes, 26 de marzo de 2019

Hermanas

Palabra: ventisca

Le dedico este relato al bueno de Mario (@MarioJPC) por esta palabra que, a priori, no sabía qué hacer con ella, pero que al final ha dado un resultado guay. Espero que te mole

Supongo que ahora me voy a justificar por lo que estoy a punto de hacer. Sí, supongo que sí. Esta es mi excusa. Mi confesión. Si alguien llegara a leerla, si acaso este texto llegara siquiera a existir, espero que se me pueda entender. Porque todo lo que hice, lo hice por amor.


Siempre tuve una excelente relación con mi hermana. Pese a que ella hubiera nacido en Finlandia y yo en Senegal, y a que no compartiéramos sangre ni padres biológicos. Su nombre era Païvi. El mío es Ngone. Pasamos toda nuestra vida juntas, fuimos al mismo instituto, nos enamoramos del mismo chico, el imbécil de Aleksi; nos enfadamos y nos volvimos a querer. Después Païvi se dio cuenta de que en realidad no le gustaban los chicos, así que no volvimos a tener ese problema. Nos separamos un poco en la Universidad, yo conocí a un tío, empezamos a salir, nos casamos, nos divorciamos y al final acabé en casa de mi hermana, llorando y hecha una mierda. Y justo entonces empezó la ventisca.


Era una gran tormenta de hielo que se cargó las comunicaciones y nos encerró en su casa. Vivía sola, así que en realidad nos lo tomamos como una oportunidad para pasar tiempo juntas y recuperar los años perdidos, al menos al principio. Nos contamos cada detalle de nuestras vidas, jugamos a juegos de mesa, lloramos y bebimos, y nos dijimos cuánto nos habíamos echado de menos. Y la ventisca no paró. Al tercer día empezamos a preocuparnos. Al quinto, nos pusimos a trabajar.


Ambas habíamos sido siempre unas mujeres muy inteligentes. En el instituto yo no sacaba muy buenas notas, pero luego pude sacarme sin problema la carrera de física, varios másters y cinco doctorados. Y mi hermana sí que sacaba buenas notas ya desde el instituto. Además de varias ingenierías, tenía un amplio taller en el sótano de su casa. COn algo podríamos trabajar.


Nuestro primer objetivo fue desarrollar una radio de mayor alcance para comunicarnos con alguien de fuera de la casa. Lo conseguimos con facilidad. La ventisca asolaba, por lo menos, todo el país, y había sumido la civilización en una crisis absoluta. Así que nuestro segundo paso estaba claro: frenarla.


Por desgracia no era tan fácil como cabría esperar. Construímos refuerzos para la casa y un sistema de calefacción alimentado por la energía eólica de la propia tormenta, pues el frío empezaba a resultar peligroso. Después tratamos de generar un sistema que hiciera entrar el agua en una fusión instantánea y no tardaron en conseguirlo, pero en un espacio muy reducido.


Después logramos, a través de la poca comida que nos quedaba, crear un clonador de tejidos que nos permitiera desarrollar, poco a poco, más comida para poder subsistir. Y esto solo durante el primer mes. Durante los siguientes nuestra producción tecnológica se volvió completamente loca. Generamos un comunicador que reactivara todas las comunicaciones de la Tierra con un nuevo tipo de onda, desarrollamos un tipo nuevo de reactor energético limpio y, lo más fuerte de todo, un prototipo de máquina del tiempo. Estábamos piradas y desesperadas, pero teníamos un plan. Ese puto plan.


De alguna forma, probablemente más mágica que científica, logramos que esa máquina funcionara. Tardamos algunos meses más, pero, joder, lo logramos. Y la íbamos a usar. Nuestro plan era ir al pasado y encontrar el epicentro de la ventisca antes de que sucediera, recabar información al respecto y volver al futuro para buscar una nueva solución.


Pero algo salió mal, ahora se bien el qué, pero en ese momento no tenía ni puta idea. Habíamos hecho cálculos sobre la localización a la que podíamos tener que acceder, pero claramente los hicimos mal. A pocos metros de nosotras escuchamos una gran explosión. Cuando miramos, solo pudimos ver, impasibles, una inmensa ola de hielo que se expandía en todas las direcciones. Corrimos a la máquina del tiempo. Yo la alcancé. Por un segundo. Por una mierda de segundo Païvi no lo hizo.


Lo único que llegó al presente fue un brazo helado que se desprendido del resto del cuerpo como un cristal. Lloré mucho por mi hermana. Muchísimo. Estuve apunto de dejarme morir de hambre ante la desesperación, de mandarlo todo a la mierda porque nada tenía sentido sin ella. Rompí muchos de nuestros inventos. Destrocé mi única comunicación con el exterior y también el generador de energía. Básicamente me suicidé a medio plazo. Y entonces me di cuenta de que tenía ese puñetero brazo.


Estaba cubierto del hielo primordial, si lo estudiaba podía darme las soluciones que estaba buscando. Y efectivamente lo hizo. Su composición química no se parecía en nada a la del hielo. No era más que un polvo generado por la transmutación de partículas orgánicas suspendidas en la atmósfera, y su reversión era ridículamente sencilla. Realizaban un proceso en cadena, como un contagio a nivel atómico. Hostia puta, cómo me sentí. Y no precisamente por haber solucionado el problema de la ventisca, sino por tener la oportunidad de salvara a Païvi.


Sin ninguna duda, volví al pasado de nuevo. Sabía dónde y cuándo empezaba la reacción en cadena exactamente. Llevaba mi catalizador y la máquina del tiempo, para escapar por si algo salía mal. Y estaba completamente dispuesta a cambiar las cosas. Pero pasó el tiempo y nada sucedía. Según mis cálculos apenas quedaban unos segundos para que empezase la reacción, pero allí no sucedía nada. En ese momento me di cuenta. El catalizador que llevaba en las manos podía revertir la reacción y volver a revertirla. Yo estaba allí y la tormenta no porque, después de todo ese tiempo, yo había causado realmente la ventisca. Tenía entre mis manos la herramienta para hacerlo, y si no la usaba, si no mataba a mi hermana, a saber qué consecuencias hubiera tenido para el tiempo.


Y puede que lo hiciera. Que apretara el botón, volviera al futuro, eliminara allí la tormenta. En ese caso el mundo habría cambiado. Sí, al principio para mal, pero todos los avances científicos que llevamos a cabo en la casa mi hermana y yo podrían haber servido para recuperar lo perdido y avanzar aún más. Escondería la máquina del tiempo, por supuesto, no me fiaría de nadie, por muy bien que fuera el mundo.


Porque lo cierto es que el mundo se dirigiría hacia una nueva etapa de iluminación y desarrollo. Un mundo mejor. Pero un mundo sin mi hermana.


Llegados a este punto, ya sabrás por qué escribo estas palabras. Lo siento mucho por las consecuencias que pueda tener para el tiempo y para la humanidad, pero mi hermana me importa más que todo eso. Así que he vuelto al pasado, dispuesta a frenarme a mí misma, pase lo que pase. Y que le jodan al tiempo.