miércoles, 29 de junio de 2022

Hipótesis alternativa

Por fin, con un poco de retraso, llega este relato que le dedico a Mecha, que me dio la palabra globo. Me he saltado a la torera mis propios límites de caracteres, pero me parece una bonita historia.


    Cuando al fin recibí la financiación que necesitaba para mi proyecto científico me sentí verdaderamente entusiasmado. No porque finalmente alguien entendiera el potencial y la grandeza de mis investigaciones (cosa que era cuestión de tiempo), ni tampoco por saber que mi nombre, Warwick Woodstock,  iba a aparecer en los libros de historia (cosa que era cuestión de lógica), ni, desde luego, no por recibir los halagos de ese atajo de falsos e hipócritas que tenía por colegas (cosa que era de sentido común). No, lo que me llenó de júbilo en aquella ocasión fue saber que, de una vez por todas, iba a poder decirle adiós a todos y cada uno de los seres que me rodeaban en aquel ridículo planeta.


    Ahora, sin embargo, atrapado en este agujero inmundo, no puedo evitar pensar que igual estaba algo equivocado.

miércoles, 22 de junio de 2022

El sueño de una copia

 Le dedico este relato a Garrac, que se que me dio la palabra CLON a mala fe, pero yo le quiero igualmente


    Había una vez una Copia. Era igual que todas las demá, se levantaba con todas las demás, comía junto a todas las demás e iba a la guerra como todas las demás. Como todas las copias, luchaba una batalla cada día, sin faltar. Vivían en Guerra y ninguna de las copias sabían cuáles eran las razones para ello. Copia no era diferente a las demás, salvo por una cosa.

lunes, 20 de junio de 2022

Aquella dichosa máquina

Le dedico este relato al bueno de Hammer, que tiene el honor de revivir este blog después de dos años de inactividad con la palabra PRESTIDIGITACIÓN. Como verás en el relato, la he utilizado de forma muy flexible, pero debes saber que me ha inspirado una historia con la que estoy bastante contento.


TW: Suicidio

martes, 6 de octubre de 2020

El Asesino de la Azada

     Las víctimas que el Asesino de la Azada dejaba a su paso siempre eran fáciles de identificar: todas sus lesiones, amputaciones y mutilaciones estaban causadas por una misma azada labriega sin apenas afilar. La Guardia Civil había descubierto muchas cosas sobre él a través de los cuerpos descuartizados que dejaba a su paso. Sabían que tenía que ser un hombre fuerte, para clavar con esa decisión la azada; y de unos ciento ochenta y cinco centímetros de altura, según el ángulo con que los cortes penetraban en las víctimas. Sabían que era de origen rural por los conocimientos que había demostrado tener sobre la maquinaria agrícola que utilizaba de imaginativas formas a la hora de perpetrar sus matanzas, y probablemente de Castilla la Mancha, a lo largo y ancho de la cual se distribuían todos los cadáveres que habían sido encontrados.

domingo, 10 de mayo de 2020

Cuentos de Cuarentena 3 - Mi cita con un fantasma

Iré al grano: creo que estoy profunda y absolutamente enamorado del fantasma que habita mi casa. Escribo esto principalmente para ordenar mis ideas, porque nunca creí que pudiera estar sintiendo mariposas en el estómago y dando saltos de emoción en mi habitación por culpa de una entidad sobrenatural etérea. 


La historia es la de siempre. Chico se muda de piso. Espíritu errante habita ese piso y quiere echarle. Una aparición en el espejo, dos sustos con un perchero y un frío que te roba hasta lo más profundo del alma fue todo lo que hizo falta para que empezáramos a llevarnos bien. Suelo tener ese poder de caer bien a los demás, pero no estaba seguro de si funcionaría también con los no-muertos.


No fue un camino fácil, tuve que averiguar que en vida se llamaba Álex, que murió a los 26 años por accidente doméstico con el secador y que su familia se fue corriendo de la casa sin saber que su espíritu aún seguía vagando por allí. Pero cuanto más averiguaba sobre su vida, más cercanos nos íbamos sintiendo.


Al principio solo percibía su frío aliento de muerte en el sofá junto a mí, cuando veía una serie o una película, que me congelaba hasta el tuétano y me producía una profunda angustia. Después, empezamos a tener pequeños juegos en los que Álex me escondía cosas y yo tenía que buscarlas por la casa, e incluso ideé un sistema espiritual basado en la ouija para poder jugar juntos al ajedrez o al monopoly. Lo que peor llevo es que juega realmente bien, pero me ha estado haciendo mucha compañía durante esta cuarentena.


A veces, jugando a las cartas, noto su fría mano rozando la mía, y siento un escalofrío por todo mi cuerpo, posiblemente causado por la diferencia ectoplasmática, pero no por ello menos inquietante. En otras ocasiones me deja dibujos en el vaho del espejo cuando salgo de la ducha, o siento su glacial esencia mirándome mientras intento dormir. 


Sin embargo, es ahora cuando sé que estamos realmente unidos. Ayer-utilizando tres cuerdas, un vaso, un teclado y una antena de televisión-conseguimos tener algo parecido a una conversación. Álex me habló de su niñez y su adolescencia, y me habló, con toda la timidez que se le puede atribuir a un espíritu, de que en el mundo de los muertos el género ya no significaba nada, pero que cuando vivía era no binario y que prefería que me refiriera a elle sin marcadores de género.

Por supuesto que le dije que lo haría y que sentía si le había hecho sentir mal. Pero lo que me ha hecho darme cuenta de todo esto, de lo que siento realmente, no ha sido la sonrisa que se me quedó después de que habláramos, ni las ganas que tengo de volver a hacerlo, sino que llevo toda la mañana buscando información sobre las personas de género no binario para hacer sentir a Álex lo mejor posible.


Quiero sorprenderle, hacer algo especial por elle antes de decirle todo lo que siento, ¿pero cómo se sorprende a un espíritu? Afortunadamente suele aparecerse por la noche, así que tengo toda la mañana para averiguarlo. Y, por suerte, no tardo en hacerlo.


Voy a hacerlo bien, como se debe, cara a cara. Y para eso, necesito transportar todos los espejos de mi casa a una misma habitación. Dos de ellos los puedo descolgar fácilmente y arrastrarlos hasta el salón. Para llevar el tercero tengo que quitar la mampara de la ducha y para el cuarto arrastro un armario desproporcionadamente grande hasta el salón. También pongo un par de espejos pequeños cerrando el círculo. Acabo agotado y cuando ya es casi de noche, pero Álex lo merece. Llevo todo el día ensayando mentalmente lo que voy a decir cuando le vea, pero cuanto más se acerca el momento, me acuerdo de menos palabras, no se si voy a ser capaz de articular ni una, estoy muy nervioso.


Cuando por fin termina de anochecer me duele el estómago, me sudan las manos y me tiemblan los pies. Aún así, llevo a cabo mi ritual habitual para facilitar la presencia de Álex en el mundo terrenal, apagando las luces y encendiendo todos los aparatos eléctricos. Normalmente le sirven para catalizar mejor su presencia ectoplásmica. Después, me encierro en el círculo de espejos que he pasado todo el día haciendo y me siento ahí a esperar.


Pasan aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos hasta que el microondas empieza a funcionar sólo. Después lo hacen la caldera, el ordenador y finalmente es la televisión la que empieza a cambiarse a sí misma los canales. En algunas ocasiones, con mucho esfuerzo, Álex consigue decirme algo a través de los diálogos que hay en los diferentes canales, pero esta noche no es el caso.

sábado, 9 de mayo de 2020

Cuentos de Cuarentena 2 - Dos historias del Subsuelo

Mi abuelo siempre me contaba historias de la Superficie. Antes del cataclismo, antes del virus y antes de todo aquello que cuentan las leyendas. Me solía contar que cuando todo pasó no pensaron en ellos, nunca nadie se acordó de los Suburbios y que los que estaban aquí abajo se quedaron atrapados y tuvieron que arreglárselas para sobrevivir. Ahora que él ya no está, lo que estoy a punto de hacer lo hago por él.


He recorrido todos el Subsuelo portando sus cenizas, recordando las historias que me contaba él del viaje que hizo hacia nuestro hogar. Ahora regreso a su punto de partida, porque si lo que me contó es cierto, el mundo está a punto de cambiar y ocurrirá en la esquina más sucia recóndita de todos los suburbios: el Distrito 11.


Cuando mi abuelo quedó atrapado lo hizo allí, en el Distrito 11 donde trabajaba. Siempre nos hablaba del miedo, de la oscuridad y del hambre, de cómo vagó entre saqueadores y caníbales. De cómo conoció a mi abuela en los túneles del Distrito 3. Cómo tuvieron que huir de la locura del Distrito 6. Y de cómo consiguieron al final encontrar un hogar en uno de los cargueros del Distrito 3. Siempre hablaba emocionado del día en que pudiéramos volver a ver la luz del Sol. De cómo esa luz no tenía nada que ver con la que daban los generadores. Del calor y el sudor y el viento en la cara y en el pelo, del polvo y la lluvia y olor del pan y el de un cómic nuevo. Los cómics, siempre nos hablaba de los cómics y los libros y la televisión. Siempre soñaba con un mundo perdido, que nos había olvidado. Y ahora está muerto, con la certeza de que su mundo le había abandonado para siempre.

sábado, 11 de abril de 2020

Cuentos de Cuarentena 1 - Autobús

  Hoy, como todos los días a las ocho, hemos salido toda mi familia al balcón a aplaudir. Es una sensación, la de todos los días a las ocho, extraña. Se suele escuchar a mucha gente aplaudir, gritar, silbar e incluso tocar una trompeta, pero nunca, jamás, veo a nadie desde mi balcón. Sus aplausos resuenan a mi alrededor como espíritus invisibles y nostálgicos que, tras su rutinaria fanfarria, regresan al mundo de los muertos y dejan de existir. Yo vuelvo a entrar en mi casa y ese leve contacto con mis vecinos se va difuminando poco a poco hasta desaparecer del espejo de mi mente como un vapor onírico. Todos los días a las ocho.

Pero hoy no, hoy ha sido algo distinto. Una ridiculez, en realidad. Mientras resonaban esos duendes invisibles al compás de nuestras manos pasaba un autobús por la calle y ha empezado a hacer sonar el claxon. Eso ha parecido alegrar al público que aplaudía por las ventanas, que han proseguido con más fuerza que nunca, quizá alentados por ese leve cambio en su rutina habitual. Pero lo cierto es que, pese a que para mí también ha sido un cambio agradable, tampoco he visto al conductor.

No he visto al conductor. Y lo más probable es que estuviera ahí dentro, en su cabina, conduciendo y pitando. Pero no le he visto. Ni la cara, ni los ojos, ni las manos. Solo un monstruo gigante y azul gritando desbocado a través de la calle, perdido, asustado por las palmadas y los silbidos, huyendo a esconderse.

Es posible que el conductor del bus haya desaparecido también, al igual que todos mis vecinos. Que solo sea un espectro más, armando escándalo a las ocho en el mundo de los vivo. Que recorra en su fortaleza móvil la ciudad, recogiendo a los pocos pasajeros que quedan ya en las calles para hacerles también desaparecer, para convertirles en un eco sordo en forma de aplausos que reverberan impotentes todos los días a las ocho.

Puede que el conductor muriera en un accidente, hace pocos días, durante la cuarentena. Puede que hubiera una discusión en el bus, entre dos pasajeros o puede que simplemente no hubiera dormido bien esa noche. Y puede que desde entonces vague sin descanso repitiendo eternamente la tarea que nunca pudo acabar.

También podría ser algo más maligno, más terrible. Un monstruo que nos arrastra con sus gritos, que nos arranca el alma y los pensamientos, que se lleva nuestros aplausos para alimentarse con ellos un poco más. Un demonio que adopta formas cotidianas para separarnos absorber nuestra normalidad y dejarnos cada día más vacíos. Que recorre las calles como un leviatán, libre ahora que nadie puede frenarle.

Pero lo cierto es que he pensado cosas peores. Desde que he vuelto a sentarme en mi habitación no estoy seguro ni siquiera de haber visto el autobús, de haberlo escuchado. No estoy seguro de haber visto nunca ningún autobús, ni a ninguno de sus conductores. No estoy seguro de que mis pensamientos ni mis recuerdos sean reales. Y tampoco se si puedo culpar a ese mal azul que ha invadido mi mente y no sale de ella; o se trata de algo anterior. Alguien podría haber estado jugando con mis recuerdos, con mis ideas desde hace mucho tiempo. Quizás solo creo que estoy encerrado en mi casa por una pandemia cuando la realidad es que formo parte de un experimento desde hace años. Quizás ni siquiera haga tantos años, quizás nací cuando empezó la pandemia. Quizás nací ayer. Quizás acabo de nacer.

No sé quién soy, ni quién fui. No se si muero a cada segundo para volver a nacer en el siguiente o realmente solo llevo vivo un instante. A veces no puedo pensar o puede que esta sea la primera vez que lo hago. Quizás aún tengo que practicar. Quizás deje de existir antes de poder hacerlo. Quizás vuelva a nacer y tenga que empezar desde el principio.

O quizás solo fuera un autobús, conducido por una persona. Puede que mis vecinos salgan todos los días a las ocho a aplaudir. Y podría llevar vivo mucho tiempo y aún así seguir naciendo a cada segundo.

jueves, 16 de enero de 2020

El fantasma de la ducha

Creo firme y rotundamente que hay un fantasma viviendo en mi ducha. No tengo dudas, pese a la insistencia de mi familia en que lo que yo entiendo que son lamentos y sollozos, no se trata más que del siniestro eco del agua caliente recorriendo su camino hasta el grifo. Están equivocados, claro. Y no es sólo que mi investigación sobre la casa en la que ahora vivimos me haya llevado a concluir que el anterior residente murió en extrañas circunstancias en su interior. Tampoco tiene que ver con el resto de fenómenos paranormales que he registrado durante los meses que llevamos viviendo aquí, tales como desplazamientos insólitos, caídas inverosímiles y cierres de puertas sonoros. No, la razón inequívoca de la presencia de tal espectro en mi baño soy yo. No tengo dudas de su presencia en mi hogar, en mi baño, porque cada vez que entro a ducharme y escucho su lamento recorrer el metal de las cañerías, todo mi cuerpo se torna en tristeza y empiezo a llorar sin consuelo.


No es pena ni empatía lo que siento cuando el agua cae sobre mí. Es como si otra persona estuviera utilizando mi cuerpo, mis ojos para derramar unas lágrimas que no son suyas, arrebatándome mi propio derecho a estar triste. En ocasiones, es tan fuerte la desdicha que me consume que pierdo incluso la fuerza de mis piernas y no puedo sino acurrucarme en el suelo, esperando a que acabe el episodio sobrenatural que me rodea.


Cuando estos episodios acontecen, mi cuerpo se ve vaciado de energía durante el resto del día, como si la sombra fantasmagórica de esa etérea criatura se quedara conmigo, torturándome, despojándome por completo de toda fuerza, hasta para levantarme de la cama. Hay ocasiones en las que permanezco inmóvil, casi inconsciente, durante horas. El tiempo se desdibuja como una acuarela derramada sobre un lienzo, deforme e incomprensible, y ni siquiera lo veo pasar. 


Todo se distorsiona cuando me encuentro bajo su influjo. Esta esencia inhumana me roba el tiempo y la identidad. Olvido en muchas ocasiones quiénes son los que me rodean e incluso quién soy yo. Olvido el hambre y la sed y simplemente permanezco, como un cuerpo sin alma, como si el monstruo arrastrara mi propia sustancia a su mundo sin forma para quedarse con mi carne.


Con el tiempo, y solo cuando la criatura lo decide, consigo recuperar mi cuerpo, mi vida, mi mundo. Y sigo adelante. Suelen ser periodos prolongados, de días e incluso semanas. Al principio camino con miedo, prevenido de lo que me pueda pasar. Alguna vez he tratado incluso de evitar ducharme, pero es inútil. Pese a que es ahí donde el fastasma suele poseerme, no duda en ir a buscarme a otro lugar de la casa si es necesario. 


En los ratos buenos he tratado de pensar en varias posibilidades con las que deshacerme de este espíritu invasor. Algunas de las más cinematográficas -exorcismos, protecciones de sal, enfrentamientos psíquicos- no han sido más que meras fantasías de poder, fútiles, sí, pero de gran valor para poder evadirme y soñar con ser libre en algún momento. Porque todas las demás han resultado en un fracaso absoluto. Por supuesto, en internet no existe información veraz, ni mucho menos útil, sobre espíritus ni el más allá. Apenas he podido encontrar investigación al respecto, y las que hay parecen ser poco más que un cúmulo interminable de ideas infundadas en las que, si intentas tirar del hilo y llegar al fondo de su construcción, te toparas una y otra vez con una serie de ideas básicas que no parecen surgir de ningún lado. Y ni siquiera haciendo un salto de fe, esa información parece haberme servido para nada en absoluto.


Es por ello que he intentado comunicarme con la criatura de otras maneras.La meditación y la introspección parecen acercarme a ella de maneras extrañas, como si cuando la busco en mi interior me rehuyera, pero siempre a una distancia prudencial, sin perderme de vista, sin dejar de tener el control. Siempre con una mano sobre mi hombro. Esto no ha servido para que establezcamos una comunicación de ningún tipo, pero me ha servido para aprender más sobre la esencia que gobierna mi vida.


No lleva aquí tanto tiempo como he creído todo este tiempo. Es un ente sin hogar, como una hormiga reina al principio de la primavera, ha decidido anidar en mi interior y alimentarse de mi alma. Está enquistado en mi interior y por mucho que me he abierto no he conseguido extraerlo. Nunca puedo luchar durante los episodios, pero cuando están empezando… Lo he intentado todo, hasta casi mi propia autodestrucción. No quiero morir. Pero no se si quiero vivir con eso dentro. Cada vez peso menos. No quiero alimentarlo con mi comida, no quiero hacerlo más grande en mi interior. No quiero que su esencia irregular, duende sin forma, infecte a los que me rodean. Cada vez les veo menos, cada vez reconozco peor sus caras. El espacio entre los episodios se reduce cada vez que suceden y el mundo cada vez existe un poco menos. Me voy acordando cada vez de menos, y a su vez, voy recordando más. Siento como este ser emponzoña mi mente y se adueña de mis recuerdos, hilándolos a su imagen, a su carencia de forma y control, a su color translúcido. No sé muy bien qué es real y qué no. Y la mayoría de veces ni siquiera me importa.


Me olvido de quién soy y solo floto entre una niebla sin mundo, un mar de pensamientos vacíos, arrebatados e inservibles, sin tiempo ni espacio, ni sentidos. Dejo de existir, dejo de ser y abandono mi forma en pos de una entidad que ni siquiera comprendo. No quiere usar mi cuerpo ni mi mente, no quiere nada. No quiere. No siente. No existe. No es nada, y quiere convertirme en nada. 


Estoy en la ducha. El agua cae sobre mi cabeza, recorre mis hombros, mi espalda. La criatura ya no necesita el agua para entrar dentro de mí, pero aún así la siento en todos los rincones de mi piel, deslizándose por mis poros hacia mi interior. Su lamento resuena en mi interior con tanta fuerza que me abre la boca y me obliga a liberarlo. El eco de las cañerías se parece más al agua recorriendo su interior esta vez. ¿O acaso esta es la primera vez? No recuerdo muy bien si he estado antes en esta ducha. No se si mis recuerdos son reales o han sido creados por esa cosa que habita en mí. En las raíces que salen que atraviesan mi corazón y se nutren de mi sangre. No se si el agua está fría o caliente, no se de qué color son los azulejos que me rodean, ni si la ducha tiene mampara o cortina. Solo estoy yo, en el suelo de la ducha. No se si sigo en mi cuerpo o en el de otra persona. Huele a sangre y pis. Se que he llorado, que todo me duele. Pero hasta el dolor es mejor que no sentir nada.


Me arrastro hasta fuera de la ducha. Ni siquiera se por qué lo hago, como una marioneta que se ve abocada a actuar según los designios de unos hilos invisibles. Sé que hay gente fuera de la ducha. Me hablan, me tocan. Pero no los veo, ni los oigo, ni los siento. Son como fantasmas que habitan una dimensión distinta a la mía. Sombras de un mundo del que ya no formo parte. Todos salvo uno. Hay un cuerpo que reconozco con claridad. Y él también me reconoce a mí. Sé que le he odiado con todas mis fuerzas, que he deseado desde lo más profundo de mi ser su muerte, su destrucción y su inexistencia. Pero ya no siento nada de eso. En mi cabeza solo chocan débiles ecos de los sentimientos que una vez pude experimentar. Ya no hay sitio para ellos. Solo hay raíces.


Me mira y le miro. Me sujeta del pelo y me pone en pie. Mis piernas apenas me sostienen y mis ojos siguen sin ser capaces de verle. Pero mis manos si que funcionan. Se que he sujetado su cuello. Pero no se si lo estoy haciendo ahora o lo hice hace tiempo. Se que he dejado de odiarle, pero no recuerdo cuando. Porque ya no hay nada. Ya no veo a nadie. Ya no siento a nadie. Ya no me siento. Solo existe en el mundo un espejo, sucio y empañado. La puerta a un mundo sin forma y sin sentido. Un reflejo del mundo en el que una vez estuvo mi cuerpo. 


Hay agua cayendo y una forma que se tambalea frente al cristal. Una forma que me espera, paciente. Que lleva esperando desde que salí de la ducha. Si es que alguna vez lo hice.


Tengo fuerzas para algo más. Solo para algo más. Y ni siquiera lo pienso porque en mi cabeza ya no resuenan más que unas palabras que apenas comprendo, de una voz que jamás he escuchado; pero hago el mayor esfuerzo que he hecho nunca. Dirijo todas mis fuerzas, mis últimas ideas y pensamientos y llevo a cabo el acto más automático que puedo hacer: limpio el vapor que hay sobre el cristal.


Es solo un instante, la más mínima fracción de tiempo que se puede denominar como tal, la reducción mínima de toda idea de temporalidad se convierte para mí en una eternidad ante mis ojos, que me sujeta al mundo el tiempo para verlo. Para mirar lo que hay detrás del espejo, lo que hay detrás del deforme mundo de niebla en el que habito; para contemplar una última vez las formas que dan lugar a mi mundo de sombras. 


Y ahí, frente a mí, en el reflejo, veo por primera vez al verdadero fantasma.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Iratze

Palabra: tinta

Este relato me gusta mucho, aunque no se si está muy bien escrito. Es de esos que me gustaría coger la idea, desarrollarla y mostrar algo más grande. Y eso me mola. Así que alegro de poder dedicárselo a mi hermana Carlota que es la que me dio la palabra.

Sobre un pequeño charco de sangre oscura, el bosque vertió unas gotas de la resina de un árbol, que la hicieron espesar. Una pequeña piedra caliza rodó hasta su interior y se diluyó, dándole un color más uniforme. Y finalmente, el jugo de algunas bayas se añadió a la mezcla otorgando, por fin, la vida a ese charco.

lunes, 22 de abril de 2019

Malos relatos

Palabra: responsabilidad

Este es, sin duda, el relato que más se me ha atascado de todos, hasta el punto que al final he tirado de una técnica creativa cutre que me enseñaron en un cursillo de la biblioteca. Este desastre se lo dedico a @AllNewXSase.

Hola, soy Dani, el autor. Se supone que tengo que escribir un relato basándome en la palabra responsabilidad. Llevo dos semanas intentándolo. Para dos caras de una hoja. Y nada. ES la palabra menos inspiradora a la que me he enfrentado jamás. O puede que, tras la frenética creatividad a la que me he obligado a abocarme en las últimas semanas, se me haya agotado la fuente de la ficción y ya no sea capaz de escribir nada más hasta que pase unos días recargando mis baterías cognitivas al Sol.

sábado, 6 de abril de 2019

El segundo principio de la humanidad

Palabra: sindicato

Este relato que le dedico a @JorgeCarrerasM es el más largo de todos, pero también el que más me ha gustado escribir, la verdad.

El tiempo y los avances tecnológicos de la sociedad occidental- y, todo sea dicho, la oriental una vez que fue completamente fagocitada por su hermana vanidosa- llevaron a la humanidad a enfrentarse a una forma de neoliberalismo tan salvaje que apenas puede ser imaginada desde la perspectiva de los siglos XX y XXI. Por supuesto, este hecho se vio extendido y agravado con la colonización de otros planetas por parte del ser humano, una vez que la Tierra se nos quedó pequeña.

El coordinador Hardwick apenas puede dejar de pensar en sus cosas cuando lo ve llegar. Por supuesto, tampoco le da tiempo a pulsar el botón de la alarma cuando un  pequeño transportador aéreo atraviesa la pared solar de la decimotercera planta del Gran Comunicador. No hace falta, por supuesto. Cuando Kalos, Jaina y Kris salen del trasnportador, no hay una sola persona en todo el edificio que no se haya percatado de su presencia. No les importa en absoluto. Ya no.

jueves, 4 de abril de 2019

Material de coleccionista

Palabras: tebeos y austrohúngaro.

Este ¿relato? es un poco distinto porque, después de un subidón de autoestima literaria, @AngryTebeos me propuso no una, sino DOS palabras y, en vez de hacer dos relatos distintos, he decidido hacer un ejercicio de binomio fantástico y al final ha salido algo que no es un relato ni se que coño es. Pero se lo dedicó a él.

El Imperio austrohúngaro fue un Estado Europeo que surgió en el año 1867 y perduró hasta el final de la Primera Guerra Mundial en 1919. Y, ¿qué se puede decir de este Imperio que no se sepa ya? En su mayor auge, logró alcanzar una población de más de cincuenta y dos millones de habitantes, hacinados en unos seiscientos setenta y cinco mil kilómetros cuadrados de extensión. Tenía un gran ejército, tanto de tierra como de aire y mar, y en el arte… ¡ay, el arte! Fue la cuna del período Biedermeier del diseño y la arquitectura y acogió formas tardías del Art Nouveau. Y, ¡por Dios! Fue el hogar de figuras de la historia de la música tales como Strauss, Beethoven o Schubert. Y, en general, en cualquier aspecto, es innegable su influencia y producción artística.

Diario de la agente Winston (Prueba número 42-C)

Palabra: detrodoxina

Una persona a la que no conozco de nada (@pitrisslibre) me propuso una palabra completamente inventada y la verdad es que me ha costado un poco sacar una historia, pero al final he sacado algo decente. Te lo dedico a ti, desconocido.

¡Por cierto! Esta historia comparte universo con esta otra

Diario de la agente Winston. 23 de Octubre de 2123.
Ante la perspectiva en la que me ha puesto lo que he visto hasta ahora, he llegado a la conclusión que lo mejor será llevar un diario que me permita registrar todos mis pensamientos relacionados con el caso con me ocupa.

Por llevar un orden, me parece relevante explicar lo sucedido hasta el momento. En la ciudad de Nueva Gópolis están a la orden del día los villanos maníacos con trajes llamativos y con planes ridículos para atracar un banco, secuestrar al alcalde o hacer explotar la Luna. Pero esto es completamente distinto. Todos esos personajes en mallas, tanto villanos como héroes, no son más que ególatras que requieren atención, emocional y sanitaria. Pero esto es muy distinto. Este asesino es diferente.

miércoles, 3 de abril de 2019

Disfrute del Hotel Intercontinental

Palabra: intercontinental

La verdad es que pensaba que cuando Luis (@96_happyboy), a quien le dedico este relato, me propuso esta palabra me iba a costar un montón sacar algo de aquí, pero le quiero tanto que al final me ha salido una cosa, como mínimo, curiosa.

Todo viajero espacial con cierto bagaje debería conocer la jocosa historia del Hotel Intercontinental, así que, para que no vayas por el cosmos quedando de inculto, mi querido digiamigo, te la dejo plasmada en este holomensaje.

martes, 2 de abril de 2019

Vida y tragedia de la señorita Fang

Palabra: sombrero

Estaba deseando escribir este relato. Desde que mi amiga Nicté (@sad_knees) me propuso la palabra sombrero, sabía más o menos lo que quería escribir, y lo cierto es que, aunque al final no estoy tan contento con el resultado de la historia, le he cogido muchísimo cariño a la señorita Fang, y no descarto reutilizarla o reimaginarla en alguna ocasión. Se lo dedico a Nicté, por supuesto, y le doy todas las gracias por la palabra.

La señorita Fang era bien reconocida en todo Londres por su inmensa colección de sombreros y gorros. Tenía chisteras, pamelas, fedoras, porkpies, canotiers, bombines y una infinidad más, de todos los tamaños, tejidos y colores. Y es que la señorita Fang era muy meticulosa con el uso de sus sombreros. Tenía uno para cada circunstancia, un clôche azulado y con la cinta amarilla para ir a la oficina, un bombín blanco para las cenas elegantes, una chistera negra y alta para ir al teatro, o una simple boina para ir a jugar a críquet. Usaba uno para cada circunstancia y no había dos circunstancias que requiriesen el mismo sombrero. Aquellos sombreros no solo eran los más adecuados para cada situación, sino que le indicaban cómo actuar en cada momento.

lunes, 1 de abril de 2019

Encurtidos

Palabra: pepinillo

Mi amigo Juanqui (@Juanquitaro) tiene el privilegio de haberme dado la palabra que más se me ha atravesado hasta el momento. Al final he creado una historia predeciblemente lynchesca que, si bien no me encanta, ha sido interesante de escribir. Y se la dedico, claro

Una intensísima lluvia obligó a Álvaro a salirse de la carretera en busca de un punto en el que poder parar el coche y esperar a que escampara. Sin embargo, tras varias horas encerrado en el coche no pudo observar que la tormenta tuviera ni la más mínima intención de amainar. Si algo notaba era que, al contrario, se volvía cada vez más densa.

jueves, 28 de marzo de 2019

El mito de Armadillo

Palabra: armadillo

Esta historia se la dedico a @MiguelWrites, con mucha ilusión por ser el primero en proponerme un animalito bonito como palabra.

Mi queridísima abuela, que en paz descanse, provenía de un país diminuto en el centro de América Latina. Era una mujer educada en las tradiciones y la mitología de su tierra y, cuando era pequeño, solía contarme un cuento que me dejó una huella especial, por el tema que trata y por hablar de simpático animalillo al que siempre he tenido cariño. No se si podré contarla tan bien como mi abuela, pero voy a intentarlo.

Tungsteno y Wolframio

Palabra: Tungsteno

Este relato se lo dedico a @videoborjius por darme esta palabra que pensaba que se me iba a atragantar, pero que al final me ha servido para escribir una bizarrada cuqui que ni tan mal

No había nadie más temido es toda la ciudad de Nueva Gópolis. El doctor Tungsteno era un genio científico que había decidido entregar por completo su increíble don a fines perversos. No tenía complejas motivaciones ni un pasado traumático, pero sus únicos intereses eran el mal y la dominación de los débiles. Por suerte para los ciudadanos de Nueva Gópolis, la ciudad estaba protegida. Una infinidad de superhéroes, siempre dispuestos a enfrentar los malvados planes de Tungsteno.

Ya está bien

Palabra: alambre

Esto no es exactamente un relato, sino una conversación que no me viene mal como ejercicio. Se la dedico a @assasinsxii porque me dio la palabra y me inspiró un momento interesante.

PADRE: Hijo mío, ven aquí un momento.

HIJO: ¿Qué pasa, papá?

PADRE: ¿Qué es esto?

HIJO: ¿Qué?

PADRE: ¿Que qué coño es esto?

HIJO: Eh, pues no s…

PADRE: Me cago en Dios, no me lo digas que ya lo se

HIJO: Pero pa…

PADRE: No, hijo, no. Ahora me vas a escuchar tú a mí. ¿Cuántos son ya? ¿Cuántos? Quince. Quince años llevo criándote. En esta casa, ¡mí casa!, entre estas paredes. Te he dormido, te he cambiado los pañales… Los putos pañales hijo, que nadie dice nada pero eso es totalmente asqueroso. Y darte de comer también. Eso también lo he hecho y también es repulsivo, que siempre acababas vomitando la puta papilla.

Y cuando fuiste creciendo, ¿qué? Yo te voy a hablar de cuando fuiste creciendo. La de heridas que te he curado, ¡y aquella vez que sacaste un cero y tuve que ir a hablar con tu profesora! Sabes que los putos colegios me dan ansiedad, hijo

HIJO: Tenía ocho años, papá

PADRE: ¡Tiníi ichi iñis pipí! Pues bien mayor que eras para soltar tacos como un camionero con ocho años. Pero qué lengua tenías, madre del amor hermoso, que tenía que habértela cortado antes de que cumplieras diez, hostia puta.

HIJO: Ya vas a sacar otra vez lo de la policía

PADRE: ¿Que si voy a sacar lo de…? Pues claro que voy a sacar lo de la policía, coño. Que me llamaron de una excursión, ¡una excursión que había pagado! Y me llaman y me dicen que tengo que ir a recoger a mi hijo, que se ha puesto a insultar a unos policías por la calle. Al despacho del director tuve que ir, hijo, ¡al despacho del putísimo director! Que llevaba yo sin pisar un despacho de director desde… ¡desde los diez años!

HIJO: ¡Pero papá, venga ya! Si ya no digo tacos, he mejorado mazo en eso.

PADRE: Ya se que no dices tacos, joder, pero me da igual, porque la murga de años que me diste con esa boquita no es ni medio normal.

HIJO: Y qu…

PADRE: Que te esperes, que aún no he acabado. Porque claro, dejas los tacos y empiezas con las novias, ¡y que pronto  empiezas con las novias! A los doce años tenías la primera y una semana te duró.

HIJO: Pero que tenía doce años, ¿qué quieres?

PADRE: ¡Ya sé que tenías doce años,si te lo acabo de decir! Pero luego cumpliste más, y después de esa chica llegó otra, eh, Claudia, sí. Y luego Teresa. ¡Y esas eran las que me caían bien! Porque las siguientes, hijo, que tontas eran las siguientes, que eran tontísimas y aún así yo me callé y estuve aguantándolas tanto o más que tú. Que esa es otra hijo, que ni a tí te gustaban esas chicas. ¡Ni esas ni ninguna! Que ya va siendo hora de que te des cuenta de que tú heterosexual no eres.

HIJO: ¡Papá!

PADRE: No, hijo, no, que lo sabemos ya todos menos tú, que tu eres gay, vamos, hasta Marisa, la vecina, me lo dijo el otro día. Que tuve que pararle los pies yo porque venía con mala inquina, pero vamos, que lo tenemos todos clarísimo menos tú, hijo, que pareces tonto.

HIJO: Joder, papá, ¿a qué viene todo esto?

PADRE: ¿Que a qué viene, hijo? O sea, que no lo sabes. No lo estás viendo, no me lo puedo creer. A lo que viene es a que he aguantado tus mierdas, tus tacos, tus profesores, tus claros errores románticos… y nunca te he dicho nada, nunca te he levantado la voz ni, por supuesto, la mano. Porque te quiero hijo, y te respeto. Pero hay cosas que ni un padre puede tolerar. ¡Y más cuando te lo he repetido docenas de veces! Y tú siempre igual, siempre con la misma mierda. Y me duele, joder.

HIJO: ¿Qué mierda papá? Joder, estoy a punto de llorar.

PADRE: Esto es lo peor, que ni siquiera que te des cuenta. Yo lo doy todo por tí y tú… tú ni siquiera puedes cerrar bien el bimbo.

HIJO: ¿Qué?

PADRE: Ni qué, ni nada. Lo sabes bien. Siempre dejo el alambre con el que viene la bolsa, joder, siempre dejo el puto alambre para que cierres el bimbo con el puto alambre. ¿Y qué veo? Que cada vez que te haces un maldito sandwich, llego a la cocina, ¿y cómo está cerrado el bimbo? ¿Con el alambre? No, claro que no. Tiene un puto nudo. Un puto nudo con el plástico de la bolsa. Y te parecerá normal. Que se seca el pan, hijo, ¡que se seca! Hay que cerrarlo bien, me cago en todo lo sagrado. ¡No es tan difícil! Hay que cerrarlo bien para que no se seque la puta rebanada de arriba, creo que ya te lo he dicho demasiadas veces

HIJO: Pero papá…

PADRE: ¡Ni pero, ni pera!

miércoles, 27 de marzo de 2019

La muerte de Felicity Withner

Palabra: pólvora

Fue @Mecha_2ri el que me propuso la palabra pólvora, y la verdad es que este es el primer relato con el que no estoy muy contento. Aún así, se lo agradezco un montón y se lo dedico, por supuesto

Las anaranjadas luces del día se derretían lentamente tras las colinas dando lugar a una noche profunda y terrible. Los pocos rayos de sol que aún lograban escapar de su aciago final se deslizaban como serpientes entre la arena del desierto, atravesando algunos arbustos hasta llegar a las viejas vías de un ferrocarril, que se encontraban en un estado francamente terrible.

Junto a las vías había un camino paralelo formado por las herraduras de un caballo que había viajado muchas millas para llegar hasta allí. Sobre ese caballo cabalgaba un hombre de gran hechura y un largo sombrero en su cabeza. Masticaba pensativo una brizna de hierba que había encontrado mientras su caballo caminaba despacio hasta el punto en el que había quedado para hacer la transacción.

Normalmente este sería un intercambio normal y corriente. Él necesitaba pólvora, su vendedor, reses; pero desde luego que Felicity Withner no era un hombre normal y corriente. Si hubiera otra posibilidad, a Joan Blur jamás se le habría pactar como un hombre como él. Pero era la única persona con el dinero suficiente en el país como para suministrarle la cantidad de pólvora que necesitaba. Pero la leyenda que le rodeaba le mostraba como un individuo completamente inestable.

Las historias que se contaban de Felicity le mostraban como un bromista a niveles de divinidad nórdica. Se decía que había hecho llenar una taberna de caballos con ropajes y vestidos solo para hacer creer a un alguacil que se había vuelto loco. Se contaba de él que había hecho tapar con una sábana todo un pueblo para que creyesen que nunca más iba a amanecer. Joan sabía que se la iba a jugar pero quería estar preparado.

Cabalgó junto a las vías hasta una montaña y atravesó una estrecha cueva artificial que había creado con explosivos hacía años para guardar el extraperlo y el contrabando. Allí había ordenado a sus hombres que llevaran las reses para el pago y allí estaban, encerradas en un cercado de madera. Por precaución, también había ordenado que esos hombres se quedaran por allí protegiendo la mercancía. No estaba nada seguro de lo que iba a pasar. Y su miedo no era infundado.

Un terrible estruendo anunció la llegada de su vendedor. Toda la cueva retumbó y no solo por el sonido del tren que Felicity había hecho fletar. De alguna manera, había conseguido que al menos un centenar de ancianos violinistas tocaran unas notas terribles mientras atados a la parte superior del tren. Y en lo más alto de la locomotora, llegaba él. Brillante, inconfundible.

Felicity era un hombre anciano. Había vivido una larga y próspera vida de engaños y artimañas de la que había salido ileso gracias a la ingente cantidad de dinero que había heredado de su padre. Como de costumbre, portaba un enorme sombrero rojo y una chaqueta a la que había hecho bordar varias piezas de oro. Quizás fue el peso de ambos el que hizo que acabara desarrollando una marcada chepa, en la que la gente apenas se percataba al estar fijándose en su cano e ingrávido bigote.

El tren frenó de la forma más aparatosa posible demasiado cerca de la cueva, en cuyo interior las reses empezaron a inquietarse. Felicity lanzó un tiro con su revólver al cielo y bajó torpemente por las escaleras. Tres hombres y un mono dispusieron ante él una alfombra y, con un paso poco solemne, caminó hasta estar frente a Joan. Después, dos de los tres hombres le trajeron un taburete para que ambos hombres estuvieran a la misma altura.

— ¿De verdad era necesaria tanta parafernalia Felicity? Estoy intentando que esto sea discreto.
— La discreción no significa nada cuando alcanzas cierta cantidad de dinero. Y por la cantidad de pólvora que te traigo confío en que pronto habrás adquirido esa cantidad. Espero que entonces me entiendas.
— Sí, lo que tú digas. ¿Podemos hacer ya el intercambio?
— Por supuesto, ¡por supuesto! ¿Pero qué te parece si dedicamos unos momentos a comprobar que nuestras mercancías son las adecuadas?
— Claro, está bien.

Felicity se dirigió junto a sus tres hombres, y su mono, al interior de la cueva. Joan hizo lo propio hacia el tren. Indicó a sus hombres que se acercaran primero y abrieran las compuertas. Felicity parecía tranquilo, pero seguía sin fiarse de él. Temía que en el interior de ese vagón hubiera unos explosivos a punto de estallar o un enorme puño de madera que le diera un puñetazo. No pasó ninguna de esas cosas. Y aún así sus hombres se quedaron paralizados ante lo que estaban viendo, incapaces de explicarle nada a su jefe. Joan tuvo que armarse de valor y acercarse él mismo al vagón para descubrir que estaba completamente cargado sí, pero no de pólvora, sino de polvorones.

Un disparo en la distancia le extrajo de su estado de estupor, teniendo solo unos segundos para ver cómo cientos de reses salían corriendo asustadas de la cueva, en estampida. Y solo en una de ellas, Felicity, sus tres hombres y su mono.

— ¿Polvorones, Felicity? ¿Qué sentido tiene esta broma? — gritó Joan, que se había subido a lo alto del tren.
— ¿Polvorones? ¡Sí! En los tres primeros vagones— desde su res, Felicity logró sujetarse a la escalera de la locomotora y ascender a la altura de Joan, mientras una riada de animales rodeaban por completo el tren— . ¡Por favor, revisa los demás! He estado meses recogiendo polvo de las estanterías para llenar otros tres, ¡y eso es solo el principio! Te va a encan…

Un ruido seco interrumpió las últimas palabras de Felicity Withner, que cayó a plomo bajo los cascos de las reses. Nadie se la jugaba a Joan Blur, por mucho dinero que tuviera. Nadie.

Tras la estampida, Joan pudo bajar del tren y dedicarse a revisar todos los vagones del tren. De tres en tres, se encontró con vagones llenos de polución, ladrillos para construir un polvorín, e incluso algunos llenos de gente desnuda a la que Felicity había obligado a tener sexo por su último chiste. Y tras todas las bromas, llegó la pólvora. La suficiente, incluso más. Felicity nunca le había llegado a engañar. Y técnicamente las reses ya eran suyas para liberarlas si quería. Por un instante, Joan se sintió mal por su impulsividad, pero al siguiente se dio cuenta de algo. Y simplemente sonrió.